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jueves, 5 de mayo de 2016

Cuando no quiero ser mamá

Por Ana María Constaín





Amadas hijas,

A veces no quiero ser mamá.

Quisiera poder poner pausa a su existencia para tener trozos de vida en los que yo, sea solo yo.
Porque su presencia a veces es demasiado intensa. Demasiado permanente.
Ustedes están cuando mi enfermedad y mi cansancio piden cama,
Y cuando mi tristeza necesita silencio y quietud,
Aparecen en medio de conversaciones,
Provocan cuando mi rabia necesita espacio para no cruzar el punto de no retorno.
Sus necesidades se interponen en propuestas de trabajo
Sus enfermedades en planes con amigos
Y constantemente se asoman cuando sale lo peor de mi.

A veces no quiero ser mamá

Porque me pregunto si sirvo para eso,
Porque amadas hijas,
les confieso que difícilmente mantengo viva una planta,
He descubierto que soy muy mala ama de casa
Que no me gusta que los demás dependan de mi,
Y que fuera del trabajo me aburre jugar.
Así que con frecuencia la responsabilidad me aplasta, la culpa me consume, y me siento agotada, porque la vida no para, y sus necesidades tampoco.

Si, me cuesta decírselo, pero a veces no quiero ser mamá.

Especialmente, cuando no soy la mamá que debería. Supuestamente.
Me peleo tanto con la mamá que soy, que en esa lucha queda poco espacio para ustedes.
Pero a veces, puedo darme espacio para ser.
No la mamá. Yo.  Así completa con todo lo que soy.
Y entonces hay espacio para ustedes. No las hijas. Ustedes. Con todo lo que son.

En ese encuentro infinito, me doy cuenta de que la lucha es una pelea de roles. No de seres.
Y cuando puedo deshacerme del rol, entro en éxtasis.
Algo mágico sucede. Nos conectamos y puedo ver la inmensidad de la existencia.
Me percato de cómo sus enfermedades me paran cuando el ritmo me está sobrepasando,
Y como su presencia me ha permitido elegir y construir mi trabajo con tanta consciencia
Veo como sus emociones son alarmas que me alertan cuando estoy perdiendo mi centro,
Y me asombro ante la manera en que me invitan a habitar el presente, diluyendo la ilusión de futuro.
Sus cuerpos despiertan el mio, y desbloquean canales cerrados ante la dureza que también hay en el mundo.
Y comprendo que ese, el peor lado de mi, que ustedes sacan con admirable perseverancia, no es más que la parte mia que más amor necesita, y que una vez afuera, puedo ver de frente para abrazarla y reconciliarme con ella.
Con cada plan cancelado suelto el control y aprendo a confiar,
Y cuando los gastos aumentan reconozco mi abundancia y me doy cuenta de todo lo que puedo aportar al mundo.
Sus incontables necesidades, me muestran que puedo pedir ayuda, y que siempre, hay manos disponibles
Cada día soy testigo de que ustedes son mucho más que el resultado de mi crianza.

Amadas hijas,
Cuando no quiero ser mamá
Es porque esa palabra tiene mucha carga.
Muchas expectativas, significados, exigencias, deberías y sacrificios.

Yo quiero trascender la palabra. 
Quiero Ser a su lado, conectando con ustedes para poder acompañarlas en su camino.
Enseñarles lo que pueda, y dejar que otros sean parte de su vida para enseñarles lo que también saben.
Sé que yo no soy suficiente, y sé que ustedes no son mías.
Yo soy su guardiana, mientras me necesiten.
La representación del Amor incondicional en la tierra.
Quiero estar para que juntas nos recordemos el camino hacia el centro, cada vez que lo olvidemos.
Sabiéndonos el Todo, sin perder la individualidad.
Honrando y respetando el camino único de cada una.
Soltando la idea de que soy yo la que moldea sus vidas
Renunciando a ser indispensable,
Abriendo paso a la libertad, y a la confianza
Quiero darles lo que desde mi esencia surge cuando entramos en sintonía, y desde ahí hay un flujo de Amor que crea terrenos fértiles

Amadas hijas,

Más que su mamá quiero Ser todo lo que Soy a su lado.
Gracias a ustedes y para ustedes.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

Recordar lo que somos

Por Ana María Constaín
.... Eloísa y Matilde, esto es para ustedes, también... 




