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viernes, 18 de marzo de 2016

Terapitis

Por Ana María Constaín




A consulta llegan muchos niños, o más bien sus padres a quienes cito primero, con montones de problemas y dificultades. A veces remitidos por el colegio o jardín que ya desde muy (muy) temprana edad detectan estos motivos de consulta.

Oras veces son los padres y madres los que vienen por iniciativa propia, llenos de angustia por no saber que hacer ante situaciones que se anuncian tormentosas. Con pánico, diría, porque son tantas voces externas, y por supuesto también internas, que señalan que la cosa no va por buen camino.
“Si esto es así ahora,,, ¡imagínate cuando crezca!”

Con amor los recibo, y me recibo en mi misma angustia de tener que solucionar todo esto que traen.  Satisfacer las expectativas de todos los adultos que rodeamos a los niños.  Incluidas las mías, que me hago cómplice del terrorífico juego. Menos mal a  veces logro salirme por ratos,

Estamos obsesionados con la perfección.

Todo lo demás es patología.

Estamos inundados con imágenes de un mundo ideal, felicidad perpetua, bienestar absoluto, sueños cumplidos, belleza de revista.

Nuestras expectativas son irreales. Los  niños y niñas que rondan por nuestra mente son idealizaciones absurdas. Ya ni siquiera deseables.

Nos asusta una pataleta, nos impacienta un llanto, nos ofende una mala cara, entramos en terror por un silencio y evitamos a toda costa la palabra aburrimiento.

Queremos niños de peso perfecto, dientes derechos, pies alineados. Hábiles en todas las áreas.
Trepadores, lectores, artistas, cantantes, amigueros, generosos, respetuosos, obedientes.
Eso si con criterio propio.
Que piensen por si mismos y que acaten las normas.

Niños sonrientes que vayan al colegio extasiados de alegría, y que allí compartan con emoción, resuelvan sus conflictos por la paz, eso si… que no se la dejen montar.

Que coman de todo, duerman sus 8 horas derecho, se vistan solos y guarden sus juguetes. Dejen el pañal en un día y hablen articuladamente antes de los 2.

Niños positivos, perseverantes, que lleguen muy lejos. Que vayan por el camino correcto (y que se cuestionen.) Con valores, ni idea cuales, pero con valores.

Que ordenen su cuarto, sean amables cuando les ponemos limites, sean honestos aunque venga un castigo cuando dicen la verdad. Que reconozcan sus errores, reparen y pidan perdón. Por iniciativa propia.

Que se queden sentados, y que digan con palabras adecuadas lo que les molesta. Sin hacer uso de la violencia y la agresión.

Niños que hagan duelos express. Que no sientan dolor por las separaciones, mudanzas y muertes.

Por eso, todos los niños, antes de sus 10 años, han desfilado por cuanto especialista existe.
 Hay que corregir lo que viene chueco y cuánto antes mejor.

No vaya a ser que crezca con un problema irreparable y sea mi culpa por no atenderlo
a tiempo.

Bien dice el dicho: Es mejor prevenir que lamentar.

Lo que pasa es que con tanta prevención y corrección no hay espacio para la vida.

Somos zombies robots, como astutamente me enseñó uno de esos niños “anormales” .

No quiero herir susceptibilidades. Por supuesto que muchas veces las terapias sirven. Aunque creo que a los que más nos sirven es a los terapeutas.

Los que necesitamos terapia definitivamente somos los adultos. Para dejar a los niños en paz y poderlos acompañar a ser lo que son.

Dejarnos en paz y disfrutar un poco más la vida y la crianza.

Aceptarlos.  Aceptarnos. Aceptar la existencia con sus oleajes intensos.
Despertar y sacudirnos para permitirnos descubrir todo lo que hay debajo de tanta tontería.


domingo, 6 de marzo de 2016

La grandeza de no hacer nada

Gracias a Espacio Dzogchen Colombia y a Keith Dowman.


Sentada sobre aquel cojín de meditación que había abandonado por completo, me encontré de nuevo habitando el silencio.  
Ahí, frente a los ojos azules profundos y brillantes de Keith Dowman, que con su intensa voz rompía de vez en vez ese silencio suavemente, llenando el espacio con palabras que hacían resonancia con lo que siempre he sabido y que olvido con tanta frecuencia simplemente por ser humana.

