Mostrando entradas con la etiqueta Creencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creencias. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de septiembre de 2014

Adicta a la explicación

Por Ana María Constaín




Soy adicta a la explicación

Me cuesta vivir en ese horrible territorio del no entender
Porque si no entiendo no puedo hacer nada para cambiar las cosas
Y hay cosas que simplemente no pueden ser así.

No puede ser que el mundo este lleno de sufrimiento, dolor, enfermedad, maldad
De días oscuros en que cuesta respirar

Entonces, soy adicta a la explicación, porque vivo en una ilusión de que entender me da el poder de transformar.

Mi mente es la gran protagonista, pretenciosa, dominante, invasiva

Sobretodo limitada

Pienso,
en mi adicción busco explicaciones
Teorías y autores, estudios, ensayos
Acudo a mi inteligencia

Caigo constantemente en esta trampa. Una trampa que me lleva a falsas conclusiones,
y en este esquema de causa – efecto mi alma, siempre sale perdiendo.

¡Porque si al menos mi mente fuera compasiva conmigo!

Hay días, como hoy, en que pienso que no sirvo para ser mamá. Días en que tengo el corazón partido pensando en la manera en que constantemente daño a mis hijas.

Porque soy impaciente, y me gusta trabajar. Porque tantas veces mis intentos por estar juntas y felices terminan en tormentas de gritos y regaños. Porque no puedo contestar sus interminables preguntas y después de un día de tenerlas encima mi cuerpo pide espacio. Porque a veces me gusta el silencio, y disfruto enormemente ese rato al final del día cuando están dormidas y puedo descansar.

Mi mente escanéa todo ese conocimiento. Es bombardeada por todas esas frases que convenientemente escoge para martirizarme

Al final el mundo esta como esta porque las madres abandonan a sus hijos. Porque no son suficientemente amorosas. Presentes. Compasivas. Complacientes. Generosas. Entregadas.

El mundo está como está porque falta mamá. Falta su amor. Su cuerpo. Sus tetas. Su leche. Su amparo.

Los niños enferman porque son separados de mamá. Los niños se traumatizan porque mamá no los mira. Los niños tienen miedo porque mamá no está.

La infelicidad se gesta en el vientre. En el parto. En la cuna. En las guarderías. En las jornadas extendidas. En la ciudad capitalista. En el mundo feminista que despojo a las mujeres de su feminidad. En el patriarcado que oprimió a las madres.

Entonces, mi mente lo entiende.

Los miedos de Eloísa, el virus de Matilde, sus pesadillas e impaciencia… los causo yo con todas mis carencias y dificultades. Con mis falencias y defectos.

Mi mente sigue… Lee. Estudia. Discute. Racionaliza. Opina. Teoriza.

Explica.

Hay días, como hoy, cuando mi cabeza ya va a estallar que recuerdo que esta mi adicción es solo eso. Mi escape,
Mi necesidad de control.

Que la felicidad de las niñas y un mundo mejor dependan de mi al menos me muestra un camino.
Aunque sea uno angustioso. E imposible.

Paro.

Respiro.

Siento.

Contacto.

Me doy cuenta de mi angustia. De lo insoportable que es estar en el vacío.
Ese vacío de no entender.
Ese vacío de lo incomprensible e inexplicable.

En donde solo existe el momento presente.

El dolor es solo dolor.
La enfermedad es solo enfermedad.
Y la tristeza y el miedo.
La alegría.
Los pensamientos

Suelto.

Puedo entonces estar. Aceptar. Dejar de etiquetar. Dejar de pretender estar en otro lugar y de ser alguien diferente.

Dejo de insistir en cambiar. A mi. Al mundo. A todos.

En ese breve instante conecto con mis hijas y podemos encontrarnos. Compartir todo lo que hay.

Historias, preguntas, nuevas palabras, heridas de parque, gritos, reglas de casa, cuentos, corazones partidos, monstruos, carcajadas, pañales mojados, dulces prohibidos, cuerpos cansados, sueños renovados, princesas, mocos, ganas de estar, dolor de separarnos….

Todo.

Cabe todo.

Y lo que cada una necesita surge de la profundidad. Se hace evidente. Claro.

Poco o nada tiene que ver con mis fabricadas explicaciones.

Mucho tiene que ver con nuestra creciente capacidad de contacto y aceptación.