Queridos niños y niñas, 

Por alguna razón son parte de mi camino,
Aunque a veces, muchas veces  me resista,

En parte porque me siento profundamente impotente al verlos vulnerables, expuestos a un mundo que a veces parece desmoronarse.
Al cuidado de humanos que no tenemos ni la menor idea de lo que hacemos, personas de amor frágil y alma olvidada. Incapaces tantas veces de ser terreno fértil para ustedes.

Llegan a mi,  
de la mano de padres o madres desesperanzados, muchos obligados; o referidos por maestros desesperados y confundidos;  recomendados por médicos y otros expertos;
porque las cosas no andan bien,  supuestamente,
y yo tengo las respuestas, dicen mis títulos.

También por eso amados niños y niñas, he querido renunciar a ustedes. Porque yo no tengo respuestas, y ¡tantas veces me siento tan confundida!. Me siento terriblemente cargada con la idea de tener que ser la solución.

Ustedes aparecen con sus agresiones y furias,  lágrimas y fracasos
Su autenticidad descarada, su honestidad prohibida.
Se asoman pisoteando expectativas, rompiendo reglas
Callando o quizá hablando de más. Van muy rápido, o muy lento.
No atienden lo suficiente, se mueven más de la cuenta
Son torbellinos en supuestas calmas. Estatuas en campos de batalla
Escapan al drama. O prenden fuego en escenas congeladas.


Por tanto tiempo me he sentido agotada ante la idea de tener que arreglarlos y entender qué es lo que les pasa  para poder encontrar aquella anhelada solución.
La cura a tantos déficits, síndromes y trastornos.

Leo, estudio, pregunto, investigo. El mundo me parece a veces tan insoportable. Tan ilógico. Sin sentido.
Entro en una lucha contra el sufrimiento. Una batalla contra el absurdo de la vida que tantas personas atraviesan día a día. Se me parte el corazón, incontables veces, con las historias que tocan mi puerta.
Niños inocentes y frágiles en manos de seres humanos con tan poca consciencia, o con tanto dolor o tantas heridas. Sentimientos enterrados que vulcanizan en seres tan pequeños que aún tienen tanta ilusión de vivir.

Queridos niños y niñas, tantas veces he querido huir de ese destino. Cerrarles mis puertas porque me parece que con mis hijas ya tengo y me basta. No tengo energía suficiente para sostenerlos. Amenazan mi ego constantemente. Me llevan al filo del precipicio huyendo del miedo, el fracaso y la equivocación. Me lanzan piedras en mi peldaño del reconocimiento.

Al parecer no es decisión mía. A pesar de mi, seguimos encontrándonos. Ustedes insisten.
He aprendido poco apoco a abandonar esa lucha y estar presente. He recordado que no tengo que sanarlos, ni salvarlos, ni arreglarlos, ni cambiarlos.  Me parece estar comprendiendo que no son víctimas de un mundo horrible en decadencia. Ni han tenido tan mala suerte de nacer en el lugar equivocado sin haberlo pedido.

Ustedes niños y niñas, son lo que son. Son seres divinos, humanos, con tanto que enseñar y aportar. Como todos nosotros los adultos, solo que ustedes aún no lo han olvidado del todo.

Quieren recordarnos que cada uno tiene algo inmenso que dar al mundo. Nos quieren mostrar el Amor que somos y que hemos tapado con tantas cosas, quieren recordarnos el camino a nuestra esencia.
Todo eso que los adultos minimizamos y creemos que no es importante.
Estamos perdidos.

Así que ustedes niños no vienen a mi para que yo encuentre soluciones, o arregle problemas. Vienen a mi para que los vea y escuche. Los sienta. Los acepte y ame.
Para que sea un puente con sus papas, mamás y otros adultos y les traduzca eso que ustedes no dicen con conversaciones.

Ustedes vienen a hablar en el lenguaje del juego, del arte, el baile y la música. El lenguaje del amor. Pero nosotros adultos no hablamos ese idioma. Entonces no entendemos nada.

Me parece que por alguna razón sé ese idioma. Lo estoy recordando. Puedo a veces, cuando callo mi mente adulta y de psicóloga,  entender su mensaje y transmitirlo. Puedo oír a mi propia niña interior y atenderla.

No es que sean nuestro futuro, ni sabios maestros enviados para salvarnos.

Son lo que somos nosotros, en un estado aún más puro. Con una fuerza que muchos hemos perdido, con una consciencia en potencia que ahora estamos dispuestos a recibir y un amor aún limpio y grande.

Necesitan de nosotros tanto como nosotros necesitamos de ustedes.

