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jueves, 5 de mayo de 2016

Cuando no quiero ser mamá

Por Ana María Constaín





Amadas hijas,

A veces no quiero ser mamá.

Quisiera poder poner pausa a su existencia para tener trozos de vida en los que yo, sea solo yo.
Porque su presencia a veces es demasiado intensa. Demasiado permanente.
Ustedes están cuando mi enfermedad y mi cansancio piden cama,
Y cuando mi tristeza necesita silencio y quietud,
Aparecen en medio de conversaciones,
Provocan cuando mi rabia necesita espacio para no cruzar el punto de no retorno.
Sus necesidades se interponen en propuestas de trabajo
Sus enfermedades en planes con amigos
Y constantemente se asoman cuando sale lo peor de mi.

A veces no quiero ser mamá

Porque me pregunto si sirvo para eso,
Porque amadas hijas,
les confieso que difícilmente mantengo viva una planta,
He descubierto que soy muy mala ama de casa
Que no me gusta que los demás dependan de mi,
Y que fuera del trabajo me aburre jugar.
Así que con frecuencia la responsabilidad me aplasta, la culpa me consume, y me siento agotada, porque la vida no para, y sus necesidades tampoco.

Si, me cuesta decírselo, pero a veces no quiero ser mamá.

Especialmente, cuando no soy la mamá que debería. Supuestamente.
Me peleo tanto con la mamá que soy, que en esa lucha queda poco espacio para ustedes.
Pero a veces, puedo darme espacio para ser.
No la mamá. Yo.  Así completa con todo lo que soy.
Y entonces hay espacio para ustedes. No las hijas. Ustedes. Con todo lo que son.

En ese encuentro infinito, me doy cuenta de que la lucha es una pelea de roles. No de seres.
Y cuando puedo deshacerme del rol, entro en éxtasis.
Algo mágico sucede. Nos conectamos y puedo ver la inmensidad de la existencia.
Me percato de cómo sus enfermedades me paran cuando el ritmo me está sobrepasando,
Y como su presencia me ha permitido elegir y construir mi trabajo con tanta consciencia
Veo como sus emociones son alarmas que me alertan cuando estoy perdiendo mi centro,
Y me asombro ante la manera en que me invitan a habitar el presente, diluyendo la ilusión de futuro.
Sus cuerpos despiertan el mio, y desbloquean canales cerrados ante la dureza que también hay en el mundo.
Y comprendo que ese, el peor lado de mi, que ustedes sacan con admirable perseverancia, no es más que la parte mia que más amor necesita, y que una vez afuera, puedo ver de frente para abrazarla y reconciliarme con ella.
Con cada plan cancelado suelto el control y aprendo a confiar,
Y cuando los gastos aumentan reconozco mi abundancia y me doy cuenta de todo lo que puedo aportar al mundo.
Sus incontables necesidades, me muestran que puedo pedir ayuda, y que siempre, hay manos disponibles
Cada día soy testigo de que ustedes son mucho más que el resultado de mi crianza.

Amadas hijas,
Cuando no quiero ser mamá
Es porque esa palabra tiene mucha carga.
Muchas expectativas, significados, exigencias, deberías y sacrificios.

Yo quiero trascender la palabra. 
Quiero Ser a su lado, conectando con ustedes para poder acompañarlas en su camino.
Enseñarles lo que pueda, y dejar que otros sean parte de su vida para enseñarles lo que también saben.
Sé que yo no soy suficiente, y sé que ustedes no son mías.
Yo soy su guardiana, mientras me necesiten.
La representación del Amor incondicional en la tierra.
Quiero estar para que juntas nos recordemos el camino hacia el centro, cada vez que lo olvidemos.
Sabiéndonos el Todo, sin perder la individualidad.
Honrando y respetando el camino único de cada una.
Soltando la idea de que soy yo la que moldea sus vidas
Renunciando a ser indispensable,
Abriendo paso a la libertad, y a la confianza
Quiero darles lo que desde mi esencia surge cuando entramos en sintonía, y desde ahí hay un flujo de Amor que crea terrenos fértiles

Amadas hijas,

Más que su mamá quiero Ser todo lo que Soy a su lado.
Gracias a ustedes y para ustedes.



lunes, 11 de abril de 2016

Alta Sensibilidad

Por Ana María Constaín



Hace un tiempo me crucé con un artículo que hablaba de las personas altamente sensibles. Al leerlo sentí un gran alivio.
No solo porque me sentí muy identificada, sino porque además pude ponerle palabras a muchas vivencias que hasta ahora habían estado en el territorio de la confusión.

