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lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Trabajar o no trabajar? - La conciliación laboral desde la conciencia.

Por Ana María Constaín




La conciliación laboral es uno de los temas complejos de la maternidad.  Pareciera a veces imposible.

Trabajo y bebé son dos mundos tan opuestos que es difícil encontrar un terreno de encuentro.
Es un asunto en donde nos es muy difícil salir de los ideales, y nos perdemos entre las críticas y las creencias impuestas de lo que un niño necesita para crecer amado.

No es fácil. Un tema como tantos en la maternidad en los que las mujeres terminamos ahogándonos en la culpa sin importar que decisión tomemos.

Cuando nació Eloísa yo elegí naturalmente (o eso creía) quedarme en casa por al menos un año. Me parecía posible. Me parecía necesario. Importante.

Los días iban pasando y me di cuenta de lo difícil que era. A veces insoportable. Se abrieron puertas inimaginadas. Quería volver al trabajo lo antes posible para recuperar un poco de mi yo anterior. Para volver al mundo de afuera. Porque los días se tornaban aburridos. Porque me sentía encerrada en casa. Porque extrañaba el hacer. Ese mundo que pertenece a lo masculino.

Permanecí en casa.
Ahora en retrospectiva me doy cuenta de que en gran parte fue por mandato. Porque tenía un discurso muy elaborado de porque las mamás tenían que estar con sus bebés todo el tiempo. Todos los días.
Y también porque estaba entrando en territorios desconocidos a los que no quería darles la espalda. Estar en mundos interiores, en esa presencia silenciosa, en ese vínculo materno que a veces me producía tanta desesperación.
Reinventarme, trascenderme. Darle a Eloísa todo ese cuerpo, toda esa presencia que el bebé recién nacido anhela. Ser testigo de su descubrir el mundo.
Estar sin escapar.
Adentrarme a mundos que me aterraban.
En ese sentido la maternidad se volvió para mi una meditación constante. Una entrega al vacío. Un presente continuo en el que nunca antes me había permitido estar. Y en el que crecí y me trasformé de muchas maneras. (El desconocido mundo del postparto)

Poco a poco al irnos separando fui gestando proyectos laborales. Y lo disfruté enormemente.

Quedé embarazada otra vez. Esta vez tuve la intención de seguir trabajando. De encontrar ese equilibrio. Me fui dando cuenta de que no me era posible. Habitándome, sintiéndome fui volviendo a casa. Al nido. Los proyectos laborales que tanto me ilusionaban fueron insostenibles. Porque además Matilde, igual que Eloísa me trajo un montón de aprendizajes. (La guerra entre "lo que soy" y "la madre")

La maternidad está llena de ciclos. Y con el bebé nacen nuevos aspectos de uno mismo y mueren otros tantos.

Así que está vez sin tantos mandatos y un poco más de conciencia de las necesidades de todos y de mis posiblidades, una vez más terminé dejando a un lado mi trabajo (al menos el de afuera) por un año.
Y digo el de afuera, porque seguí con mis escritos, con mis redes sociales, con mi trabajo en casa sosteniendo el CGS desde un lugar diferente.
Así que no lo dejé del todo. Más bien lo reinventé. Lo adapté a la familia. A mi energía. A mis hijas. A mi.  

Este año también me costó muchas veces estar. Pude reconocer también quién soy y aceptarme. Reconocer que no soy la perfecta encarnación de la energía femenina.
Que la casa me queda pequeña. Que me gustan los territorios intelectuales. Que disfruto montones estando con adultos. Hacer. Salir.
Pude reconocer y aceptar que estar con las niñas todo el tiempo me parece aburridísimo. Que hay días que no quiero hacerme cargo de ellas.  Y que el instinto maternal que a veces veo fluir con tanta naturalidad en otras mujeres, a veces me cuesta encontrarlo. (La envidia del pene)

Aceptando esto, poniéndolo en palabras me di cuenta que justamente este es el mayor problema que enfrentamos las mujeres en la conciliación laboral.
Encajamos en descripciones demasiado estrechas lo que es ser mamá. Lo que es ser trabajador. Lo que es ser papá. Lo que es ser familia. Lo que es ser hombre y ser mujer.
Nos llenamos de deberías. Nos ponemos metas ilógicas. Impuestas del afuera y no que surgen del interior.