Y con una mente que se aquieta para darle a paso a quién Soy.

miércoles, 16 de julio de 2014

¿Qué necesitan los niños?

Por Ana María Constaín

El post anterior Los niños no siempre dicen la verdad, fue uno de esos post amados y odiados. Porque hablar de niños y de crianza es un tema que despierta muchas pasiones. Nos toca lugares muy profundos.

Como fue un post que recibió críticas (y yo también), me vi leyéndolo y releyéndolo, en parte para asegurarme que el mensaje fue bien transmitido. Tal vez no lo fue. O tal vez si. Al final cada quién interpreta desde su propio lente.

Este blog no pretende pronunciar verdades sobre crianza. Es un espacio mío, en el que pongo en palabras mi caminar. Y lo comparto porque me siento acompañada y porque las opiniones de otros me ayudan a verme y a crecer. Porque me encanta escribir. Porque la crianza y el trabajo con niños me apasionan.
El blog es una de mis maneras de crear redes y de atender una necesidad mía de compartir lo que pienso y siento. Lo que soy.

Pero cuando me encuentro con críticas y juicios hacia mí, (especialmente hacia mi no hacia mis ideas) siento miedo. Me siento pequeña. La angustia crece y me dan ganas de desaparecer. Me siento tentada a abandonar este mi espacio amado para volver a la comodidad del silencio. En donde la mirada no está puesta en mi y no estoy expuesta a señalamientos.

Veo de frente a la niña asustada. Aquella que lucha entre la necesidad de mirada y el terror a la exposición. Esa que tantas veces ha elegido guardarse con tal de no arriesgarse al juicio y la burla. La que ha preferido callar para no ser incorrecta y evitar un doloroso desprecio o una castigadora soledad.

A veces. Solo a veces.

Porque por difícil que sea, es ser quién genuinamente soy, lo que me hace más feliz.

Así que este post, nace de esa mi angustia de haber dicho lo incorrecto, de ese mi terror de no ser aceptada, de ser juzgada y señalada. De haber sido mal interpretada.

Espero llegue el día en que pueda atravesar las críticas y juicios sin tanta angustia y sin tanta necesidad de ratificación.

Por ahora aquí estoy.

Es mi manera, de darle lugar al niño, real, genuino…
Es un llamado a los adultos a que veamos de frente nuestros mandatos y creencias para trascenderlas y relacionarnos con los niños desde nuestro ser.
Sintiéndolos. Viéndolos y escuchándolos realmente.
Es mi forma de decir que día a día camino para aceptar a mis hijas y a los niños en general, tal y como son. 

Sin proyectar en ellos mis deseos, expectativas e ideales
Mis propias necesidades.

Porque creo que a veces los adultos atendemos necesidades nuestras a través de los niños. Y luego nos inventamos teorías elaboradas y racionalizaciones espectaculares para justificarnos.

Hay tantos modelos de crianza como egos.

Ese post es mi forma, tal vez un poco torpe, de decir en voz alta todo lo que siento cuando veo niños, incluso mis propias hijas, metidas en este enredo.

Puede parecer un escrito que defiende a los adultos y desprotege a los niños.

No lo es.

Es un intento de llamar nuestra atención a las sofisticadas maneras que tenemos las personas para satisfacer nuestras propias necesidades.

Ser un buen padre o una buena madre puede ser una necesidad nuestra que nubla las necesidades genuinas de los niños. Ser un buen terapeuta. Ser un buen abuelo, tío, profesor. O tener la razón. O llenar vacíos infantiles. Dar a ellos todo eso que realmente quisiéramos que nos dieran.

Hablo en plural porque lo veo constantemente.

Hablando de mi, ha sido tal vez mi más grande aprendizaje en la maternidad.

Duele. Tengo millones de puntos ciegos. Soy incoherente. También juzgo y tantas veces me creo portadora de verdades.
Sigo aprendiendo

¿Qué necesitan los niños?

Que nos hagamos cargo de nosotros mismos. Que seamos adultos y los acompañemos en su camino.

Que los cuidemos y protejamos mientras dependen de nosotros y que en el proceso les permitamos ir encontrando apoyo en sí mismos. Ayudándolos a madurar.

Sin abandonarlos por nuestra incapacidad de estar con ellos,
Sin apoderarnos y alimentarnos de ellos por nuestra incapacidad de estar con nosotros mismos.

