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miércoles, 13 de enero de 2016

Los bebés (y algunos niños) no pasan la noche

Por Ana María Constaín




Todo nuevo papá o mamá en algún momento, y muy pronto, se enfrenta a la siguiente pregunta:

¿Y ya pasa la noche?

Pasarla la pasa. Dormido profundamente, no.

Porque es un bebé. Su tarea primordial es sobrevivir y aterrizar en un mundo completamente nuevo. Adaptarse a la separación y a un mundo de sensaciones y necesidades. Así que pasar la noche no es una de sus prioridades, entre otras cosas, porque eso garantiza su vida.

Pero alguien nos hizo un terrible daño al crear el mito de que los bebés deben aprender pronto a dormir de 8 a 12 horas seguidas sin inmutarse. En su cuna inmensa de barandales, en un cuarto lejano y oscuro, lleno de juguetes y animales de peluche que proyectan inmensas sombras.

Nos creímos el cuento, porque es difícil asumir la idea de que una vez se tiene hijos, nunca jamás dormiremos igual. La falta de sueño es la primera dura realidad con la que nos enfrentamos y en medio del cansancio extremo nos aferramos a cualquier argumento que nos devuelva la ilusión de recuperar nuestra vida tal y como era. Eso no pasará. Ni con el sueño ni con tantas otras cosas que se transforman para siempre con la maternidad y paternidad.

Porque aunque el mito esta por todos lados, hay una realidad que constantemente elegimos ignorar. No por nada existe la tan popular frase: ¡Duerme ahora que puedes!, cada vez que aparece en el panorama una mamá embarazada. Para nadie es un secreto que un bebé viene con noches de sueño interrumpido.

Pero el creciente mito se alimenta de todos aquellos: “Mi bebé duerme sólo desde los 15 días toda la noche”

A lo que tengo que decir:

1.     Probablemente en un espacio de intimidad, libre de miradas evaluativas, la verdad se irá asomando y la confesión llegará: El bebé se despierta millones de veces. Duerme en la cama con los papás o en el peor de los casos la mamá tiene adormecida la mano por la presión de los barandales al tratar de volverlo a dormir sin levantarlo.
2.     El bebé “aprendió” con uno de los tantos métodos que circulan por ahí, que llegó en medio de la desesperación con promesas encantadoras.
No voy a entrar a profundizar en este controversial tema. Mucho menos a juzgar. Pero al menos en mi opinión este es una solución con aparentes beneficios a corto plazo y grandes problemas en el mediano y largo plazo.
3.     El bebé es uno de esos extraños y muy escasos casos que no deberían ser tomados como punto de referencia


Basta con leer los miles de foros y discusiones, revistas y consultas para ver que el mundo está repleto de bebés “anormales”  y necios que no quieren aprender lo que tanto anhelamos los papás y mamás exhaustos.

El problema es que esta idea se ha instaurado en lo más profundo y hay toda una industria del “sueño infantil” que se alimenta de ella y la refuerza.
Libros, aceites, esencias, colchones, cojines, cremas, métodos, sofisticadas lámparas y reproductores de sonido, monitores que compiten con los más complejos sistemas de seguridad.

Todo para reemplazar algo muy muy simple. A nosotros. Nuestro cuerpo, instinto, voz, calor, oído, olfato. Nuestros latidos del corazón. Nuestra más sencilla presencia. Lo que tenemos para permitir que el bebé sobreviva.
Porque por más que insistamos no hay como nuestra piel para detectar un sutil cambio de temperatura, nuestra oído para percatarnos de una dificultad respiratoria, nuestro olfato para saber cuando hay una infección intestinal. No hay como reaccionar inmediatamente a un vómito repentino a metros de distancia.  Ni mayor calmante que nuestro ritmo cardiaco y nuestra voz. No hay tela térmica más eficiente que nuestro calor corporal, ni monitor más eficaz que nuestro instinto, y que mejor técnica antimiedos que nuestra presencia. Ninguna sillita mecedora puede remplazar nuestros brazos.