Quizá en algunos casos sepamos más que ustedes y podamos enseñarles del mundo. Guiarlos y protegerlos.
Quizá.
Ustedes necesitan de nuestro amor, presencia y aceptación.
Pero paradójicamente son ustedes quienes nos abren también la posibilidad de amar, estar presentes y aceptar.
Son quienes nos permiten ver el mundo con otros ojos. Desaprender lo que no es vigente y aprender nuevas cosas.

Sus conductas indeseables, los estados que nos impacientan e irritan, sus enfermedades y patologías, sus emociones desbordadas, su desobediencia y terquedad, 
Nos incomodan, nos obligan a movernos, a cuestionarnos, a mirar más a fondo.
Si somos valientes y aceptamos la invitación, 
nos lleva también a mirarnos adentro, para encontrar en nosotros eso que tanto rechazamos de ustedes.
Desarrollar todas esas potencialidades y sanar todas esas heridas que nos muestran como espejo.
Ver y oír gracias a ustedes, queridos niños y niñas,
todo aquello a lo que nos hemos vuelto ciegos y sordos y  sentir nuevamente eso que remueven a las buenas o a las malas. 

Así que amados niños y niñas,
Aquí estoy.
Caminando este sendero con ustedes,
Estando en mi, conectando conmigo, con mi ser,
Para también poder estar y conectar con ustedes, con su ser.

Ser su mensajera, su puente, su traductora, su acompañante, su aprendiz, su sostén, su guía.

Recordar eso que soy, eso que somos.


Ser eso que al parecer vine a ser, a pesar de mis resistencias, miedos y dudas.

Gracias. 

martes, 29 de septiembre de 2015

El lado oscuro de la paz

Por Ana María Constaín




Desde que trabajo como psicóloga con mucha frecuencia mi consultorio se convierte en un campo de batalla. Los dardos, las espadas, las pistolas de agua, los bates de espuma y los animales salvajes toman un gran protagonismo
Es un espacio de terapia, por lo que evito censurar los temas tabú.
Muchas veces, con miedo y duda, permito que se expresen los lados más oscuros.
Así que poco a poco los niños y los adultos, van permitiéndose abrir la caja de pandora. Todo aquello innombrable y prohibido empieza a habitar el espacio.
Hay guerra, muerte, odio, rencor, celos, envidia, deseos oscuros y malvados.

Lo curioso es que muchas de las personas que llegan son personas que le apuestan a la paz. Adultos que han optado por estilos de vida pacíficos, o padres y madres amorosos que día a día eligen una crianza respetuosa y amable. 

Esto ha tambaleado mis esquemas.

Porque es quizá más fácil de explicar la violencia en contextos de carencia, agresión, y maltrato. Poner en el desamparo y esterilidad emocional la razón de conductas conflictivas.

Esperaría yo que el resultado de un ambiente nutricio y respetuoso fueran personas pacíficas, que puedan dar al mundo lo más puro de su esencia.

No siempre es el caso. Mi mente racional busca respuestas. En parte, porque me es insoportable no dar una explicación certera y clara, a las personas que acuden en busca de mi saber para resolver una situación que se vuelve exhaustiva.

Últimamente me he quedado en el vacío de la no respuesta. Estando presente con esa actitud observadora y curiosa que tanto me ha costado desarrollar.

Hilando fino, en un trabajo de hormiga que requiere paciencia y constancia. 

¿Qué nos quiere decir esta agresión? ¿Qué mensaje nos trae? ¿Que necesidad se esconde tras estas emociones?

Yo misma lo he vivido en carne propia, con este monstro que la maternidad despertó. Me he encontrado con mi propia violencia. Con la rabia enterrada, los gritos ahogados, los dientes apretados y constantes dolores de cabeza que han sido parte de mi historia.

Un personaje que nunca aparecía en público, empezó a asomarse con frecuencia. El que encarna todos los conflictos evitados, los límites sobrepasados, la fuerza adormecida que teme tanto hacer daño.
Ha salido, y por falta de práctica y espacio, sale muy torpemente.  Me convierto en esa persona gritona, impaciente, irritable, y a veces agresiva. Digo cosas indeseables. Lastimo. Especialmente a las personas que más quiero.

¿De donde viene todo esto?
Yo, que tanto trabajo personal he hecho, que tanto sé supuestamente de crianza, que recito de memoria los mejores métodos, que creo en la paz y el amor.

No quiero apresurarme a sacar conclusiones.

Intuyo que justamente todo mi trabajo personal me ha permitido ver mi lado oculto. La parte oscura que tanto cuesta reconocer. Empezar a contactarla y reconocerla, darle espacio, nombre, validarla y aceptarla.