Las mujeres que se quedan en casa son unas mantenidas
Las mujeres que salen a trabajar son unas desnaturalizadas
Las amas de casa están desperdiciando su vida
Las que no están con sus hijos todo el día están criando criminales. ¿Para que tuvieron hijos?

Nos pasamos la vida dando cátedra de lo que debería ser. De lo que es mejor para los niños según no sé cuántas teorías.
Que si la presencia para que se sientan amados.
Que si mejor que la mamá esté satisfecha y no llene a sus hijos de culpas.

Palabras.
Palabras ajenas.

En un artículo, ¿Porqué las mujeres todavía no pueden tenerlo todo? (texto original en inglés) Anne-Marie Slaughter, plantea el tema de frente. Habla de cómo las mujeres no podemos tenerlo todo. Dice ella porque todavía no hay una verdadera equidad. 

De alguna manera tenemos que elegir. Y la elección implica renuncia. 

Considero que este es el punto clave. No me parece que sea un tema de cómo la sociedad no nos permite tenerlo todo. De la gran desigualdad porque los hombres no tienen ni siquiera que plantearse estos asuntos.

Me parece que el tema es justamente que las mujeres queremos tenerlo TODO.
Creo que esto es muy infantil. Porque repito. La elección implica renuncia. Siempre. Para todos.
Dudo que los hombres estén felices de trabajar horas y horas y no ver a sus hijos.  Al menos hoy en día. Creemos que es un tema femenino. Porque la mamá es la importante. Y nos ponemos, me parece, en un lugar muy exigente. Quererlo todo.

Una vez más, para mi, el camino ha sido la conciencia. Hacerme cargo de mis decisiones. Ser responsable por mi vida. Estar presente en mi para aceptar quién soy y lo que necesito sin cargar a mis hijas con esto.
Revisar los mandatos aprendidos. Darme cuenta desde que lugar elijo.

Lo mejor que puedo.

Trabajar o no trabajar, no creo que sea la cuestión.
No lo es para mi, las horas de cantidad vs. calidad.
La satisfacción personal vs. el sacrificio de las madres.
El éxito vs. la familia

No creo que sea el gobierno quién tenga que solucionarnos el problema.
Ni las licencias prolongadas ni la creación de más guarderías.
Ni trabajar en casa
Ni los horarios flexibles
Ni una sociedad mas equitativa.

Por supuesto esto ayudaría mucho,  y creo que hay muchas cosas por transformar.

Pero ese es otro tema.

Porque aunque todo esto cambie siempre estaremos insatisfechas.

La conciliación es una conciliación con nosotras mismas. Con estar en contacto con lo que somos y queremos y tomar decisiones adultas.
Trascender el individualismo sin confundirnos con el sacrificio.
Ser capaces de mirar nuestra sombra de frente para dejar de actuar como autómatas.
Liberarnos de mandatos impuestos y poder ser la madre que queremos de una manera más auténtica y libre.

La conciliación surge de cada hogar. De cada madre y de cada padre. De cómo desde esa conciencia se van construyendo nuevas maneras. Se abren nuevas posibilidades. Nuevas maternidades y nuevas paternidades. Una equidad que surge desde el interior de cada situación. De las necesidades reales de cada persona y cada familia, con sus particularidades. 

Para mi, los niños más que una madre en casa necesitan una madre …y un padre… que hagan conciencia de sí mismos.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Mamá, ¿Estás agotada?

Por Ana María Constaín







- Mamá jugamos.
- No Eloísa, ahora no.
- ¿por qué? ¿estás agotada?
______________

La palabra agotada viene junto con la palabra mamá.

Al menos en mi caso.

Desde que quedé embarazada por primera vez conocí un cansancio que no había sentido jamás.
Especialmente porque en la maternidad no hay pausas. Uno no deja de ser mamá los domingos, para recargar energía y continuar el lunes lleno de fuerza.
Ni puede tener sus horas de sueño para iniciar el día con gran vitalidad.

La maternidad es de todos los días, todas las horas, todos los instantes.
Y no importa mucho si uno está con los hijos o no. Ya no se es uno solo.
Una madre deja de ser individuo. Para siempre.

Sí, uno lo sabe desde antes de tener hijos. Todos te dicen: Duerme ahora, porque nunca más volverás a dormir igual!
Uno sabe que la vida da un vuelco. Que todo se transforma.
Uno lo ha oído.
Lo ha visto a su alrededor.
Uno imagina que está aunque sea un poco preparado.

