martes, 5 de junio de 2018

Carta abierta a los colegios: Escuchemos a los niños




Queridos colegios,





Honro y admiro profundamente su trabajo. Sé lo que implica sostener un espacio educativo y durante tantas horas trabajar con niños, cumpliendo tantas expectativas ajenas y con tanta presión de la sociedad. Agradezco mucho a todos quienes se dedican a la niñez muchas veces con tan pocos recursos.

Sin embargo, me parece que algo no está funcionando, porque son tantos los niños y niñas remitidos a terapias, con problemas, dificultades y carencias. Estresados y ansiosos, enfermos y cansados.

No creo que sea un asunto exclusivo de los colegios. Justamente creo que hay algo que todos los adultos necesitamos revisar. Pero como son ustedes quienes tienen por tantas horas a los niños, quise compartirles estas palabras:

Los niños quieren jugar.

Jugar por jugar. Sin objetivos, sin planes, sin reglas estrictas, sin intervenciones y correcciones.
Ellos saben que la vida es un juego.

Los niños quieren moverse,

Experimentar su cuerpo completo. Bailar, saltar, escalar, rodar, correr y caminar. Recorrer el espacio y reconocer sus sentidos. Todos ellos.

Comprender lo que muchos adultos hemos olvidado,
Qué el cuerpo nos habla, y nos conecta con el mundo. 

Los niños quieren crear,

Usar todo lo que encuentran para manifestar su mundo interior. Conectar el mundo de la imaginación con la realidad a través de sus manos, su cuerpo, y sus infinitos talentos.
Aún saben que nada está terminado de inventar.

Los niños quieren investigar,

Usar su curiosidad para conocer el mundo, aprender de él, descubrir nuevas posibilidades, y ser participes de una realidad que sigue creándose permanentemente.
Tienen un interés apasionado por lo que les rodea, a menos claro que lo convirtamos en obligación

Los niños quieren expresarse,

Compartir su mundo interior. Contarnos que necesitan y pedirnos ayuda con aquello que aún no pueden.
Sensibilizarnos, porque los adultos nos endurecemos a veces y dejamos de ver, escuchar y sentir.
Ellos aún no han enterrado sus emociones en el sótano del olvido.

Los niños quieren gozar,
Reírse a carcajadas, disfrutar de cosas simples, estar con sus amigos,
Mostrarnos que la vida no tiene por qué ser siempre tan seria.

Los niños quieren vivir su presente,

Ser niños, sin preocuparse permanentemente por su futuro. Por llegar a ser alguien. Ellos ya son alguien. Vivir sin tantos planes, anticipaciones, proyecciones de carrera. Quieren evitar que el futuro se trague su hoy.

Los niños quieren Ser,

Lo que son, no lo que queramos que sean. Compartir al mundo sus dones, su voz, su propia perspectiva, para enriquecer la existencia.

Los niños quieren amor,
Ser amados y amar. Sin condiciones. Saberse seres humanos-divinos perfectos en su esencia.

¡Pero los adultos estamos tan convencidos de tener la razón!

Insistimos en educarlos según nuestras reglas y no los estamos escuchando.
Los metemos en una carrera tan ajena a ellos. Los aquietamos, los callamos, los evaluamos y corregimos, los estandarizamos, los condicionamos y los etiquetamos cuando se salen de nuestra estrecha norma.

Luego nos extraña tanto que no nos resulte. Entonces usamos toda clase de estrategias para amoldarnos a nuestras expectativas y perfeccionarlos.

Estamos obsesionados con la perfección.

Los queremos felices, pero felices en un mundo que hemos creado para ellos que nada tiene que ver con ellos mismos.
Así que los paseamos de experto en experto, de clase en clase, de médico en médico para lograr nuestro cometido:

Arreglarlos.

Los niños no están dañados. No necesitan arreglo.

Los niños son seres valientes y muy insistentes que no se dan por vencidos. Si tenemos suerte.
Porque nuestra terquedad puede doblegarlos finalmente. Hacer que olviden, como muchos de nosotros hemos olvidado:
Que la vida no está allá y entonces cuando nuestros objetivos se cumplan, cuando cambiemos, cuando obtengamos tantas cosas que hemos puesto en la lista.

Queridos colegios,

¿Y si paramos un instante y prestamos atención, atención verdadera?
¿Y si contemplamos en una actitud en la que nos despojamos de tantas verdades aprendidas?
¿Y si abrimos el corazón y observamos compasivamente?

¿Y si dejamos de esforzarnos tanto por formar a los niños y nos maravillamos con lo que ya son?

Si creemos que si los dejamos libres sería catastrófico, es porque poco confiamos en la existencia. En nuestra verdadera naturaleza.