Dando lugar a mi rabia he encontrado fuerza. He puesto límites y practicado el no. He tenido un combustible para vencer miedos, sacar proyectos adelante, sacar mi voz al mundo con más coraje. Me he atrevido. Estoy aprendiendo de la firmeza, la claridad y la asertividad. Porque mi fuerza no solo destruye, sino que me da un lugar.
Y también rompe: paradigmas, creencias caducas, manipulaciones e injusticias.

Esto me hace pensar, si quizá la búsqueda de la paz, ha dejado muchas cosas en la sombra que no pueden simplemente ser enterradas.
Si tal vez,  hay unos que otros que manifiestan todo lo que los demás no queremos reconocer. Se convierten en espejos para mostrarnos lo que pretendemos ocultar, y entre más los excluyamos, desterremos, castiguemos y señalemos, más nos devuelven todo aquello que ponemos afuera, pero que en realidad es también nuestro.

Me pregunto si perdonar al enemigo, signifique reconocerlo en cada uno y perdonarnos a nosotros mismos. No en un sentido poético o simbólico. Realmente mirarnos y darnos cuenta que ese enemigo duerme adentro de nosotros y que entre más nos demoremos en despertarlo más se manifestará afuera.

Me pregunto si todos esos niños y niñas, adolescentes y adultos que traen su oscuridad, me están mostrando algo.

Nuestro cometido de paz no puede ser crear espacios idílicos excluyendo a todo el que traiga cosas indeseables. Poniendo una frontera rígida para alejar al que no comulgue con nuestros ideales.  Confundiendo límites y acuerdos de cuidado, con destierro, castigo y señalamiento.

Tal vez no podamos acabar con la violencia solamente hablando de paz y armonía. Eliminando las armas, racionalizando acuerdos o comprendiendo mentalmente el bien. 
Probablemente necesitemos mirarla a los ojos, reconocerla y comprender para qué está ahí.

Empezando por nuestra propia violencia que se disfraza de tantas maneras: de ironía, crueldad, silencio, desprecio, juicio, manipulación, exclusión, acusación, competencia desleal, intolerancia.

Aceptar nuestra rabia y oír su voz, para saber qué es lo que nos está pidiendo.


De lo contrario me temo, no estamos más que mandando nuestra basura al mar, para darnos cuenta tarde o temprano que todo se nos regresa.

miércoles, 8 de julio de 2015

La no-mamá

Por Ana María Constaín




La semana pasada Eloísa y Matilde se fueron de viaje con su abuela. Una semana entera sin ellas en casa.

Primera vez.

No de separarnos, pero sí de tener una vida cotidiana en la que ellas no estaban presentes. Al menos físicamente.

La casa tuvo un orden que había olvidado que era posible. Pude caminar libremente sin enterrarme objetos cortopunzantes y acostarme en la cama sin encuentros con sustancias viscosas.
Pasé noches enteras de sueño profundo, y me desperté con una energía que ya me resulta extraña.
Salí de noche, sin anhelar el momento de volver a la cama, y sin obligarme a pasar de las 10.
Duré un largo tiempo de buen genio, y recuperé la paciencia que parecía extinta. 
Trabajé, concentrada en la misma tarea y tachando listas de pendientes con una fluidez sorprendente.
Comí sentada, ví televisión sin interrupciones, dormí siestas, leí de corrido.
Recordé lo que es ser pareja y no familia.
Disfruté de un silencio penetrante y de un cuerpo, mío.

Tuve tiempo de preguntarme qué quería hacer (y de hacerlo!)

Por una semana fue mío mi tiempo 
Elegí que hacer basándome en mis deseos e intereses
Me dediqué a mi trabajo, a mi casa, a Nicolás…  y a mi.

Las extrañé, claro
Sonreí ridículamente ante dibujos de las paredes
Olí prendas desenterradas
Limpié pegotes escondidos con añoranza
Lagrimee voces lejanas 
Amé recuerdos que me invadían

Me supe completamente feliz de ser mamá
Y también me supe feliz de ser no-mamá

Tuve una nueva claridad de lo mucho que me gusta haber estado y estar presente en su crianza,
y también de lo mucho que me gustar ser y hacer tantas otras cosas

Ellas, disfrutaron montones siendo las no-hijas
Y yo sentí un gran alivio de saberme solo una parte de su vida y de tener plena certeza de que su espacio y las relaciones con otros son vitales para nuestra existencia.

