lunes, 12 de febrero de 2018

Detrás de escena



No creo que necesariamente haya que vivir todas las experiencias para poder ponerse en el lugar de otros.
Justamente la práctica de la Compasión nos permite conectar con cualquiera, reconociendo la humanidad compartida y de alguna manera sintiendo al otro el sentido amplio de la palabra,

Sin embargo vivir en carne propia las experiencias definitivamente nos da otra perspectiva y nos derrumba juicios y críticas, y flexibiliza posturas rígidas y polarizadas.

Ser mamá es una de esas experiencias que sin duda me permitió ver a mis papás desde un lugar muy diferente. A todos los papás: los que llegan a mi consultorio; los que son desgarrados en criticas en juntas escolares, o en redes sociales; los que están en la mira de toda la sociedad y señalados como responsables de muchos de los problemas del mundo.
Mis hijas derribaron muchas ideas, fueron disolviendo poco a poco muchos reclamos, me ampliaron la visión y me abrieron el corazón.

Ser emprendedora es otra de esas experiencias.
Ahora no puedo ver algo frente a mi sin reconocer toda la cadena que hay detrás de que ese objeto esté en mis manos, o de que ese servicio me sea entregado.
Poder comer un plato de comida en un avión que me lleva a un lejano lugar rápidamente, abrir la llave y tener agua caliente, sentarme en una mesa y que me traigan un plato de una receta deliciosa sin mover un dedo. Apretar un botón en mi celular (que a su vez es un increíble objeto) y que a la puerta de mi casa lleguen tantas cosas que me facilitan la vida, sacar a mis hijas a la puerta de la casa y saber que van a tener un día completo de amor, campo, aprendizaje y cuidado.

¡Cuántas cosas suceden detrás de escena!
Cuántas personas, procesos, detalles, coordinación, entrega, conflictos por resolver, enseñanza, retos, recursos, hay detrás de cada cosa que hace parte de nuestra cotidianidad.

Fácil es juzgar y señalar, a aquellos empresarios demoniacos, a los explotadores, a los inhumanos.
Fácil es quejarse por los precios, los salarios, la baja calidad, el pésimo servicio.
Cómo fácil es señalar a los malos padres y madres que tantas cosas hacen mal.

Fácil es, y hoy más, desprestigiar en un click a alguien. Calificar con estrellitas según una experiencia.
Exigir. Destruir. Criticar. Hablar desde el desconocimiento.
Y sí, tenemos derecho a opinar, a retroalimentar, a denunciar, pedir que nos den lo que necesitamos.
¿Pero desde donde lo hacemos? Desde un lugar de responsabilidad para contribuir, o para perpetuar un lugar de queja en el que nunca asumimos ningún tipo de responsabilidad y pretendemos que sea el otro quien resuelva nuestra existencia.

Las hijas y la empresa han sido grandes maestras. Me han permitido ampliar la mirada de una forma contundente.
Sé que tengo una gran responsabilidad en ambos casos, y que mi invitación permanente es trabajar en mi.
Y también soy (a veces) menos dura con mis juicios, y siento agradecimiento con todos aquellos que asumen el reto de salir de zonas cómodas para darse a otros.

Voy saliendo poco a poco de el terreno del eterno reclamo infantil, buscando siempre afuera responsables, exigiendo que otros resuelvan, culpando a mis padres o lideres, empresarios, educadores y políticos (que al final termina siendo el mismo arquetipo) de todo lo que me pasa, para empezar a hacerme cargo y saber que parte de todo lo que me sucede tiene que ver conmigo y trabajar en como puedo aportar consciencia, a quienes se cruzan en mi camino, directa o indirectamente y quienes al final son espejos de mi propia existencia.