¿Es fácil? No.
Dormir con un bebé es demandante. Tenemos que ajustar hábitos nocturnos, reinventarnos como pareja. Ser creativos porque no siempre “todos en la cama” sirve.

Pero no hay quién duerma tampoco con la angustia de saber que pasa al otro lado del pasillo, y al menos en mi experiencia, nada que agote más que la incansable búsqueda de ¿Por qué no pasa la noche? ¿Qué anda mal? ¿En que me estoy equivocando?¿Que le pasa a mi hijo?
Y en todo caso si somos creativos y nos ponemos menos rígidos, los bebés se adaptan a nosotros mucho más de lo que creemos.

Con Eloísa, la mayor, viví esa batalla con sufrimiento. Hasta que me rendí y fuimos todos felices. Ya con Matilde había una lección aprendida. Así que le quitamos la baranda a la cuna y la pegamos a nuestra cama. Pero fue mucho pretender dormir todos juntos. Así que nos separamos por pares, por un año completo, y luego, simplemente cambiamos de par.
Las niñas duermen juntas en sus camas pegadas una a la otra y de vez en cuando yo termino ahí. Ya ni veo la hora.

La típica excusa que nos persigue… ¿Y la vida de pareja?

La vida de pareja no será lo que era. Punto. Duerman donde duerman. La pareja ya es familia y como pareja más nos vale empezar a aceptar este cambio y empezar a evolucionar a nuevas maneras. Ajustarnos, comprender que hay etapas y crear nuevos espacios.



Porque además Eloísa solo hasta sus 5 años empezó a dormir de corrido.
No sé si el trauma de mis intentos afectó, o si simplemente es así. Ella que con su aguda sensibilidad percibe todo y necesita mucho de nosotros para sentirse segura en la noche.
Hay aún noches difíciles. De gritos y regaños. Desesperación porque queremos nuestras horas de sueño.
Pero he aceptado poco a poco que esto es también la maternidad. Renunciar a mi individualidad, entregarme incondicionalmente a otros seres que aún necesitan mucho de mi.
Esto no siempre es así. Pero vendrán otras etapas, en donde el sueño me lo quite su ausencia.  O las imágenes angustiosas de no saber que es de ellas.

Lo que si sé es que en general, no solo en este tema sino en tantos otros, la aceptación de lo que es, lo que hay y lo que somos, ha sido el camino más sencillo.

Por supuesto, hay hábitos que ayudan, y tips que nos guían. Pero al final es una danza constante entre las necesidades de ellas y las nuestras. Intentando tener siempre en cuenta quienes son las niñas y quienes los adultos.

No hay una sola fórmula que sirva. Y lo que sirve con una quizá no sirva con la otra. No hay más que conocernos y hacer constantes ajustes. Acompañar los rápidos cambios entendiendo que lo que hoy logramos, mañana será distinto probablemente. Porque siempre hay un diente nuevo, una tos intrusa, un clima inusual, un día intenso, una alimento pesado, una pesadilla invasiva, un cambio de casa.
O simplemente unas ganas de contacto. De sentir en la piel a mamá o a papá, para poder adaptarse a la idea de que nacieron en un mundo en donde existe la separación, el miedo, el dolor, la tristeza, la enfermedad, la soledad. Necesitan más que nada, la corroboración de que tienen disponible un amor certero que los acompañe en este viaje.

Así que no, los bebés no pasan la noche. Los niños muchas veces tampoco. Y los adolescentes a veces duermen de más, a veces pasan derecho, pero despiertos.

Es hora de que nos liberemos del mito.

martes, 18 de diciembre de 2012

¿Depresión postparto?