Pero es imposible comprenderlo completamente hasta que un ser empieza a crecer en nuestro interior.

Embarazada empecé a sentir que estaba al servicio de alguien más. Mi cuerpo, mi mente, mis emociones, mi alma. Toda yo, estaba al servicio de crear un nuevo ser.
De permitirle a un alma convertirse en un pequeño ser humano.
Una increíble experiencia.

Y agotadora también.

Porque pronto me di cuenta que las mujeres queremos desde ese momento seguir con nuestra vida como si nada de esto estuviera pasando.
Si, dejamos de fumar, tomar, hacer deportes muy extremos. Comemos un poco mejor. Tal vez hagamos ejercicios prenatales.
Pero esto nada tiene que ver con asumir completamente lo que está sucediendo.
No queremos que nos traten diferente.
-Solo estoy embarazada! Decimos las mujeres modernas.

¿sólo?

Así empezamos. Con esta carrera de súper mamás. Callando un montón de cosas para no sentirnos débiles. Para no empezar a desapegarnos de una imagen de lo que somos que está a punto de morir.

El agotamiento de las madres, mi agotamiento, no es solo por esas noches de insomnio de pañales y leche. Cambiando sábanas. Cantando canciones de cuna. Bajando fiebres. Abrazando pesadillas.

Ni es solo por las interminables labores que requieren dos seres totalmente dependientes.  O por mantener el ritmo de dos niñas llenas de vitalidad con ganas de comerse el mundo.

Porque sí, el cansancio físico es bastante evidente. Y ese de alguna manera se puede atenuar con algunas manos solidarias.

Pero el verdadero agotamiento viene de mundos internos.

De todos esos pensamientos que revolotean sin parar. Esos juicios. Esas culpas. Esos temores. Esas exigencias.

Y viene de ese sostén emocional que necesitan los pequeños.
Ese sobre todo es el más invisible.
Porque no basta con abrazarlos. Jugar con ellos. Ir a encuentros de estimulación. Decirles te amo.
El sostén es esa permanente presencia y entrega. Esa conexión tan intensa que nos une a ellos.
Ese encuentro profundo que tenemos con nosotras mismas, una vez que con el niño en brazos se abren puertas inimaginadas.

Porque entonces nos damos cuenta de nuestro grandes vacíos. De nuestras heridas. Y nos sabemos incapaces de entregar algo que no tenemos del todo.
Nos faltan palabras para describir el dolor de sentirnos invisibles. De perder nuestros referentes. De dejar de tener nuestros espacios. De sentirnos profundamente solas, aunque tengamos, a veces, compañía.

Hay una batalla por no dejar eso que éramos. Una batalla por ser algo diferente a lo que estamos siendo. Una batalla por no desaparecer en ese mundo desconocido, caótico e incomprensible.

Esas batallas agotan. Más que cualquier cosa.

Este en cambio, es un agotamiento que no se resuelve tan fácil. No basta con que alguien cuide a los niños o nos ayude con la casa. Este cansancio no desaparece una noche completa de sueño. O con un viaje de escape.

A veces así lo creemos. Y normalmente ese es el apoyo que buscamos.

Por supuesto, esta ayuda sirve.

Pero para acceder a lo más profundo no basta.

Las mujeres callamos, mentimos, competimos, juzgamos. A otras y sobretodo a nosotras mismas.
Tememos romper esa imagen de maternidad que tenemos tan grabada.
No queremos que piensen que somos malas madres. Intentamos demostrar cuánto amamos a nuestros hijos.
Y en este juego nosotras mismas perdemos. Porque nos aislamos.
Y pierden nuestros hijos, porque nos desconectamos. 

No es fácil romper este silencio. Poner afuera un mundo tan íntimo. Exponerse a las miradas de otros.

Abrir el corazón.

Y aún así yo no veo otro camino.
Para mí conectarme con otras madres desde estas profundidades ha sido mi luz. Mi manera de despojarme de tantas capas. De atravesar tantos miedos. De reconocer todo lo que hay dentro de mi.
Encontrar sostén para poder sostener. Alimentarme de eso que tejemos juntas para poder liberar a mis hijas, y tantas otras personas, de tener que alimentarme.

Pudiendo nombrar todas estas cosas he podido vaciarme, contenida, para así entender que es dentro de mi donde encuentro la fuerza, el sostén y el amor de madre.
En ningún otro lugar.