Ya estamos todos iluminados, - decía él con una certeza imponente.  No hay un camino que andar, una meta que cumplir. Todo es perfecto tal y como es.

No hay que hacer nada.

Nada.

Ni siquiera un esfuerzo por entender sus palabras, meditar correctamente o ser esa iluminación que ya somos

Sentada, luchando con la rigidez de mi espalda y la invasión de mis pensamientos, me sentí tan aliviada como angustiada.

Porque si, suena bien esto de no hacer nada. En un mundo de las carreras, los logros, los compromisos y la excelencia. Solo oírlo me generó un descanso indescriptible. Poder parar. Dejar de planear. Poner pausa a esta incansable búsqueda de soluciones para arreglar todo lo que no es como debería.

Pero,

¿Como se hace nada? ¿cómo se acepta todo lo que hay?

Ahí entró la angustia. Esa que justamente evito haciendo muchas cosas. Ese vacío insoportable del que huyo a toda costa, siguiendo espejismos de felicidad que se desvanecen cuando me acerco lo suficiente. Pero al menos en ese hacer compulsivo puedo seguir la interminable búsqueda que me evita tener que estar en la Nada.

Permanecí. En esos minutos eternos en el que el silencio que tanto deseo en mi vida diaria se volvió un infierno.  Fantasee con el receso, con la siguiente comida, con la siguiente oportunidad de salir de ese encierro. El encierro en mi misma.

Permaneciendo en ese instante eterno del aquí y ahora, dejando estar lo que estaba, respirando, atajando los pensamientos justo en su nacimiento, sintiendo su electricidad. Encontrándome con el oleaje de las emociones, atravesando el dolor. Solamente dando espacio.
Haciendo nada
Viendo mi dificultad de no hacer nada. Constantemente en la búsqueda de una mejor experiencia y en el juicio de lo que aparece.

Siendo y no siendo la iluminación

Al final, entre danzas y tambores, me impregné de ese saber, que a veces solo se queda en palabras. Me supe el todo y respiré el placer y gozo de la vida, liberando años de autoexigencia por seguir el camino correcto. Décadas de virtuosidad y esfuerzo, siglos de renuncia y represión.

Integrando todo en el mándala de la existencia y eligiendo la disciplina de permanecer en el centro, ese aquí y ahora del todo y la Nada, o al menos saber que es una posibilidad cuando me alejo.

Esta semana vino la elaboración mental de todo esto por supuesto. ¡El hábito tiene fuerza!
La integración de la experiencia a este mi día a día.  A estas 24 horas de aquí y ahora, inmersa en la inercia del olvido.

No hay que hacer nada.

Qué grande es esto en mi relación y trabajo con los niños. 
Qué liberador para mis hijas cuando puedo estar en este lugar.
Qué sanador para los niños que llegan a mi consulta.

Estar en el perfecto aquí y ahora. Aceptando todo lo que son y lo que hay. Dejando de hacer para dar espacio al ser.

No hablo de las acciones cotidianas por supuesto. En donde hay tanto que hacemos porque al final estamos aquí para experimentar el mundo y sus formas.

Me refiero a esas tantas veces que queremos corregirlos, cambiarlos, mejorarlos, enseñarles, para que sean tal o cual y que lleguen lejos. Que sean buenas personas.
Que sean felices y nunca sufran.

Tantas veces que no damos espacio a la rabia, la tristeza, el dolor, el error, la conducta inadecuada,  la enfermedad, al niño malo.

No vemos al niño, vemos su versión futura distorsionada por nuestros miedos y fantasías catastróficas. ¿Qué va a ser de el si esto sigue así?, Esto ahora es manejable, Pero, ¿cuándo crezca?; por este camino no va a entrar a un buen colegio, ni lo aceptarán en la universidad, ¿de qué va a vivir?; ¿Y si no se casa?; ¿Y si se vuelve adicto, promiscuo?; ¿Y si tiene una enfermedad mental grave?; ¿Y si es el bully de la clase?; ¿o se suicida?

No vemos al niño, nos quedamos presos en la culpa de lo que hicimos o no hicimos para que todo esté así de mal.

Proyectamos en ellos todo lo que no vemos de nosotros. Los usamos de excusa para no hacer frente a nuestra propia existencia. Lo hago por su bien; es que así yo lo amo, pero los demás no van a hacerlo, tienen que cambiar; tiene que adaptarse, así es el mundo;

Queremos que sean felices. Buenas personas. Que se ajusten a nuestras expectativas muchas veces disfrazadas de buenas intenciones.