Yo puedo ser la no-mamá y ellas las no-hijas

Nuestro vínculo trasciende el tiempo y el espacio.

martes, 9 de junio de 2015

Amor propio

Por Ana María Constaín




La semana pasada estuve escribiendo sobre el autoestima, y lo que podemos como padres y madres hacer para que nuestros hijos se sientan seguros, amados y tengan confianza en sí mismos.  Elocuentemente describí todas las maneras en las que podemos favorecer que los niños se sientan amados y puedan reconocer su valor esencial. Hablé sobre como acompañarlos en sus errores, amarlos en sus fracasos e imperfecciones.

Y esa misma semana, un día después de mi despliegue literario, me equivoqué

Olvidamos que no podíamos sacar el carro, y nos encontramos entonces, sin una clara manera de transportarnos, muy cerca en tiempo y lejos en distancia, de la primera muestra de guitarra de Eloísa. Una muestra más importante en símbolo que cualquier cosa.

Se vino la avalancha de autocrítica. Una avalancha fuerte y poderosa. Arrasadora. Contundente.
¿Cómo soy tan bruta? ,¿cómo puede olvidarse algo tan obvio? , ¿Como se nos hizo tan tarde? , ¡Le fallé! , ¡No vamos a llegar! He aquí un gran trauma de su vida.

No había espacio para nada más.

Todos las alertas se activaron para recibir semejante amenaza de destrucción.  El ambiente tenso y pesado se fue espesando, nublando cualquier posibilidad de claridad mental. Allí estábamos todos, ansiosos y angustiados, impacientes y afanados, emprendiendo una carrera que sabíamos ya perdida.
Yo, esperando el milagro de que el tráfico Bogotano nos abriera su paso, para que Eloísa pudiera llegar al escenario.

¿Ya vamos a llegar?,  ¡Estamos muy lejos!  - decía ella nerviosa, llorando por su frustrado evento. Por lo que por supuesto me sentía peor. 

Al menos eso creía yo.

¡No te preocupes! Vamos a solucionarlo. Intentaba consolarla, mientras Nicolás me consolaba a mí, y  buscábamos en medio de la imposible situación, soluciones.

De pronto algo pasó. No sé muy bien qué, pero todo empezó a moverse en cámara lenta y me vi.
Todo eso que había escrito apareció en mi mente como un regalo a mi misma y me di cuenta de lo poco amorosa que estaba siendo conmigo. En ese momento y siempre. Lo poco que me permito equivocarme. Las frases hirientes que me repito. La tensión y angustia a las que me someto. Como si de alguna manera tratarme así compensara el error, o disminuyera la culpa, porque si me siento suficientemente mal me señalarán menos y recibiré el castigo que merezco.

Algo así como, - mi mamá no alcanzó a llevarme, pero al menos se siente muy mal-.
Si me siento mal, le muestro ( y me muestro)  que me importa.

¿Es eso lo que quiero enseñarle? ¿a demostrar amor lastimándose a si misma?

Internamente algo cambió. Tal vez  me abrí al amor.  

El espesor empezó a alivianarse, empezamos a cantar y vinieron frases más amables.
-¡Ya llegaremos y veremos que solución encontramos!, Los abuelos ya nos están esperando y yo tengo muchas ganas de oírte tocar.

Creo que las frases fueron lo de menos. La que estaba cargando de gravedad la situación era yo. Las lágrimas de Eloísa no eran mas que producto de un ambiente que yo estaba generando. Ella al final quería estar con nosotros y tocar su guitarra. Lo demás poco le importaba.

-       - Eloísa, me equivoqué. Eso a veces me pasa. Estoy haciendo lo mejor para solucionar mi error. Lo siento.

Todas las excusas, las criticas a la ciudad, las justificaciones que nacen de la angustia por aceptar el error, todo se esfumó.

Quedó el momento presente. La aceptación. La honestidad, El reconocimiento.

El amor incondicional que tanto profeso.
Que se irradia y se contagia.

¿Puedo acaso enseñarles a mis hijas a amarse cuando ven en mi tanto maltrato hacia mi misma?
¿Pueden ellas permitirse el error cuando ven la manera en que me castigo?
¿O estar centradas en el presente cuando yo traigo constantemente la angustia del futuro?

¿Y acaso no merezco yo todo el amor que pretendo darles a ellas?

Llegamos,.. tarde… Y Eloísa llegó tranquila, segura, se presentó con otro grupo como si nada estuviera pasando.

Y yo aprendí algo muy grande:


El amor propio.