A mi consultorio llegan muchos niños altamente sensibles. Mis hijas, cada una a su manera, lo son también. Esto me ha ayudado a reconciliarme con aspectos míos que había bloqueado completamente, reemplazándolos con la razón y el intelecto. Con explicaciones lógicas y una gran capacidad de análisis e interpretación.

En la medida que estos niños fueron apareciendo en mi vida, algunas ventanitas empezaron a abrirse. Al principio simplemente creía que era una facilidad para relacionarme con ellos. Pero poco a poco me he dado cuenta de que me reconozco profundamente en muchos de esos seres que se aparecen en mi vida como espejos que me devuelven la posibilidad de amarme como soy.

Al ver y sentir el mundo a través de ellos, recuerdo esa que he sido y despierto. No es fácil porque duele. Por eso comprendo por qué en un principio me fui desconectando y por qué muchos niños lo hacen.

Tantas veces me he peleado con mi introversión y timidez.
Mi necesidad constante de ver la profundidad de todo.
Mi melancolía y esa dificultad por entender el mundo.
Mi paranoia.
Mis miedos.
Mi llanto fácil.
La necesidad de silencio y espacio.
Mi profunda soledad que nada tiene que ver con la cantidad de personas que me aman y rodean.
Mi queja.
Mi intolerancia al dolor físico.
Mi agotamiento constante.
Mi quietud.
Y a la vez mi poca tolerancia a la lentitud.
Mi dificultad para adaptarme a cambios imprevistos.
Mis ganas de ser invisible.
Mi terror a la exposición.
Y al mismo tiempo mi necesidad de contacto y calor.
Mi cabeza repleta de ideas.
Mis altibajos en el peso, que a veces es tan difícil de bajar.
Mis pocas habilidades sociales para las situaciones más cotidianas.
Las tantas veces que quiero encogerme y meterme debajo de la cama (o de la tierra) y quedarme ahí para siempre.
O de meterme en el mar y perderme en sus aguas.

Todo esto lo he rechazado. He querido ser alguien más. He envidiado la ligereza, el tono alegre y extrovertido de aquellas personas de risa fácil y gracia social.
He querido vivir más tranquila, fluir y moverme en el mundo como pez en el agua y dejar de darle tanta importancia a las cosas. Andar más por la superficie, sin tener que sumergirme en las profundidades de todo.

Pero esa no soy yo. No que no pueda por momentos intentarlo,  esforzarme.

Pero no puedo escapar de mi.

Estos niños me lo ponen de frente y con ellos puedo empezar a nombrar ese mundo de confusión que resulta de vivir tan abierto en un mundo tan denso.

Ese sentir como quema el dolor del mundo en la piel. 
La asfixia en un lugar lleno de gente.
La cabeza llena de ideas propias y ajenas,
La capacidad de leer cada microgesto y saber que las palabras no concuerdan con la verdad,

Sentir a las personas adentro,
Aislarse, y si no se puede explotar,  cuando los sentidos se saturan con el exceso de estímulos del mundo caótico
Leer entre renglones,
Oír lo no dicho,
Percibir más allá del tiempo y espacio.
Llorar tristezas ajenas,
temer miedos de otros,
ebullir con la rabia contenida de aquellas sonrisas falsas.

Inundarse de ideas, imágenes y pensamientos bombardeando la cabeza,
que tantas, tantas veces está a punto de estallar.
Hacer conexiones entre lo inconectable
Estar en una constante búsqueda de sentido para aliviar el olvido de la unidad.