Pero no vemos al niño presente. Vemos si acaso sus conductas. La expresión de sus emociones desbordadas. Sus síntomas físicos. Todos manifestaciones de su Ser. De ese centro iluminado, perfecto, que no tiene que ir a ningún lado.

Ese Ser que tiene que

Hacer nada

Nosotros tampoco. Esa es la magia.

Estar. Permanecer con todo lo que viene.
Una rabieta no es más que una rabieta. No es el aviso de una sociopatía, ni es el producto de una mala crianza. Es una rabieta. Qué así como nace se extingue.
Una enfermedad, es una enfermedad.
Un niño inquieto es un niño inquieto
El miedo, es solo miedo
La palabras groseras no son más que palabras groseras

Todo está hecho de lo mismo,
El abrazo, la patada, las lágrimas, los gritos, la risa, la paz, la envidia, el deseo, el cariño.

Todas manifestaciones que pasan rápido si no les ponemos resistencia. Si soltamos el apego.  Con la certeza que eso que somos en el centro es eterno. Es nuestro refugio. Siempre disponible. Lo demás solo pasa.

Esto es difícil en el día a día. Con las exigencias del entorno y las propias.  Nuestros ruidos mentales, nuestras emociones desbordadas. Se necesita disciplina, que no es lo mismo que esfuerzo.
Es una elección minuto a minuto por estar en el aquí y ahora.

No hacer nada es no intentar cambiar, mejorar, alcanzar, terminar, modificar. Es observar eso que el niño trae completamente y aceptarlo en su totalidad. Desde ahí surge la acción natural, no premeditada.

Se hace manifiesto nuestro estado natural.

Poner en palabras todo esto ya es de alguna manera atraparlo, modificarlo, interpretarlo.

Es en la experiencia en donde puede comprenderse realmente.

Sin embargo pasarlo por las palabras de alguna manera me permite compartirlo.  Hacerlo menos abstracto. (o al menos intentarlo!)

En la práctica todo esto es un ejercicio de presencia, del que tantos, tantísimos hablan. Claro porque todo es lo mismo

Para mi, para ponerlo en términos más prácticos, es recibir a cada niño que llega y estar, en plena presencia, dejando que venga lo que venga. Observándome a mi y observándolos a ellos. Igual con mis hijas.
Aceptando lo que hay. Aún si es juicio y necesidad de control. Aún si sale mi peor faceta. O si me veo en la necesidad de hacer cosas inteligentes y muy profesionales.

Veo mis pensamientos, siento mis emociones, respiro. Vuelvo una y otra vez al momento presente.
Estoy con lo que estoy.

Y así mismo dejo que ellos lo estén.

Y así, todo va pasando… y hay algo que está detrás de todos esos telones, que se escapa de la cárcel de las palabras.

Cuando hay un encuentro desde ese lugar, puedo experimentar la perfección, la iluminación, la naturaleza de la mente, el amor sublime, la fuente… No importa el término.

Una vez, que en el encuentro con los niños, experimentamos esto, lo demás deja de ser importante, y por instantes todo es claro y certero.

Luego viene de nuevo todo lo otro. Ya no importa.


El refugio, el centro son eternos y están siempre disponibles.


miércoles, 13 de enero de 2016

Los bebés (y algunos niños) no pasan la noche

Por Ana María Constaín




Todo nuevo papá o mamá en algún momento, y muy pronto, se enfrenta a la siguiente pregunta:

¿Y ya pasa la noche?

Pasarla la pasa. Dormido profundamente, no.

Porque es un bebé. Su tarea primordial es sobrevivir y aterrizar en un mundo completamente nuevo. Adaptarse a la separación y a un mundo de sensaciones y necesidades. Así que pasar la noche no es una de sus prioridades, entre otras cosas, porque eso garantiza su vida.

Pero alguien nos hizo un terrible daño al crear el mito de que los bebés deben aprender pronto a dormir de 8 a 12 horas seguidas sin inmutarse. En su cuna inmensa de barandales, en un cuarto lejano y oscuro, lleno de juguetes y animales de peluche que proyectan inmensas sombras.