Permitiéndoles vivir su vida. La de ellos. Reconociendo que no son una posesión. Que no nos deben nada.

Necesitan sentirse amados. Incondicionalmente. Aceptados. Con lo que nos gusta y lo que no.

Necesitan aprender del mundo y sus formas, guiados por nosotros.
Crecer contenidos por adultos y reconociendo los límites que esta vida humana trae consigo.

Necesitan regulación emocional. De adultos que estemos en contacto con nuestras propias emociones. Que las reconozcamos y validemos. Las nombremos.

Necesitan permanecer en contacto con su ser esencial. Su guía interno.

Necesitan probablemente más de lo que los padres y madres podemos darles. Porque somos imperfectos, y tenemos un mar de necesidades insatisfechas.

Tantas veces cuando nos damos cuenta de esto, nos envolvemos de exigencia y culpabilidad. Nos alejamos entonces de la aceptación. No nos permitimos estar presentes viendo lo que hay. Partiendo de lo que somos.

Nos ocultamos a nosotros mismos todo esto que no aceptamos y vamos por la vida poniéndoselo a los demás.

Nuestros hijos muchas veces quedan atrapados en este juego.

Es mi manera de expresar la frustración e impotencia que siento cuando el idealismo nubla la realidad. Cuando por poner la mirada en lo que “debería ser” o lo que quisiéramos que fuera, dejamos de ver lo que es. Lo que hay.  Lo que somos.

Nuestros hijos y nosotros.



lunes, 7 de julio de 2014

Los niños no siempre dicen la verdad

Por Ana María Constaín

Eloísa empezó hoy un curso de vacaciones. No quiero ir, me dijo esta mañana.
Te pregunté si querías y dijiste que si.
¡Pero no quiero ir! Repitió. Esta vez llorando. No me gusta ese club. 

No es la primera vez que ella me dice algo así. No quiero ir al colegio. No quiero ir al parque. Me duele la barriga.

Mi primer impulso es creerle. Respetar sus decisiones.

Los niños siempre dicen la verdad.

Si dice algo así es por algo.

He aprendido a no hacer caso de esta voz, que nace de mi necesidad de ser una buena madre y no dañar a mis hijas, y ver un poco más allá.

Eloísa, ¿tal vez estas nerviosa? ¿No conoces a nadie y tienes pena?
Si mamá. Me abraza llorando.
¿Te acuerdas que otras veces te ha pasado? ¿Y que luego vas y conoces gente y pasas muy rico? Tu haces amigos muy fácil!
Bueno mamá lo voy a intentar.
Ya en el paradero me dice nuevamente. Mamá estoy muy nerviosa. Tal vez no fue buena idea venir.
Lo sé. Yo también me he sentido así. Pero si por miedo dejaos de hacer cosas, nos perdemos de mucha diversión… (créeme, lo he aprendido a las malas!)

Eloísa, como tantas otras veces, atravesó ese momento difícil y tuvo una gran experiencia.

Esta y tantas otras veces he estado en el dilema de respetarla. Creerle. Cambiarla de colegio. Dejarla en casa. No forzarla a comer. No forzarla a ir a sus clases de natación. Permitirla que decida. Que elija. Al final ella sabe de ella misma más que yo.

Los niños siempre dicen la verdad.

Pero mirándome y mirándola logro acallar tantas voces y puedo ser su mamá.

La mamá adulta que ella necesita para acompañarla, sostenerla, cuidarla, empujarla, tomar las decisiones importantes, oírla más allá de sus palabras.

Siendo mamá y trabajando con niños, he aprendido que en nuestro afán de proteger a los niños, respetar sus derechos, escucharlos y satisfacer sus necesidades, nos hemos ido a extremos que no solo no logran nuestro cometido, sino que generan nuevas formas de abuso y desprotección.

Hemos idealizado la infancia. El respeto por los niños se ha convertido en una devoción, a veces exagerada, que convierte a los pequeños en seres omnipotentes.

Hemos idealizado la infancia poniendo en ella todo aquello que consideramos perdido. La conexión con la vida. Con el cuerpo. La autenticidad. La espontaneidad. La preciosa capacidad de vivir en el presente. La alegría fácil. La ingenuidad. La inocencia. La brutal honestidad. La capacidad de pedir y de saber lo que se quiere.

Y vivimos en la ilusión de que si protegemos esto en los niños, entonces lo conservaremos. Haremos un mundo mejor.