Sin duda me he adaptado, al menos lo necesario.
He sabido jugar el juego. Hacer lo necesario para ser aceptada, sin exponerme demasiado. Mimetizándome sutilmente. Haciéndome lo mínimamente visible en la invisibilidad.
Encontrando la manera de ser yo, sin romper demasiado las reglas y haciendo lo necesario para funcionar.
Me protegí. Me blindé. Lo más que pude.
Eso si, siempre he sido un poco rarita.
Oscilando entre el profundo miedo al rechazo y la pujante necesidad de mantener un mínimo de autenticidad.
Ha sido mucha la energía invertida en sostener el mediocre personaje sediento de aprobación pero que en el fondo no soporta el guión propuesto.

Al menos hasta que he empezado a aceptarme y recordar.
Ahora estoy aprendiendo a estar en el mundo con todo lo que soy
A abrirme y quitarme tantas capas, al mismo tiempo que me cuido y me protejo cuando es necesario.
Ampliando la consciencia y descubriendo que nada es lo que parece.

Desde ahí puedo ver a muchos de esos
tímidos,
raros,
agresivos,
inquietos,
hiperactivos,
desafiantes,
autistas,
bipolares,
esquizofrénicos,
depresivos,
desadaptados,
rebeldes…

Verlos mucho más allá de los conceptos. Soltar la intención de ayudarlos a cambiar o adaptarse, y más bien adentrarme con ellos a su mundo.
Aceptarlos y amarlos para que juntos podamos recordar la divinidad que somos y conocer  la humanidad mediante la cual la expresamos.
Acompañarnos a entregar al mundo lo que somos, en el amplio sentido de la palabra.

Esta mi manera, me permite en gran medida ser el otro.
Esto es confuso. Los limites a veces se pierden.
Tal vez porque estos límites no son del todo reales.

Esto que soy, si, me dificulta a veces estar en el mundo,
También me ayuda a no permanecer en la ilusión de que el mundo es esto tangible y material.
Me empuja a trascender la dualidad para experimentar la inmensidad del Todo y de la Nada.
Me invita a integrar el cielo y la tierra.
A explorar lugares inmensos.
A reconocer nuestra grandeza.
A sabernos luz y sombra, y todo lo que hay en el espectro.
A experimentar la vida con todo lo que es sin apegarse a la formas.
A ser, más allá del pensamiento, la emoción y el cuerpo.
Y al mismo tiempo experimentarlos. Integrarlos y trascenderlos.

A Vivir.
A reconocer el universo en cada átomo.
A Amar. Así, con mayúscula.

Y a acompañar a otros a todo esto.

Gracias a eso que soy.

domingo, 6 de marzo de 2016

La grandeza de no hacer nada

Gracias a Espacio Dzogchen Colombia y a Keith Dowman.


Sentada sobre aquel cojín de meditación que había abandonado por completo, me encontré de nuevo habitando el silencio.  
Ahí, frente a los ojos azules profundos y brillantes de Keith Dowman, que con su intensa voz rompía de vez en vez ese silencio suavemente, llenando el espacio con palabras que hacían resonancia con lo que siempre he sabido y que olvido con tanta frecuencia simplemente por ser humana.

Ya estamos todos iluminados, - decía él con una certeza imponente.  No hay un camino que andar, una meta que cumplir. Todo es perfecto tal y como es.

No hay que hacer nada.

Nada.

Ni siquiera un esfuerzo por entender sus palabras, meditar correctamente o ser esa iluminación que ya somos

Sentada, luchando con la rigidez de mi espalda y la invasión de mis pensamientos, me sentí tan aliviada como angustiada.

Porque si, suena bien esto de no hacer nada. En un mundo de las carreras, los logros, los compromisos y la excelencia. Solo oírlo me generó un descanso indescriptible. Poder parar. Dejar de planear. Poner pausa a esta incansable búsqueda de soluciones para arreglar todo lo que no es como debería.

Pero,

¿Como se hace nada? ¿cómo se acepta todo lo que hay?

Ahí entró la angustia. Esa que justamente evito haciendo muchas cosas. Ese vacío insoportable del que huyo a toda costa, siguiendo espejismos de felicidad que se desvanecen cuando me acerco lo suficiente. Pero al menos en ese hacer compulsivo puedo seguir la interminable búsqueda que me evita tener que estar en la Nada.