Nos creímos el cuento, porque es difícil asumir la idea de que una vez se tiene hijos, nunca jamás dormiremos igual. La falta de sueño es la primera dura realidad con la que nos enfrentamos y en medio del cansancio extremo nos aferramos a cualquier argumento que nos devuelva la ilusión de recuperar nuestra vida tal y como era. Eso no pasará. Ni con el sueño ni con tantas otras cosas que se transforman para siempre con la maternidad y paternidad.

Porque aunque el mito esta por todos lados, hay una realidad que constantemente elegimos ignorar. No por nada existe la tan popular frase: ¡Duerme ahora que puedes!, cada vez que aparece en el panorama una mamá embarazada. Para nadie es un secreto que un bebé viene con noches de sueño interrumpido.

Pero el creciente mito se alimenta de todos aquellos: “Mi bebé duerme sólo desde los 15 días toda la noche”

A lo que tengo que decir:

1.     Probablemente en un espacio de intimidad, libre de miradas evaluativas, la verdad se irá asomando y la confesión llegará: El bebé se despierta millones de veces. Duerme en la cama con los papás o en el peor de los casos la mamá tiene adormecida la mano por la presión de los barandales al tratar de volverlo a dormir sin levantarlo.
2.     El bebé “aprendió” con uno de los tantos métodos que circulan por ahí, que llegó en medio de la desesperación con promesas encantadoras.
No voy a entrar a profundizar en este controversial tema. Mucho menos a juzgar. Pero al menos en mi opinión este es una solución con aparentes beneficios a corto plazo y grandes problemas en el mediano y largo plazo.
3.     El bebé es uno de esos extraños y muy escasos casos que no deberían ser tomados como punto de referencia


Basta con leer los miles de foros y discusiones, revistas y consultas para ver que el mundo está repleto de bebés “anormales”  y necios que no quieren aprender lo que tanto anhelamos los papás y mamás exhaustos.

El problema es que esta idea se ha instaurado en lo más profundo y hay toda una industria del “sueño infantil” que se alimenta de ella y la refuerza.
Libros, aceites, esencias, colchones, cojines, cremas, métodos, sofisticadas lámparas y reproductores de sonido, monitores que compiten con los más complejos sistemas de seguridad.

Todo para reemplazar algo muy muy simple. A nosotros. Nuestro cuerpo, instinto, voz, calor, oído, olfato. Nuestros latidos del corazón. Nuestra más sencilla presencia. Lo que tenemos para permitir que el bebé sobreviva.
Porque por más que insistamos no hay como nuestra piel para detectar un sutil cambio de temperatura, nuestra oído para percatarnos de una dificultad respiratoria, nuestro olfato para saber cuando hay una infección intestinal. No hay como reaccionar inmediatamente a un vómito repentino a metros de distancia.  Ni mayor calmante que nuestro ritmo cardiaco y nuestra voz. No hay tela térmica más eficiente que nuestro calor corporal, ni monitor más eficaz que nuestro instinto, y que mejor técnica antimiedos que nuestra presencia. Ninguna sillita mecedora puede remplazar nuestros brazos.

¿Es fácil? No.
Dormir con un bebé es demandante. Tenemos que ajustar hábitos nocturnos, reinventarnos como pareja. Ser creativos porque no siempre “todos en la cama” sirve.

Pero no hay quién duerma tampoco con la angustia de saber que pasa al otro lado del pasillo, y al menos en mi experiencia, nada que agote más que la incansable búsqueda de ¿Por qué no pasa la noche? ¿Qué anda mal? ¿En que me estoy equivocando?¿Que le pasa a mi hijo?
Y en todo caso si somos creativos y nos ponemos menos rígidos, los bebés se adaptan a nosotros mucho más de lo que creemos.

Con Eloísa, la mayor, viví esa batalla con sufrimiento. Hasta que me rendí y fuimos todos felices. Ya con Matilde había una lección aprendida. Así que le quitamos la baranda a la cuna y la pegamos a nuestra cama. Pero fue mucho pretender dormir todos juntos. Así que nos separamos por pares, por un año completo, y luego, simplemente cambiamos de par.
Las niñas duermen juntas en sus camas pegadas una a la otra y de vez en cuando yo termino ahí. Ya ni veo la hora.

La típica excusa que nos persigue… ¿Y la vida de pareja?

