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martes, 6 de mayo de 2014

No solo es cuestión de voluntad

Por Ana María Constaín



Quedamos embarazados y entramos en este mundo de la maternidad y la paternidad.
Queremos hacerlo bien.
Lo mejor que se pueda.
Leemos
Estudiamos
Vamos a cursos, conferencias
Dominamos teorías
Elaboramos planes
Estrategias
Asumimos posturas que defendemos a capa y espada

Tenemos la mejor voluntad

Queremos ser excelentes padres
Los mejores
Que nuestros hijos sean felices
Buenas personas. (lo que sea que eso signifique)

Llega el momento

Tenemos la mejor voluntad

Seguimos el plan al pie de la letra
Hacemos todo lo que hay que hacer

Aún así terminamos haciendo (y siendo)  todo eso que no queríamos

Nuestros partos y lactancias se alejan de nuestro imaginario
O nos invade la tristeza, una tristeza que no parece tener razón de ser

Somos los padres impacientes
Las mamás gritonas (las que a veces hasta dan palmadas)
Queremos estar presentes y nos desbordamos en aburrimiento
Castigamos
Decimos cosas que salen de la boca sin permiso
Somos autoritarios
tal vez permisivos
Maltratamos, nos ausentamos, 
sobreprotegemos o abandonamos. (también NOS abandonamos)
Creíamos que volveríamos al trabajo con tanta tranquilidad o que soportaríamos estar todo el tiempo en casa
Pero todo se sale de control
Nada es lo que creíamos

Tenemos la mejor voluntad

Consultamos, preguntamos, queremos hacerlo bien

Nuestros hijos se enferman, se portan mal, gritan, muerden, pegan,
O son extremadamente pasivos
No rinden en el colegio
O no son suficientemente deportistas
O artistas, o generosos..
No cumplen nuestras expectativas.
(inmensas expectativas muchas veces disfrazadas de amor y conciencia)

Son egoístas, no nos hacen caso
Lloran más de lo normal
¡No pueden estar solos!
Son caprichosos, demandantes
Les gustan las princesas y las armas
Y la comida chatarra
Son groseros y desconsiderados

Pero tenemos la mejor voluntad

Revisamos nuestros libros, nuestras teorías
Vamos paso a paso
Nos ponemos metas y planes muy honorables

Estaré más tiempo
No les volveré a gritar
Satisfaré todas sus necesidades
Seré amoroso
Iré a su ritmo
Lo llevaré a los mejores especialistas
A los mejores colegios
(o tal vez lo educaré yo mismo)
Haré la tarea bien hecha…

Tenemos la mejor voluntad

Pero los resultados no parecen cambiar.
Los consejos no nos sirven de nada
Agotamos los expertos de todas las áreas

Justo cuando creemos haber tocado el cielo con las manos
Todo parece derrumbarse

Nuestras parejas no son lo que deberían
Los parientes no nos dejan en paz
Todos opinan

Tenemos la mejor voluntad

Las pautas son confusas y contradictorias
Hay estudios que dicen miles de cosas
Lo normal tiene mil definiciones

Y nuestros hijos no duermen lo que se supone
No comen lo que tienen que comer
No cumplen con las tablas
No saben lo suficiente.
El vecino va más adelantado
Los primos son más obedientes
Los compañeros más cariñosos
Más altos, más flacos, más hábiles, más educados, mas autónomos, más respetuosos, más tranquilos, más sensibles, más conscientes…

Todo desde los ojos de la angustia.
De la comparación
De los absurdos esquemas de éxito que insistimos en imponernos

Tenemos la mejor voluntad

Pero la voluntad no alcanza
Porque la crianza pertenece a mundos internos
Inexplorados
Somos los padres y las madres que podemos ser
Los que somos con todo esto que habita en nosotros. 
Lo conozcamos o no. 
Lo aceptemos o no. 

La crianza no es una fórmula. Un modelo. Una teoría.
No se trata de construir cierto tipo de seres humanos siguiendo algunas instrucciones.