Este es nuestro gran trabajo.
No es convertirlos a ellos en nada, sino reconocer lo que ya somos.
Los niños han tocado y siguen tocando mi puerta, muchas veces a pesar de mi, de mis miedos, de mis resistencias. Ellos me muestran tanta verdad, tan difícil de aceptar, que muchas veces quiero salir corriendo.
Ellos insisten, y por ello me siento afortunada.
Llegan con sus dolores de barriga, su ansiedad tan prematura, sus actos de violencia y sus terrores nocturnos, la inseguridad y la baja autoestima.
Siendo inadecuados para tantos ojos. Lastimados por sentir que no cumplen con ninguna expectativa. Se sienten rotos. Incompletos. Frustrados porque sus esfuerzos son insuficientes para lograr lo que tanto queremos de ellos.
Llegan abriendo un espacio en sus apretadas agendas, atravesando el tráfico de la ciudad, comiendo apresurados y terminando tareas en la sala de espera.
Aterrados de equivocarse, censurando muchas de las palabras, con discursos aprendidos de lo que deben cambiar. A veces llegan y han olvidado jugar. Paralizados sin poder elegir. O desbordados con tanta energía que no cabe en el espacio.
Tantas veces caigo en la trampa.

¿Qué hacer para que todo mejore?
¿Qué importante trabajo haré en esta hora para justificar la sesión?

Queridos colegios,

Una y otra vez veo lo mismo.
Los niños quieren Ser.
Y lo más revolucionario con lo que me he encontrado en mi trabajo es eso.
Dejarlos ser.
Por una hora de vez en cuando,
Dejarlos ser. Lo que son. Sin condiciones.
Sin intervenir. Sin corregir. Sin intentarlos mejorar. Sin hacerles maravillosas propuestas. Sin aconsejarles una mejor manera.
Darles la libertad que el mundo les roba tan pronto.
Libertad, no de hacer todo lo que quieran.
Libertad de Ser lo que son.
Ellos no son producto de nuestros esfuerzos, ni seres burdos a ser perfeccionados.
Son seres ya completos,
y sí también en desarrollo.

Pero su crecimiento ocurre por si mismo.
No hace falta empujar el río.

Necesitan que los adultos seamos sus guardianes, cuando sus impulsos los llevan a dañar o dañarse. Cuando su temprano desarrollo no les permite aún hacer ciertas cosas, o cuando su corta historia ya ha tenido heridas que les impiden ponerse en el mundo o aprender naturalmente.
Ser sus guardianes, guiarlos y amarlos.
Nada más. Es bastante más simple de lo que nos hemos creído.
Compartir nuestros dones y conocimientos, y así quienes resuenen los tomarán.
Protegerlos. Ofrecerles suficientes espacios y personas con quien puedan vincularse y aprender por si mismos.

Acompañarlos.

Queridos colegios,

Pareciera utópico e ilusorio imaginar que podemos educar de otra manera.
Al final la vida es seria y llena de responsabilidades y obligaciones, y tenemos que prepararlos para la realidad. Tenemos que enseñarles cosas importantes que algún día les servirán.
Tantas veces he oído esto.
¿Qué será de ellos cuando tengan que enfrentarse a la vida? ¿cuando salgan de la burbuja?

Quizá ese es nuestro error. Lo que pensamos que es la vida. Lo que creemos que es la dura realidad. Lo que consideramos que es importante.

Pero la vida es esto. Esto que ocurre cada instante, en cada respiración.
Es seria, y es juguetona, difícil y sencilla, llena de retos y fluida. Es una multiplicidad de colores y posibilidades.

Es viviendo que aprendemos. Es viviendo que desarrollamos los recursos. Es viviendo que aprendemos de nosotros mismos y de los demás. Es viviendo que intercambiaos, creamos, inspiramos, compartimos, crecemos y experimentamos lo que somos. Es viviendo que sabemos qué necesitamos aprender.
La vida es todo esto que sucede antes de morir, que puede ser en cualquier momento.

Queridos colegios,

Escuchemos a los niños, contemplémoslos, sintámoslos, conectemos con ellos. Soltemos tantas ideas que tenemos acerca de lo que es correcto, tantas preconcepciones de la vida, el éxito y la felicidad.
Mirémoslos a los ojos, abracémoslos, tomemos sus manos sudorosas, dejémonos contagiar de sus carcajadas. 
Permitámonos entrar en contacto con sus almas, veamos el mundo desde su perspectiva.
Juguemos, no por obligación, sino descubriendo nuestro propio juego.

Hagamos de la educación y la crianza un viaje permanente, en el que recibamos la existencia con apertura y gozo.
Recibamos el mayor regalo que tienen los niños para ofrecernos.

Abramos el corazón.