La vida de pareja no será lo que era. Punto. Duerman donde duerman. La pareja ya es familia y como pareja más nos vale empezar a aceptar este cambio y empezar a evolucionar a nuevas maneras. Ajustarnos, comprender que hay etapas y crear nuevos espacios.



Porque además Eloísa solo hasta sus 5 años empezó a dormir de corrido.
No sé si el trauma de mis intentos afectó, o si simplemente es así. Ella que con su aguda sensibilidad percibe todo y necesita mucho de nosotros para sentirse segura en la noche.
Hay aún noches difíciles. De gritos y regaños. Desesperación porque queremos nuestras horas de sueño.
Pero he aceptado poco a poco que esto es también la maternidad. Renunciar a mi individualidad, entregarme incondicionalmente a otros seres que aún necesitan mucho de mi.
Esto no siempre es así. Pero vendrán otras etapas, en donde el sueño me lo quite su ausencia.  O las imágenes angustiosas de no saber que es de ellas.

Lo que si sé es que en general, no solo en este tema sino en tantos otros, la aceptación de lo que es, lo que hay y lo que somos, ha sido el camino más sencillo.

Por supuesto, hay hábitos que ayudan, y tips que nos guían. Pero al final es una danza constante entre las necesidades de ellas y las nuestras. Intentando tener siempre en cuenta quienes son las niñas y quienes los adultos.

No hay una sola fórmula que sirva. Y lo que sirve con una quizá no sirva con la otra. No hay más que conocernos y hacer constantes ajustes. Acompañar los rápidos cambios entendiendo que lo que hoy logramos, mañana será distinto probablemente. Porque siempre hay un diente nuevo, una tos intrusa, un clima inusual, un día intenso, una alimento pesado, una pesadilla invasiva, un cambio de casa.
O simplemente unas ganas de contacto. De sentir en la piel a mamá o a papá, para poder adaptarse a la idea de que nacieron en un mundo en donde existe la separación, el miedo, el dolor, la tristeza, la enfermedad, la soledad. Necesitan más que nada, la corroboración de que tienen disponible un amor certero que los acompañe en este viaje.

Así que no, los bebés no pasan la noche. Los niños muchas veces tampoco. Y los adolescentes a veces duermen de más, a veces pasan derecho, pero despiertos.

Es hora de que nos liberemos del mito.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Recordar lo que somos

Por Ana María Constaín
.... Eloísa y Matilde, esto es para ustedes, también... 




Queridos niños y niñas, 

Por alguna razón son parte de mi camino,
Aunque a veces, muchas veces  me resista,

En parte porque me siento profundamente impotente al verlos vulnerables, expuestos a un mundo que a veces parece desmoronarse.
Al cuidado de humanos que no tenemos ni la menor idea de lo que hacemos, personas de amor frágil y alma olvidada. Incapaces tantas veces de ser terreno fértil para ustedes.

Llegan a mi,  
de la mano de padres o madres desesperanzados, muchos obligados; o referidos por maestros desesperados y confundidos;  recomendados por médicos y otros expertos;
porque las cosas no andan bien,  supuestamente,
y yo tengo las respuestas, dicen mis títulos.

También por eso amados niños y niñas, he querido renunciar a ustedes. Porque yo no tengo respuestas, y ¡tantas veces me siento tan confundida!. Me siento terriblemente cargada con la idea de tener que ser la solución.

Ustedes aparecen con sus agresiones y furias,  lágrimas y fracasos
Su autenticidad descarada, su honestidad prohibida.
Se asoman pisoteando expectativas, rompiendo reglas
Callando o quizá hablando de más. Van muy rápido, o muy lento.
No atienden lo suficiente, se mueven más de la cuenta
Son torbellinos en supuestas calmas. Estatuas en campos de batalla
Escapan al drama. O prenden fuego en escenas congeladas.


Por tanto tiempo me he sentido agotada ante la idea de tener que arreglarlos y entender qué es lo que les pasa  para poder encontrar aquella anhelada solución.
La cura a tantos déficits, síndromes y trastornos.

Leo, estudio, pregunto, investigo. El mundo me parece a veces tan insoportable. Tan ilógico. Sin sentido.
Entro en una lucha contra el sufrimiento. Una batalla contra el absurdo de la vida que tantas personas atraviesan día a día. Se me parte el corazón, incontables veces, con las historias que tocan mi puerta.
Niños inocentes y frágiles en manos de seres humanos con tan poca consciencia, o con tanto dolor o tantas heridas. Sentimientos enterrados que vulcanizan en seres tan pequeños que aún tienen tanta ilusión de vivir.