Por Ana María Constaín


El primer año de Eloísa fue muy difícil. Especialmente los primeros 3 meses. Probablemente si hubiera consultado a un profesional habría sido diagnosticada con depresión postparto. Habría sido medicada. El parto fue mucho de lo que no quise. En lugar de un parto en casa, cálido y amoroso, tuvimos una cesárea. Después de una batalla de 20 días renuncie a amamantar. Recuerdo días oscuros, dolorosos, de lágrimas y desesperación. Muy contrarios a la imagen gozosa de madre y bebé abrazados en un vínculo amoroso que inunda el ser.
Sabía que tenía que atenderla, estar presente. Y quería, pero una parte de mi no lo deseaba tanto, como se supone que pasa naturalmente. La verdad es que por momentos quería que desapareciera, para poder abandonarme en sueños y escapar de todas esas sensaciones que me inundaban. De mi cuerpo adolorido, y tan ajeno a mi. De mi cabeza llena de ideas, temores, información inútil. Escapar de un dolor desgarrador, de una soledad que me invadía, de un cansancio que me superaba.
Luchaba por abrazarla, sostenerla todo lo que ella necesitaba, darle un tetero con un mínimo de presencia. Resistiéndome a mis deseos muy profundos y ocultos de entregarla a alguien más que se hiciera cargo. Una enfermera, un familiar, alguien que me devolviera mis horas de sueño.

Sí, seguramente habría sido diagnosticada con depresión postparto. Y tal vez por eso nunca me atreví ni siquiera a preguntarlo.

Porque bien sabia que esa depresión no era mas que un despertar de una parte de mi que había estado enterrada. Dormida, oculta. Una parte de la que quería hacerme cargo.
Por eso permanecí. Al lado de Eloísa. A veces llorando o incluso gritando, cuando se despertaba cada hora. Enloqueciendo con su necesidad de tenerme siempre presente. Pero permanecí, a su lado.
Estuve ahí, a veces amorosa, a veces impaciente... Estuve. Mirándome, mirándola, contándole de mi. Amándola.
La alejé de mi prematuramente en la noche, para luego darme cuenta de que lo que necesitaba era estar conmigo. Mientras tanto pasé muchas noches oscuras resistiéndome la tentación de aplicar cuánto método me enseñaban para tener mas tiempo para mi, y que ella, a las malas “aprendiera” a no necesitarme.
Ahí estuve. Construyendo un vínculo que no pudo surgir naturalmente. Un vínculo obstaculizado por instrumental médico, protocolos y también por mi propia historia. Por mi sombra.
He pasado tiempo intentado entender, culpándome, culpando a sistema.
Hoy sé que fue lo que tuvo que ser. Eloísa me ayudo a despertar. A descongelarme. A sentir el dolor de un cuerpo que andaba por su propia cuenta.
No pudo ser de otra manera a pesar de mi voluntad, de mis deseos. Y con esto Eloísa me ayudó a abrir una nueva ventana de consciencia. A darle un giro a mi historia.

Esta cesárea, está separación de las dos en el nacimiento, esta imposibilidad para amamantar, me hicieron mirarme de cerca. Bajarme de mi cabeza. Sentirme. Descubrir una sexualidad reprimida, mi cuerpo disociado, olvidado, rechazado, sometido. Un cuerpo que carga con mi historia, la de mi familia, la de mi cultura. Que encarna lo que las mujeres creemos haber conquistado. Lo que la sociedad ha castrado.

Todo esto parece dramático, y no dejo de impresionarme con la manera en como estamos todos tan anestesiados ante los nacimientos y los vínculos primarios. Todo nos parece normal.
De alguna manera pertenezco a este raro círculo de mujeres que analizan demasiado las cosas, que le dan demasiada trascendencia a la vida y a las situaciones por las que "todas pasan" y que al final no son tan importantes.
-Mira, “yo nací así y mira lo bien que me fue” me decían para calmar mi dolor.
Tantas veces oí que si fue tan difícil seguro fue que porque le dí muchas vueltas, lo hablé mucho, le dí demasiada importancia. Lo dramaticé en exceso.
Menos mal.
Porque para mi, es un tema muy trascendental. Un tema que cada vez aligeramos mas. Racionalizamos. Justificamos.