Permanecí. En esos minutos eternos en el que el silencio que tanto deseo en mi vida diaria se volvió un infierno.  Fantasee con el receso, con la siguiente comida, con la siguiente oportunidad de salir de ese encierro. El encierro en mi misma.

Permaneciendo en ese instante eterno del aquí y ahora, dejando estar lo que estaba, respirando, atajando los pensamientos justo en su nacimiento, sintiendo su electricidad. Encontrándome con el oleaje de las emociones, atravesando el dolor. Solamente dando espacio.
Haciendo nada
Viendo mi dificultad de no hacer nada. Constantemente en la búsqueda de una mejor experiencia y en el juicio de lo que aparece.

Siendo y no siendo la iluminación

Al final, entre danzas y tambores, me impregné de ese saber, que a veces solo se queda en palabras. Me supe el todo y respiré el placer y gozo de la vida, liberando años de autoexigencia por seguir el camino correcto. Décadas de virtuosidad y esfuerzo, siglos de renuncia y represión.

Integrando todo en el mándala de la existencia y eligiendo la disciplina de permanecer en el centro, ese aquí y ahora del todo y la Nada, o al menos saber que es una posibilidad cuando me alejo.

Esta semana vino la elaboración mental de todo esto por supuesto. ¡El hábito tiene fuerza!
La integración de la experiencia a este mi día a día.  A estas 24 horas de aquí y ahora, inmersa en la inercia del olvido.

No hay que hacer nada.

Qué grande es esto en mi relación y trabajo con los niños. 
Qué liberador para mis hijas cuando puedo estar en este lugar.
Qué sanador para los niños que llegan a mi consulta.

Estar en el perfecto aquí y ahora. Aceptando todo lo que son y lo que hay. Dejando de hacer para dar espacio al ser.

No hablo de las acciones cotidianas por supuesto. En donde hay tanto que hacemos porque al final estamos aquí para experimentar el mundo y sus formas.

Me refiero a esas tantas veces que queremos corregirlos, cambiarlos, mejorarlos, enseñarles, para que sean tal o cual y que lleguen lejos. Que sean buenas personas.
Que sean felices y nunca sufran.

Tantas veces que no damos espacio a la rabia, la tristeza, el dolor, el error, la conducta inadecuada,  la enfermedad, al niño malo.

No vemos al niño, vemos su versión futura distorsionada por nuestros miedos y fantasías catastróficas. ¿Qué va a ser de el si esto sigue así?, Esto ahora es manejable, Pero, ¿cuándo crezca?; por este camino no va a entrar a un buen colegio, ni lo aceptarán en la universidad, ¿de qué va a vivir?; ¿Y si no se casa?; ¿Y si se vuelve adicto, promiscuo?; ¿Y si tiene una enfermedad mental grave?; ¿Y si es el bully de la clase?; ¿o se suicida?

No vemos al niño, nos quedamos presos en la culpa de lo que hicimos o no hicimos para que todo esté así de mal.

Proyectamos en ellos todo lo que no vemos de nosotros. Los usamos de excusa para no hacer frente a nuestra propia existencia. Lo hago por su bien; es que así yo lo amo, pero los demás no van a hacerlo, tienen que cambiar; tiene que adaptarse, así es el mundo;

Queremos que sean felices. Buenas personas. Que se ajusten a nuestras expectativas muchas veces disfrazadas de buenas intenciones.

Pero no vemos al niño presente. Vemos si acaso sus conductas. La expresión de sus emociones desbordadas. Sus síntomas físicos. Todos manifestaciones de su Ser. De ese centro iluminado, perfecto, que no tiene que ir a ningún lado.

Ese Ser que tiene que

Hacer nada

Nosotros tampoco. Esa es la magia.

Estar. Permanecer con todo lo que viene.
Una rabieta no es más que una rabieta. No es el aviso de una sociopatía, ni es el producto de una mala crianza. Es una rabieta. Qué así como nace se extingue.
Una enfermedad, es una enfermedad.
Un niño inquieto es un niño inquieto
El miedo, es solo miedo
La palabras groseras no son más que palabras groseras

Todo está hecho de lo mismo,
El abrazo, la patada, las lágrimas, los gritos, la risa, la paz, la envidia, el deseo, el cariño.