Queridos niños y niñas, tantas veces he querido huir de ese destino. Cerrarles mis puertas porque me parece que con mis hijas ya tengo y me basta. No tengo energía suficiente para sostenerlos. Amenazan mi ego constantemente. Me llevan al filo del precipicio huyendo del miedo, el fracaso y la equivocación. Me lanzan piedras en mi peldaño del reconocimiento.

Al parecer no es decisión mía. A pesar de mi, seguimos encontrándonos. Ustedes insisten.
He aprendido poco apoco a abandonar esa lucha y estar presente. He recordado que no tengo que sanarlos, ni salvarlos, ni arreglarlos, ni cambiarlos.  Me parece estar comprendiendo que no son víctimas de un mundo horrible en decadencia. Ni han tenido tan mala suerte de nacer en el lugar equivocado sin haberlo pedido.

Ustedes niños y niñas, son lo que son. Son seres divinos, humanos, con tanto que enseñar y aportar. Como todos nosotros los adultos, solo que ustedes aún no lo han olvidado del todo.

Quieren recordarnos que cada uno tiene algo inmenso que dar al mundo. Nos quieren mostrar el Amor que somos y que hemos tapado con tantas cosas, quieren recordarnos el camino a nuestra esencia.
Todo eso que los adultos minimizamos y creemos que no es importante.
Estamos perdidos.

Así que ustedes niños no vienen a mi para que yo encuentre soluciones, o arregle problemas. Vienen a mi para que los vea y escuche. Los sienta. Los acepte y ame.
Para que sea un puente con sus papas, mamás y otros adultos y les traduzca eso que ustedes no dicen con conversaciones.

Ustedes vienen a hablar en el lenguaje del juego, del arte, el baile y la música. El lenguaje del amor. Pero nosotros adultos no hablamos ese idioma. Entonces no entendemos nada.

Me parece que por alguna razón sé ese idioma. Lo estoy recordando. Puedo a veces, cuando callo mi mente adulta y de psicóloga,  entender su mensaje y transmitirlo. Puedo oír a mi propia niña interior y atenderla.

No es que sean nuestro futuro, ni sabios maestros enviados para salvarnos.

Son lo que somos nosotros, en un estado aún más puro. Con una fuerza que muchos hemos perdido, con una consciencia en potencia que ahora estamos dispuestos a recibir y un amor aún limpio y grande.

Necesitan de nosotros tanto como nosotros necesitamos de ustedes.

Quizá en algunos casos sepamos más que ustedes y podamos enseñarles del mundo. Guiarlos y protegerlos.
Quizá.
Ustedes necesitan de nuestro amor, presencia y aceptación.
Pero paradójicamente son ustedes quienes nos abren también la posibilidad de amar, estar presentes y aceptar.
Son quienes nos permiten ver el mundo con otros ojos. Desaprender lo que no es vigente y aprender nuevas cosas.

Sus conductas indeseables, los estados que nos impacientan e irritan, sus enfermedades y patologías, sus emociones desbordadas, su desobediencia y terquedad, 
Nos incomodan, nos obligan a movernos, a cuestionarnos, a mirar más a fondo.
Si somos valientes y aceptamos la invitación, 
nos lleva también a mirarnos adentro, para encontrar en nosotros eso que tanto rechazamos de ustedes.
Desarrollar todas esas potencialidades y sanar todas esas heridas que nos muestran como espejo.
Ver y oír gracias a ustedes, queridos niños y niñas,
todo aquello a lo que nos hemos vuelto ciegos y sordos y  sentir nuevamente eso que remueven a las buenas o a las malas. 

Así que amados niños y niñas,
Aquí estoy.
Caminando este sendero con ustedes,
Estando en mi, conectando conmigo, con mi ser,
Para también poder estar y conectar con ustedes, con su ser.

Ser su mensajera, su puente, su traductora, su acompañante, su aprendiz, su sostén, su guía.

Recordar eso que soy, eso que somos.


Ser eso que al parecer vine a ser, a pesar de mis resistencias, miedos y dudas.

Gracias.