En esta ilusión, dejamos de ver a los niños reales. Dejamos de escucharlos. De sentirlos.

Solo vemos su luz. Solo vemos la proyección de lo que queremos que sean. Porque se han convertido en nuestra esperanza. Nos alimentamos de ellos para llenar nuestros propios vacíos.

Los convertimos en nuestros héroes.

En esta, nuestra devoción por los niños, los dejamos solos.

Porque les damos un poder que aún no tienen. Al menos no en todas las dimensiones.

Si creo que los niños tienen una conexión espiritual muy pura, que los hace sabios de muchas maneras.

Pero los niños son seres humanos. Personas que dependen de los adultos para sobrevivir. Que necesitan de guías para entender como funciona el mundo. Alguien que les enseñe un lenguaje. Que les ayude a regular sus emociones. Alguien que les ayude a traducir un mundo de sensaciones que ellos apenas empiezan a comprender.

No. Los niños no siempre dicen la verdad.

Porque no son capaces aún de poner en palabras lo que les pasa en su mundo interno. Necesitan con urgencia alguien que cuestione esas palabras y les ayude a ponerse en contacto con su necesidad genuina.

Hoy, muchos niños tienen una omnipotencia desmedida. Deciden sobre asuntos muy importantes. Sus palabras no son jamás cuestionadas. Sus acciones, por dañinas que puedan ser, envueltas en un halo de luz enceguecedora.

Los niños no siempre dicen la verdad.

No quiero ir al colegio, puede significar tengo miedo de lo desconocido.
No tengo hambre, puede ser prefiero jugar
Quiero tener un hermanito, tal vez sea me siento solo,
Mi profesora me pegó, tal vez signifique abrazo a mi amigo, tengo celos, y quiero que la regañen.

Incluso en el testimonio de crueles abusos y castigos,

Los niños no siempre dicen la verdad

Viven en un mundo fantástico donde la realidad se mezcla con la fantasía.

No entienden con claridad que es lo que quieren y necesitan y dicen lo que creen que puede calmar sus sensaciones desagradables.

Los niños si manipulan. Por supuesto que lo hacen. Porque están aprendiendo a conseguir de su ambiente lo que necesitan. Y son hábiles en entender cómo lograrlo. A veces son caprichosos. Están en contacto con el placer de la vida y por supuesto prefieren lo que más placer les da. No solo lo que mejor les viene.

Porque los niños no son solo pureza e inocencia.
Son seres humanos.
Con luces y sombras.
Con emociones, necesidades y deseos.


Si. Su esencia es impecable. Como la de todos los seres humanos.

Pero los niños no son solo esencia. Son personas. No es que el mundo los contamine. Es que ellos son parte de ese mundo dual. De bondad y maldad. Ese es también su aprendizaje. Su experiencia.

Y negarles esto es negar una parte de ellos.
Es amarlos condicionalmente. Obligarlos a esconder todo aquello que no quepa en nuestra idealizada idea de niñez impoluta.

Así que los niños no siempre dicen la verdad.

Si fallamos en comprender esto, fallaremos como adultos. Los desprotegeremos.

Responderemos a sus pedidos egocéntricos propios de su edad. Los privaremos de experiencias necesarias para su crecimiento. Castigaremos a otros injustamente, desatando sentimientos de culpa. Les daremos el poder de decisiones que no les corresponde.

Los haremos adultos antes de tiempo.

Los niños nos necesitan adultos. Capaces de contenerlos. De traducir sus torpes palabras para adentrarnos en su mundo interno y satisfacer sus verdaderas necesidades. No las que desde su mundo infantil pueden verbalizar. Nos necesitan adultos para contenerlos y que no se desborden. Que les enseñemos del mundo y sus formas. Que los ayudemos a vencer obstáculos saliéndose de zonas cómodas y cálidas.

Los niños no necesitan que hagamos caso a sus palabras ingenuas. Que llenemos sus insaciables pedidos. Que los convirtamos en el centro de nuestro mundo y en  nuestra fuente de sabiduría.