Todas manifestaciones que pasan rápido si no les ponemos resistencia. Si soltamos el apego.  Con la certeza que eso que somos en el centro es eterno. Es nuestro refugio. Siempre disponible. Lo demás solo pasa.

Esto es difícil en el día a día. Con las exigencias del entorno y las propias.  Nuestros ruidos mentales, nuestras emociones desbordadas. Se necesita disciplina, que no es lo mismo que esfuerzo.
Es una elección minuto a minuto por estar en el aquí y ahora.

No hacer nada es no intentar cambiar, mejorar, alcanzar, terminar, modificar. Es observar eso que el niño trae completamente y aceptarlo en su totalidad. Desde ahí surge la acción natural, no premeditada.

Se hace manifiesto nuestro estado natural.

Poner en palabras todo esto ya es de alguna manera atraparlo, modificarlo, interpretarlo.

Es en la experiencia en donde puede comprenderse realmente.

Sin embargo pasarlo por las palabras de alguna manera me permite compartirlo.  Hacerlo menos abstracto. (o al menos intentarlo!)

En la práctica todo esto es un ejercicio de presencia, del que tantos, tantísimos hablan. Claro porque todo es lo mismo

Para mi, para ponerlo en términos más prácticos, es recibir a cada niño que llega y estar, en plena presencia, dejando que venga lo que venga. Observándome a mi y observándolos a ellos. Igual con mis hijas.
Aceptando lo que hay. Aún si es juicio y necesidad de control. Aún si sale mi peor faceta. O si me veo en la necesidad de hacer cosas inteligentes y muy profesionales.

Veo mis pensamientos, siento mis emociones, respiro. Vuelvo una y otra vez al momento presente.
Estoy con lo que estoy.

Y así mismo dejo que ellos lo estén.

Y así, todo va pasando… y hay algo que está detrás de todos esos telones, que se escapa de la cárcel de las palabras.

Cuando hay un encuentro desde ese lugar, puedo experimentar la perfección, la iluminación, la naturaleza de la mente, el amor sublime, la fuente… No importa el término.

Una vez, que en el encuentro con los niños, experimentamos esto, lo demás deja de ser importante, y por instantes todo es claro y certero.

Luego viene de nuevo todo lo otro. Ya no importa.


El refugio, el centro son eternos y están siempre disponibles.


lunes, 25 de enero de 2016

Los que eligen morir. El suicidio infantil.

Por Ana María Constaín





La muerte de un niño es probablemente uno de los eventos más dolorosos. Ver la vida apagarse en un ser que apenas comenzaba su camino. Tantas ilusiones , esperanzas y sueños llegando a su fin. Prematuramente. Quedan muchas escenas inconclusas. El vacío de un amor puro e inocente que tenía tanto por delante.
Muy difícil de aceptar y comprender.

Si esta muerte, es una muerte elegida, una muerte desesperada,
Si esta muerte es un suicidio,
pasa de ser un evento muy doloroso a ser simplemente insoportable, desgarrador, innombrable, invivible. Algo que desborda el cuerpo, ahoga las emociones y aniquila la mente.

No nos cabe en ninguna parte que un humano que apenas empieza se quede sin opciones y elija dar fin a su vida como única salida.

Y esto es tan insoportable que necesitamos buscar culpables. Tratar por todos los medios de dar una explicación. Intentar encontrar soluciones certeras que nos aseguren que como humanidad, jamás tendremos que volver a pasar por algo así.

Los blancos más fáciles son las madres, los padres y los colegios. Aquellos que están a cargo directamente de la crianza de los niños.  Es una fórmula simple.
Luego buscamos al malo en quién podamos depositar toda la rabia que produce la impotencia.  El familiar, el bully, el profesor, el vecino, el abusador.
Volcamos en ellos nuestra ira, hacemos políticas de cero tolerancia, ponemos castigos, excluimos y señalamos a los causantes de esta desgracia. Repugnamos a una sociedad que se pudre y lleva a los niños a esos extremos.