Pero el nacimiento no tiene nada de light. Ni lo son tantas cosas de las que privamos a nuestros bebés en su primer año.
Años después nos estamos preguntando porque tanta violencia, porque tantas adicciones y enfermedades. Llevamos a nuestro hijos a miles de especialistas. Este si que “nació enfermo", " es que tiene un carácter, eso viene del abuelo paterno”, “no sé porque resultó tan mentirosa y manipuladora”

Somos incapaces de mirar de frente la distancia emocional y corporal con la que los recibimos. Las primeras experiencias de vida que les proporcionamos, el mundo que les mostramos cuando aun no tenían palabras. Las tantas, tantísimas veces que no los vimos. Los mensajes que les transmitimos aún sin darnos cuenta.

Estamos tan desconectados de nosotros mismos que nos hemos vestido de indiferencia, normalizando la violencia que ejercemos en los partos, en la crianza de nuestros bebés. No lo vemos. No lo sentimos. Nos acomodamos en un discurso racional y muy moderno. Nos parece lógico.

Agradezco ese primer año. Esa experiencia que me sacudió.
Agradezco la luz que no me permitió escapar, medicarme, entregar a Eloísa a manos de otros, usando razones perfectamente comprensibles.
Agradezco no haberme acomodado en una depresión postparto. Haber podido sentir ese dolor, esa locura, ese cansancio, esas ganas de que ella deapareciera. De retroceder el tiempo, de renunciar a la maternidad.
Agradezco esa herida en mi vientre, esos pezones agrietados y sangrantes. Esa soledad profunda, esas lágrimas interminables.
Esos gritos de Eloísa, que retumbaban en mi corazón, impidiéndome quedarme dormida. Esa fuerza que trajo que me invitaba a la vida. Que me imposibilitaba ocultarme plácidamente en mis sueños. Esa vitalidad que me obligaba a permanecer alerta, atenta. A habitarme y estar en mi constantemente. Mirándola. Conectándome con ella.
Agradezco su bronquiolitis, esas noches en cuidados intensivos que me mostraron como era aferrarse a la vida. Como era sonreírle al dolor.
Todo esto que me hizo madre, tantas lagrimas que limpiaron y dejaron a la intemperie el amor mas grande.

No, no tuve depresión postparto. Tuve un despertar de consciencia.

lunes, 21 de mayo de 2012

Ser mamá de noche


Por Ana María Constaín 

Después de una buena racha de buenas noches, Eloísa se despierta en la madrugada: “Mamá, aquí conmigo”… (en el colchón en el que duerme, al lado de nuestra cama!) Sonámbula me levanto, me acuesto a su lado, y la abrazo. “consiénteme mamá”. Le acaricio la cabeza. Ella se voltea y me dice: “Estoy feliz”.  Nos quedamos dormidas otra vez y me quedo ahí las horas que nos quedan de sueño antes de que se despierte pidiendo su banano de rutina.

Esta es mi manera de ser mamá de noche. Después de dos años de batalla, encontramos como familia una forma en la que las necesidades de todos fueran atendidas. (Al menos parcialmente!!).

Y es que ser mamá de noche, ha sido tal vez, lo más difícil para mí. Entre otras cosas porque ha sido una de las cosas con las que más me he peleado. Con la que más me ha costado estar en el presente sin proyectarme a futuros catastróficos.

En nuestro intento por que Eloísa pase la noche, o más bien, por nosotros poder pasar la noche!, hemos leído y probado cuánta cosa hay por ahí.
Podría escribir un libro sobre todas las teorías que me he inventado sobre por qué se despierta tanto. Desde su nacer por cesárea, hasta unas bastante más esotéricas, acerca de seres de otras dimensiones. Mis hipótesis han sido variadas. He pasado por revisar mis estados emocionales, quitarle la leche entera o regular el calor y el frío, por nombrar solo algunas.