No.
Los niños nos necesitan adultos.
Para que puedan ser niños. En toda la extensión de la palabra

(con las luces y sombras)

martes, 6 de mayo de 2014

No solo es cuestión de voluntad

Por Ana María Constaín



Quedamos embarazados y entramos en este mundo de la maternidad y la paternidad.
Queremos hacerlo bien.
Lo mejor que se pueda.
Leemos
Estudiamos
Vamos a cursos, conferencias
Dominamos teorías
Elaboramos planes
Estrategias
Asumimos posturas que defendemos a capa y espada

Tenemos la mejor voluntad

Queremos ser excelentes padres
Los mejores
Que nuestros hijos sean felices
Buenas personas. (lo que sea que eso signifique)

Llega el momento

Tenemos la mejor voluntad

Seguimos el plan al pie de la letra
Hacemos todo lo que hay que hacer

Aún así terminamos haciendo (y siendo)  todo eso que no queríamos

Nuestros partos y lactancias se alejan de nuestro imaginario
O nos invade la tristeza, una tristeza que no parece tener razón de ser

Somos los padres impacientes
Las mamás gritonas (las que a veces hasta dan palmadas)
Queremos estar presentes y nos desbordamos en aburrimiento
Castigamos
Decimos cosas que salen de la boca sin permiso
Somos autoritarios
tal vez permisivos
Maltratamos, nos ausentamos, 
sobreprotegemos o abandonamos. (también NOS abandonamos)
Creíamos que volveríamos al trabajo con tanta tranquilidad o que soportaríamos estar todo el tiempo en casa
Pero todo se sale de control
Nada es lo que creíamos

Tenemos la mejor voluntad

Consultamos, preguntamos, queremos hacerlo bien

Nuestros hijos se enferman, se portan mal, gritan, muerden, pegan,
O son extremadamente pasivos
No rinden en el colegio
O no son suficientemente deportistas
O artistas, o generosos..
No cumplen nuestras expectativas.
(inmensas expectativas muchas veces disfrazadas de amor y conciencia)

Son egoístas, no nos hacen caso
Lloran más de lo normal
¡No pueden estar solos!
Son caprichosos, demandantes
Les gustan las princesas y las armas
Y la comida chatarra
Son groseros y desconsiderados

Pero tenemos la mejor voluntad

Revisamos nuestros libros, nuestras teorías
Vamos paso a paso
Nos ponemos metas y planes muy honorables

Estaré más tiempo
No les volveré a gritar
Satisfaré todas sus necesidades
Seré amoroso
Iré a su ritmo
Lo llevaré a los mejores especialistas
A los mejores colegios
(o tal vez lo educaré yo mismo)
Haré la tarea bien hecha…

Tenemos la mejor voluntad

Pero los resultados no parecen cambiar.
Los consejos no nos sirven de nada
Agotamos los expertos de todas las áreas

Justo cuando creemos haber tocado el cielo con las manos
Todo parece derrumbarse

Nuestras parejas no son lo que deberían
Los parientes no nos dejan en paz
Todos opinan

Tenemos la mejor voluntad

Las pautas son confusas y contradictorias
Hay estudios que dicen miles de cosas
Lo normal tiene mil definiciones

Y nuestros hijos no duermen lo que se supone
No comen lo que tienen que comer
No cumplen con las tablas
No saben lo suficiente.
El vecino va más adelantado
Los primos son más obedientes
Los compañeros más cariñosos
Más altos, más flacos, más hábiles, más educados, mas autónomos, más respetuosos, más tranquilos, más sensibles, más conscientes…

Todo desde los ojos de la angustia.
De la comparación
De los absurdos esquemas de éxito que insistimos en imponernos

Tenemos la mejor voluntad

Pero la voluntad no alcanza
Porque la crianza pertenece a mundos internos
Inexplorados
Somos los padres y las madres que podemos ser
Los que somos con todo esto que habita en nosotros. 
Lo conozcamos o no. 
Lo aceptemos o no. 

La crianza no es una fórmula. Un modelo. Una teoría.
No se trata de construir cierto tipo de seres humanos siguiendo algunas instrucciones.

La crianza es más  la conexión con nuestros hijos y con nosotros mismos
Es un lugar de encuentro.
En el que lo que nosotros somos se conjuga con lo que ellos son.
Es un espacio fértil en el que crece lo que somos esencialmente.

O no.