La crianza es más  la conexión con nuestros hijos y con nosotros mismos
Es un lugar de encuentro.
En el que lo que nosotros somos se conjuga con lo que ellos son.
Es un espacio fértil en el que crece lo que somos esencialmente.

O no.

Porque estamos tan ocupados buscando afuera respuestas y tan temerosos de echar un vistazo hacia adentro
Nos desconectamos
Nos perdemos

Tenemos la mejor voluntad

Pero pretendemos buscar soluciones mágicas en lugares equivocados
Queremos controlar lo incontrolable
Comprender lo incomprensible (al menos desde la mente racional)

Nuestros hijos nos muestran el camino
Nos dicen todo el tiempo lo que necesitan .. y lo que no
Nos piden de mil maneras
Solo que no podemos escuchar, ni ver, ni sentir

Porque estamos distraídos
Nos negamos hacernos cargo de nosotros mismos
Preferimos la respuesta fácil
La indicación correcta y simple
¿Pero si hemos hecho todo lo mejor?
¿Todo lo que nos dijeron?

Todo menos mirarnos
Aceptarnos
Adentrarnos a ese mundo interno, caótico, extraño
Doloroso y sin sentido
En el que tenemos que atravesar monstruos
Vernos de frente desnudos
Reconocernos
Sentirnos
Teniendo el valor de asumir la responsabilidad por nuestra vida

Despejando el camino al amor
A una intuición anestesiada
A una sabiduría dormida
Que residen en el interior.
Detrás de toda esa maraña que hemos tejido con el tiempo
Para protegernos de heridas infantiles
Que ya no son

Tenemos la mejor voluntad

Nos hace falta valentía.

martes, 18 de diciembre de 2012

¿Depresión postparto?


Por Ana María Constaín


El primer año de Eloísa fue muy difícil. Especialmente los primeros 3 meses. Probablemente si hubiera consultado a un profesional habría sido diagnosticada con depresión postparto. Habría sido medicada. El parto fue mucho de lo que no quise. En lugar de un parto en casa, cálido y amoroso, tuvimos una cesárea. Después de una batalla de 20 días renuncie a amamantar. Recuerdo días oscuros, dolorosos, de lágrimas y desesperación. Muy contrarios a la imagen gozosa de madre y bebé abrazados en un vínculo amoroso que inunda el ser.
Sabía que tenía que atenderla, estar presente. Y quería, pero una parte de mi no lo deseaba tanto, como se supone que pasa naturalmente. La verdad es que por momentos quería que desapareciera, para poder abandonarme en sueños y escapar de todas esas sensaciones que me inundaban. De mi cuerpo adolorido, y tan ajeno a mi. De mi cabeza llena de ideas, temores, información inútil. Escapar de un dolor desgarrador, de una soledad que me invadía, de un cansancio que me superaba.
Luchaba por abrazarla, sostenerla todo lo que ella necesitaba, darle un tetero con un mínimo de presencia. Resistiéndome a mis deseos muy profundos y ocultos de entregarla a alguien más que se hiciera cargo. Una enfermera, un familiar, alguien que me devolviera mis horas de sueño.

Sí, seguramente habría sido diagnosticada con depresión postparto. Y tal vez por eso nunca me atreví ni siquiera a preguntarlo.

Porque bien sabia que esa depresión no era mas que un despertar de una parte de mi que había estado enterrada. Dormida, oculta. Una parte de la que quería hacerme cargo.
Por eso permanecí. Al lado de Eloísa. A veces llorando o incluso gritando, cuando se despertaba cada hora. Enloqueciendo con su necesidad de tenerme siempre presente. Pero permanecí, a su lado.
Estuve ahí, a veces amorosa, a veces impaciente... Estuve. Mirándome, mirándola, contándole de mi. Amándola.
La alejé de mi prematuramente en la noche, para luego darme cuenta de que lo que necesitaba era estar conmigo. Mientras tanto pasé muchas noches oscuras resistiéndome la tentación de aplicar cuánto método me enseñaban para tener mas tiempo para mi, y que ella, a las malas “aprendiera” a no necesitarme.
Ahí estuve. Construyendo un vínculo que no pudo surgir naturalmente. Un vínculo obstaculizado por instrumental médico, protocolos y también por mi propia historia. Por mi sombra.
He pasado tiempo intentado entender, culpándome, culpando a sistema.
Hoy sé que fue lo que tuvo que ser. Eloísa me ayudo a despertar. A descongelarme. A sentir el dolor de un cuerpo que andaba por su propia cuenta.
No pudo ser de otra manera a pesar de mi voluntad, de mis deseos. Y con esto Eloísa me ayudó a abrir una nueva ventana de consciencia. A darle un giro a mi historia.