Tenemos que exorcizarnos el dolor. El dolor desgarrador de haberles fallado.

Pero si nos quedamos ahí, en buscar un malo a quién echarle la culpa, entonces estas muertes serán en vano. 

Un niño que elige morir, es un niño que nos muestra que el mundo puede ser un lugar muy difícil de habitar.

Este es un hecho imposible de ignorar que  nos despierta de la anestesia con la que nos acostumbramos a vivir.
Denuncia nuestra ceguera y nuestra sordera. La pequeñez con la que insistimos pasar nuestros días, casi muertos en vida.

Si tenemos el valor de adentrarnos en el dolor y permitir que nos desarme, quizá podamos ver que estos niños que eligen morir, traen las voces de tantos que hemos anhelado la muerte en silencio. Tal vez podamos reconocer que ellos hacen realidad un tabú del que todos huimos y que tantas veces ha dado avisos, pero que por miedo hemos elegido darle la espalda.

Podemos seguir buscando culpables que alivien el dolor del que escapamos constantemente. 

Podemos seguir persiguiendo a los malos para tener la ilusión de que estamos haciendo algo.

Podemos refugiarnos en los "y si hubiera...", para evadir lo insoportable del momento presente,

O podemos sentir. Dejar que el dolor nos invada. Permanecer sin salir corriendo. Ver pasar el llanto, la ira, el miedo. Sentirlos en profundidad. Permitirles abrir camino.

Camino al amor que somos.

Un amor expansivo que poco a poco invada este mundo y entonces sea un lugar del que nadie quiera irse.

Ni los niños,

Ni los bullys, ni los acosadores, ni los criminales, ni los enfermos mentales, ni las malas madres y los malos padres, ni los profesores incapaces.

Un lugar en el que no haya que hacer esfuerzos heróicos para pasar los días.

Si tenemos el valor tal vez podamos darnos cuenta de que todos somos de alguna manera responsables del mundo que creamos instante a instante. 


Podamos quizá despertar.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Recordar lo que somos

Por Ana María Constaín
.... Eloísa y Matilde, esto es para ustedes, también... 




Queridos niños y niñas, 

Por alguna razón son parte de mi camino,
Aunque a veces, muchas veces  me resista,

En parte porque me siento profundamente impotente al verlos vulnerables, expuestos a un mundo que a veces parece desmoronarse.
Al cuidado de humanos que no tenemos ni la menor idea de lo que hacemos, personas de amor frágil y alma olvidada. Incapaces tantas veces de ser terreno fértil para ustedes.

Llegan a mi,  
de la mano de padres o madres desesperanzados, muchos obligados; o referidos por maestros desesperados y confundidos;  recomendados por médicos y otros expertos;
porque las cosas no andan bien,  supuestamente,
y yo tengo las respuestas, dicen mis títulos.

También por eso amados niños y niñas, he querido renunciar a ustedes. Porque yo no tengo respuestas, y ¡tantas veces me siento tan confundida!. Me siento terriblemente cargada con la idea de tener que ser la solución.

Ustedes aparecen con sus agresiones y furias,  lágrimas y fracasos
Su autenticidad descarada, su honestidad prohibida.
Se asoman pisoteando expectativas, rompiendo reglas
Callando o quizá hablando de más. Van muy rápido, o muy lento.
No atienden lo suficiente, se mueven más de la cuenta
Son torbellinos en supuestas calmas. Estatuas en campos de batalla
Escapan al drama. O prenden fuego en escenas congeladas.


Por tanto tiempo me he sentido agotada ante la idea de tener que arreglarlos y entender qué es lo que les pasa  para poder encontrar aquella anhelada solución.
La cura a tantos déficits, síndromes y trastornos.

Leo, estudio, pregunto, investigo. El mundo me parece a veces tan insoportable. Tan ilógico. Sin sentido.
Entro en una lucha contra el sufrimiento. Una batalla contra el absurdo de la vida que tantas personas atraviesan día a día. Se me parte el corazón, incontables veces, con las historias que tocan mi puerta.
Niños inocentes y frágiles en manos de seres humanos con tan poca consciencia, o con tanto dolor o tantas heridas. Sentimientos enterrados que vulcanizan en seres tan pequeños que aún tienen tanta ilusión de vivir.