Porque estamos tan ocupados buscando afuera respuestas y tan temerosos de echar un vistazo hacia adentro
Nos desconectamos
Nos perdemos

Tenemos la mejor voluntad

Pero pretendemos buscar soluciones mágicas en lugares equivocados
Queremos controlar lo incontrolable
Comprender lo incomprensible (al menos desde la mente racional)

Nuestros hijos nos muestran el camino
Nos dicen todo el tiempo lo que necesitan .. y lo que no
Nos piden de mil maneras
Solo que no podemos escuchar, ni ver, ni sentir

Porque estamos distraídos
Nos negamos hacernos cargo de nosotros mismos
Preferimos la respuesta fácil
La indicación correcta y simple
¿Pero si hemos hecho todo lo mejor?
¿Todo lo que nos dijeron?

Todo menos mirarnos
Aceptarnos
Adentrarnos a ese mundo interno, caótico, extraño
Doloroso y sin sentido
En el que tenemos que atravesar monstruos
Vernos de frente desnudos
Reconocernos
Sentirnos
Teniendo el valor de asumir la responsabilidad por nuestra vida

Despejando el camino al amor
A una intuición anestesiada
A una sabiduría dormida
Que residen en el interior.
Detrás de toda esa maraña que hemos tejido con el tiempo
Para protegernos de heridas infantiles
Que ya no son

Tenemos la mejor voluntad

Nos hace falta valentía.

lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Trabajar o no trabajar? - La conciliación laboral desde la conciencia.

Por Ana María Constaín




La conciliación laboral es uno de los temas complejos de la maternidad.  Pareciera a veces imposible.

Trabajo y bebé son dos mundos tan opuestos que es difícil encontrar un terreno de encuentro.
Es un asunto en donde nos es muy difícil salir de los ideales, y nos perdemos entre las críticas y las creencias impuestas de lo que un niño necesita para crecer amado.

No es fácil. Un tema como tantos en la maternidad en los que las mujeres terminamos ahogándonos en la culpa sin importar que decisión tomemos.

Cuando nació Eloísa yo elegí naturalmente (o eso creía) quedarme en casa por al menos un año. Me parecía posible. Me parecía necesario. Importante.

Los días iban pasando y me di cuenta de lo difícil que era. A veces insoportable. Se abrieron puertas inimaginadas. Quería volver al trabajo lo antes posible para recuperar un poco de mi yo anterior. Para volver al mundo de afuera. Porque los días se tornaban aburridos. Porque me sentía encerrada en casa. Porque extrañaba el hacer. Ese mundo que pertenece a lo masculino.

Permanecí en casa.
Ahora en retrospectiva me doy cuenta de que en gran parte fue por mandato. Porque tenía un discurso muy elaborado de porque las mamás tenían que estar con sus bebés todo el tiempo. Todos los días.
Y también porque estaba entrando en territorios desconocidos a los que no quería darles la espalda. Estar en mundos interiores, en esa presencia silenciosa, en ese vínculo materno que a veces me producía tanta desesperación.
Reinventarme, trascenderme. Darle a Eloísa todo ese cuerpo, toda esa presencia que el bebé recién nacido anhela. Ser testigo de su descubrir el mundo.
Estar sin escapar.
Adentrarme a mundos que me aterraban.
En ese sentido la maternidad se volvió para mi una meditación constante. Una entrega al vacío. Un presente continuo en el que nunca antes me había permitido estar. Y en el que crecí y me trasformé de muchas maneras. (El desconocido mundo del postparto)

Poco a poco al irnos separando fui gestando proyectos laborales. Y lo disfruté enormemente.

Quedé embarazada otra vez. Esta vez tuve la intención de seguir trabajando. De encontrar ese equilibrio. Me fui dando cuenta de que no me era posible. Habitándome, sintiéndome fui volviendo a casa. Al nido. Los proyectos laborales que tanto me ilusionaban fueron insostenibles. Porque además Matilde, igual que Eloísa me trajo un montón de aprendizajes. (La guerra entre "lo que soy" y "la madre")

La maternidad está llena de ciclos. Y con el bebé nacen nuevos aspectos de uno mismo y mueren otros tantos.

Así que está vez sin tantos mandatos y un poco más de conciencia de las necesidades de todos y de mis posiblidades, una vez más terminé dejando a un lado mi trabajo (al menos el de afuera) por un año.
Y digo el de afuera, porque seguí con mis escritos, con mis redes sociales, con mi trabajo en casa sosteniendo el CGS desde un lugar diferente.
Así que no lo dejé del todo. Más bien lo reinventé. Lo adapté a la familia. A mi energía. A mis hijas. A mi.  