Esta cesárea, está separación de las dos en el nacimiento, esta imposibilidad para amamantar, me hicieron mirarme de cerca. Bajarme de mi cabeza. Sentirme. Descubrir una sexualidad reprimida, mi cuerpo disociado, olvidado, rechazado, sometido. Un cuerpo que carga con mi historia, la de mi familia, la de mi cultura. Que encarna lo que las mujeres creemos haber conquistado. Lo que la sociedad ha castrado.

Todo esto parece dramático, y no dejo de impresionarme con la manera en como estamos todos tan anestesiados ante los nacimientos y los vínculos primarios. Todo nos parece normal.
De alguna manera pertenezco a este raro círculo de mujeres que analizan demasiado las cosas, que le dan demasiada trascendencia a la vida y a las situaciones por las que "todas pasan" y que al final no son tan importantes.
-Mira, “yo nací así y mira lo bien que me fue” me decían para calmar mi dolor.
Tantas veces oí que si fue tan difícil seguro fue que porque le dí muchas vueltas, lo hablé mucho, le dí demasiada importancia. Lo dramaticé en exceso.
Menos mal.
Porque para mi, es un tema muy trascendental. Un tema que cada vez aligeramos mas. Racionalizamos. Justificamos.

Pero el nacimiento no tiene nada de light. Ni lo son tantas cosas de las que privamos a nuestros bebés en su primer año.
Años después nos estamos preguntando porque tanta violencia, porque tantas adicciones y enfermedades. Llevamos a nuestro hijos a miles de especialistas. Este si que “nació enfermo", " es que tiene un carácter, eso viene del abuelo paterno”, “no sé porque resultó tan mentirosa y manipuladora”

Somos incapaces de mirar de frente la distancia emocional y corporal con la que los recibimos. Las primeras experiencias de vida que les proporcionamos, el mundo que les mostramos cuando aun no tenían palabras. Las tantas, tantísimas veces que no los vimos. Los mensajes que les transmitimos aún sin darnos cuenta.

Estamos tan desconectados de nosotros mismos que nos hemos vestido de indiferencia, normalizando la violencia que ejercemos en los partos, en la crianza de nuestros bebés. No lo vemos. No lo sentimos. Nos acomodamos en un discurso racional y muy moderno. Nos parece lógico.

Agradezco ese primer año. Esa experiencia que me sacudió.
Agradezco la luz que no me permitió escapar, medicarme, entregar a Eloísa a manos de otros, usando razones perfectamente comprensibles.
Agradezco no haberme acomodado en una depresión postparto. Haber podido sentir ese dolor, esa locura, ese cansancio, esas ganas de que ella deapareciera. De retroceder el tiempo, de renunciar a la maternidad.
Agradezco esa herida en mi vientre, esos pezones agrietados y sangrantes. Esa soledad profunda, esas lágrimas interminables.
Esos gritos de Eloísa, que retumbaban en mi corazón, impidiéndome quedarme dormida. Esa fuerza que trajo que me invitaba a la vida. Que me imposibilitaba ocultarme plácidamente en mis sueños. Esa vitalidad que me obligaba a permanecer alerta, atenta. A habitarme y estar en mi constantemente. Mirándola. Conectándome con ella.
Agradezco su bronquiolitis, esas noches en cuidados intensivos que me mostraron como era aferrarse a la vida. Como era sonreírle al dolor.
Todo esto que me hizo madre, tantas lagrimas que limpiaron y dejaron a la intemperie el amor mas grande.

No, no tuve depresión postparto. Tuve un despertar de consciencia.