Ella ha dormido a nuestro lado, con nosotros, encima de nosotros, en su cuna, en su cama. En nuestro cuarto, en su cuarto.
Hemos seguido rutinas estrictas, intentado seguir sus patrones de sueño.
Por la casa han pasado cuántas hierbas, gotas y baños asociados al dormir.
Y músicas, sonidos, luces y silencios.
Eloísa se ha dormido hacia el sur y hacia el norte.
Libre de ondas electromagnéticas.
Con chupo, con tetero, con muñeco, con cobija, con agua… y sin ellos.
La hemos arrullado, balanceado, cantado, paseado, la hemos dejado acostada hasta que logre conciliar el sueño ella sola… (es decir NUNCA)
Desde Duérmete Niño, hasta Dormir sin Lágrimas, han pasado por mis manos unos cuantos libros. Todos por supuesto contradictoriamente opuestos.

martes, 31 de agosto de 2010

Mis noches con Eloísa


Tres
 de la mañana y Eloísa llora desconsolada, después de dos meses de cumplir el sueño de todo padre: Pasar derecho. Es gripa? Son gases? Tal vez la luna llena? Muchos estímulos en el día? El cansancio es extremo, y los gritos no paran… ¿y si le doy comida?... no porque se mal acostumbra. Mejor dejarla llorar, así aprende.  Y los gritos siguen. Al final tetero en brazos y por fin llega el consuelo.
Entre miles de voces, lo que a veces creo que es instinto o tal vez desesperación, no sé muy bien, encuentro las respuestas que ningún libro, o especialista ha sabido darme con precisión. Así noche tras noche por fin me resigno a que Eloísa ha dejado de pasar lanoche, nadie sabe por qué, y vuelvo a aquellas noches de desvelo que muy pronto había creído superadas.
Son esas noches la gran sombra de la maternidad (y paternidad por supuesto!). De noche, aunque suene redundante, todo es más oscuro. No hay manera de imaginarse lo que significa un sueño constantemente interrumpido. Un bebé en brazos, o en la cuna, según lo que uno haya tomado como convicción, recordándole todo lo que se ha perdido por esto deser padre.
Eloísa llora y entre más se demore en volver a dormir, mayor la impotencia, rabia, cansancio, y ganas de que mágicamente desaparezca, por más prohibido que tengamos como padres decir semejante barbaridad.  Cuando ya son tantas las veces que se despierta, entonces ya paso es a la resignación, hasta por fin entender que no hay nada que hacer, ni teorías, ni métodos que valgan. Un bebé se despierta de noche. Muchas veces. Así están hechos, y tal vez esa sea una gran prueba para pasar desde el principio.
En esas noches todo es oscuro y surge lo más oscuro de uno. Mientras el mundo duerme uno está en su soledad enfrentando sus fantasmas. Eloísa se despierta, Nicolás intenta dormir para poder ir a trabajar, y yo me levanto al principio con amor materno, después con resignación, después por obligación y al final con rabia. Nicolás se va a dormir a otra parte y siento alivio por poder meter a Eloísa en la cama y no tener que ir a su cuarto, y también tristeza de ver que ese partir de Nico es una de las tantas maneras en que ahora estamos separados por la llegada de nuestra bebé. A veces siento envidia de verlo dormir mientras yo con los ojos entrecerrados busco el chupo que nos conceda unas cuantas horas desilencio. Me pregunto, nos preguntamos, cómo definir estos nuevos roles. Cómo es que un papá y una mamá de este siglo deben hacer las cosas. Entre culpas, exigencias, envidias, rabia, incomprensión, que son parte de esta oscuridad que surge, disputamos quién hace qué, cómo y por qué.
Las lágrimas no son sólo de Eloísa. Todos nos volvemos un poco niños que quieren ser abrazados y consolados. Pero a diferencia de ella, nosotros ya no podemos gritar. Dealguna manera ella también grita por nosotros. Finalmente decidimos que sí, que Nico tiene que dormir. Yo me hago cargo.
Eloísa duerme pero yo ya no puedo conciliar el sueño. Me pregunto como hace alguien para tener 10 hijos, 8, 4 o 2!  
Al fin caigo rendida y entre sueños de bebés y embarazos Eloísa despierta sonriente, lista para empezar un nuevo día. Mientras nosotros ojerosos, apenas podemos levantarnos de lacama.