Este año también me costó muchas veces estar. Pude reconocer también quién soy y aceptarme. Reconocer que no soy la perfecta encarnación de la energía femenina.
Que la casa me queda pequeña. Que me gustan los territorios intelectuales. Que disfruto montones estando con adultos. Hacer. Salir.
Pude reconocer y aceptar que estar con las niñas todo el tiempo me parece aburridísimo. Que hay días que no quiero hacerme cargo de ellas.  Y que el instinto maternal que a veces veo fluir con tanta naturalidad en otras mujeres, a veces me cuesta encontrarlo. (La envidia del pene)

Aceptando esto, poniéndolo en palabras me di cuenta que justamente este es el mayor problema que enfrentamos las mujeres en la conciliación laboral.
Encajamos en descripciones demasiado estrechas lo que es ser mamá. Lo que es ser trabajador. Lo que es ser papá. Lo que es ser familia. Lo que es ser hombre y ser mujer.
Nos llenamos de deberías. Nos ponemos metas ilógicas. Impuestas del afuera y no que surgen del interior.

Las mujeres que se quedan en casa son unas mantenidas
Las mujeres que salen a trabajar son unas desnaturalizadas
Las amas de casa están desperdiciando su vida
Las que no están con sus hijos todo el día están criando criminales. ¿Para que tuvieron hijos?

Nos pasamos la vida dando cátedra de lo que debería ser. De lo que es mejor para los niños según no sé cuántas teorías.
Que si la presencia para que se sientan amados.
Que si mejor que la mamá esté satisfecha y no llene a sus hijos de culpas.

Palabras.
Palabras ajenas.

En un artículo, ¿Porqué las mujeres todavía no pueden tenerlo todo? (texto original en inglés) Anne-Marie Slaughter, plantea el tema de frente. Habla de cómo las mujeres no podemos tenerlo todo. Dice ella porque todavía no hay una verdadera equidad. 

De alguna manera tenemos que elegir. Y la elección implica renuncia. 

Considero que este es el punto clave. No me parece que sea un tema de cómo la sociedad no nos permite tenerlo todo. De la gran desigualdad porque los hombres no tienen ni siquiera que plantearse estos asuntos.

Me parece que el tema es justamente que las mujeres queremos tenerlo TODO.
Creo que esto es muy infantil. Porque repito. La elección implica renuncia. Siempre. Para todos.
Dudo que los hombres estén felices de trabajar horas y horas y no ver a sus hijos.  Al menos hoy en día. Creemos que es un tema femenino. Porque la mamá es la importante. Y nos ponemos, me parece, en un lugar muy exigente. Quererlo todo.

Una vez más, para mi, el camino ha sido la conciencia. Hacerme cargo de mis decisiones. Ser responsable por mi vida. Estar presente en mi para aceptar quién soy y lo que necesito sin cargar a mis hijas con esto.
Revisar los mandatos aprendidos. Darme cuenta desde que lugar elijo.

Lo mejor que puedo.

Trabajar o no trabajar, no creo que sea la cuestión.
No lo es para mi, las horas de cantidad vs. calidad.
La satisfacción personal vs. el sacrificio de las madres.
El éxito vs. la familia

No creo que sea el gobierno quién tenga que solucionarnos el problema.
Ni las licencias prolongadas ni la creación de más guarderías.
Ni trabajar en casa
Ni los horarios flexibles
Ni una sociedad mas equitativa.

Por supuesto esto ayudaría mucho,  y creo que hay muchas cosas por transformar.

Pero ese es otro tema.

Porque aunque todo esto cambie siempre estaremos insatisfechas.

La conciliación es una conciliación con nosotras mismas. Con estar en contacto con lo que somos y queremos y tomar decisiones adultas.
Trascender el individualismo sin confundirnos con el sacrificio.
Ser capaces de mirar nuestra sombra de frente para dejar de actuar como autómatas.
Liberarnos de mandatos impuestos y poder ser la madre que queremos de una manera más auténtica y libre.

La conciliación surge de cada hogar. De cada madre y de cada padre. De cómo desde esa conciencia se van construyendo nuevas maneras. Se abren nuevas posibilidades. Nuevas maternidades y nuevas paternidades. Una equidad que surge desde el interior de cada situación. De las necesidades reales de cada persona y cada familia, con sus particularidades. 

Para mi, los niños más que una madre en casa necesitan una madre …y un padre… que hagan conciencia de sí mismos.