Queridos niños y niñas, tantas veces he querido huir de ese destino. Cerrarles mis puertas porque me parece que con mis hijas ya tengo y me basta. No tengo energía suficiente para sostenerlos. Amenazan mi ego constantemente. Me llevan al filo del precipicio huyendo del miedo, el fracaso y la equivocación. Me lanzan piedras en mi peldaño del reconocimiento.

Al parecer no es decisión mía. A pesar de mi, seguimos encontrándonos. Ustedes insisten.
He aprendido poco apoco a abandonar esa lucha y estar presente. He recordado que no tengo que sanarlos, ni salvarlos, ni arreglarlos, ni cambiarlos.  Me parece estar comprendiendo que no son víctimas de un mundo horrible en decadencia. Ni han tenido tan mala suerte de nacer en el lugar equivocado sin haberlo pedido.

Ustedes niños y niñas, son lo que son. Son seres divinos, humanos, con tanto que enseñar y aportar. Como todos nosotros los adultos, solo que ustedes aún no lo han olvidado del todo.

Quieren recordarnos que cada uno tiene algo inmenso que dar al mundo. Nos quieren mostrar el Amor que somos y que hemos tapado con tantas cosas, quieren recordarnos el camino a nuestra esencia.
Todo eso que los adultos minimizamos y creemos que no es importante.
Estamos perdidos.

Así que ustedes niños no vienen a mi para que yo encuentre soluciones, o arregle problemas. Vienen a mi para que los vea y escuche. Los sienta. Los acepte y ame.
Para que sea un puente con sus papas, mamás y otros adultos y les traduzca eso que ustedes no dicen con conversaciones.

Ustedes vienen a hablar en el lenguaje del juego, del arte, el baile y la música. El lenguaje del amor. Pero nosotros adultos no hablamos ese idioma. Entonces no entendemos nada.

Me parece que por alguna razón sé ese idioma. Lo estoy recordando. Puedo a veces, cuando callo mi mente adulta y de psicóloga,  entender su mensaje y transmitirlo. Puedo oír a mi propia niña interior y atenderla.

No es que sean nuestro futuro, ni sabios maestros enviados para salvarnos.

Son lo que somos nosotros, en un estado aún más puro. Con una fuerza que muchos hemos perdido, con una consciencia en potencia que ahora estamos dispuestos a recibir y un amor aún limpio y grande.

Necesitan de nosotros tanto como nosotros necesitamos de ustedes.

Quizá en algunos casos sepamos más que ustedes y podamos enseñarles del mundo. Guiarlos y protegerlos.
Quizá.
Ustedes necesitan de nuestro amor, presencia y aceptación.
Pero paradójicamente son ustedes quienes nos abren también la posibilidad de amar, estar presentes y aceptar.
Son quienes nos permiten ver el mundo con otros ojos. Desaprender lo que no es vigente y aprender nuevas cosas.

Sus conductas indeseables, los estados que nos impacientan e irritan, sus enfermedades y patologías, sus emociones desbordadas, su desobediencia y terquedad, 
Nos incomodan, nos obligan a movernos, a cuestionarnos, a mirar más a fondo.
Si somos valientes y aceptamos la invitación, 
nos lleva también a mirarnos adentro, para encontrar en nosotros eso que tanto rechazamos de ustedes.
Desarrollar todas esas potencialidades y sanar todas esas heridas que nos muestran como espejo.
Ver y oír gracias a ustedes, queridos niños y niñas,
todo aquello a lo que nos hemos vuelto ciegos y sordos y  sentir nuevamente eso que remueven a las buenas o a las malas. 

Así que amados niños y niñas,
Aquí estoy.
Caminando este sendero con ustedes,
Estando en mi, conectando conmigo, con mi ser,
Para también poder estar y conectar con ustedes, con su ser.

Ser su mensajera, su puente, su traductora, su acompañante, su aprendiz, su sostén, su guía.

Recordar eso que soy, eso que somos.


Ser eso que al parecer vine a ser, a pesar de mis resistencias, miedos y dudas.

Gracias.