Esto quiero compartir.
Estas palabras. Estos espacios.
Para que cada madre en su propio agotamiento, soledad y silencio, pueda, si quiere, encontrarse con otras.

Encontrarse consigo misma.


INFORMACIÓN SOBRE EL GRUPO DE CRIANZA
Facebook : Crianza y Gestalt
Acompañamiento individual: amconstain@cgs.com.co






viernes, 26 de julio de 2013

La envidia del pene

Por Ana María Constaín

Tantas veces oí la frase: Los hijos le cambian a uno la vida para siempre. Y bueno, es bastante obvio. Pero jamás llegué a imaginar la magnitud de ese cambio.

Una vez Eloísa empezó a crecer en mi interior, nada fue ya ni remotamente igual.
Gestar a otro ser humano despertó en mi algo que no he podido hasta el momento poner en palabras. No en todo su sentido.

Ser madre ha sido sumergirme en el mundo femenino. En donde el tiempo no existe y la intensidad de las emociones escapa de cualquier intento de control. Un lugar de la eterna presencia. De la entrega. Del cuidado. De la conexión. De la disponibilidad. Del sostén. Del instinto. De lo misterioso e irracional.

Pero ser madre también ha sido darme cuenta de que este mundo me resulta extraño. A veces incómodo y asfixiante. Ha sido ver de frente que en mi co-habita este mundo masculino. En donde las cosas tienen un orden y un sentido. Una explicación lógica.  He reconocido esta parte de mi que quiere conquistar el mundo. Ser vista, reconocida, hablar de cosas inteligentes, tener vida social y laboral. Que no le gusta el rol de ama de casa. Al menos en el sentido tradicional. Porque la casa me queda pequeña. 

Y entonces siento una terrible envidia cada vez que Nicolás se va. A su mundo masculino. A ser un individuo-adulto. Con su propio espacio y tiempo.
Quisiera poder entregarme en ese mundo ilusorio, seductor, en el que no estoy en contacto con este universo interno caótico. Y dejar la crianza de mis hijas a otro ser dispuesto a vivir en esta locura.

No es tan simple. Porque mi corazón ya no me pertenece. Porque no hay nada igual a acompañar a mis hijas y ser testigo de sus procesos de vida. Porque esta maternidad llena de contrastes y colores es lo más grande que me ha pasado en la vida.
Esa conexión tan intensa que tengo con ellas es tan hermosa como aterradora. Porque me saca de terrenos conocidos. Porque me obliga a estar presente en un mundo a veces tan difícil. El amor que siento es tan grande y tan puro. Y en su intensidad a veces duele. Duele por todas aquellas sombras que ilumina, dejando al descubierto mis heridas, mis íntimos secretos que ni yo misma era capaz de confesarme. Es un amor que deja al descubierto mis incapacidades, mis debilidades, mis vulnerabilidades.

Así que de vez en vez esta envidia me corroe. Y siento rabia de que para los hombres sea tan simple (No por eso digo que fácil)

Y aunque quisiera a veces un poco de esa simpleza, ese poder coger mis maletas e irme sin dejar parte de mi (cosa que sé jamás volverá a pasar), no cambiaria por nada, por absolutamente nada, el ser mamá de dos seres maravillosos. El ser familia con un gran hombre y compañero de vida.
Una y otra vez me entrego a esta maternidad y me descubro en ella.
Siendo la madre que soy,


Con todo y mi envidia del pene.

jueves, 4 de abril de 2013

Es lo mismo, pero no es igual.


Por Ana María Constaín

Semana 39. Rompo fuente a las 3am. Siento una gran felicidad porque el parto soñado inició. Paz inmensa. Calma. Conexión. 
Doce horas después el panorama es bien distinto. Acostada en la sala de preparación al parto de la clínica. Un centímetro de dilatación. Contracciones que apenas empiezan a regularizarse a punto de Pitosín.
-Hay que hacer una cesárea-. Las palabras más temidas. Las que ya había descartado horas antes cuando Matilde empezó a abrirse espacio al mundo.
Tristeza. Rabia. Incomprensión. ¿cómo es posible?, ¿Por qué mi cuerpo se resiste a dilatar?,¿Qué hice mal?, ¿Qué tendría que haber hecho diferente?
-No puedo creer que otra vez esté pasando lo mismo.. digo entre lágrimas.

-Es lo mismo. Pero no es igual. Me dice Nicolás. La diferencia está en cómo lo vivamos.

Algo intenso se transforma en mi interior. Está en mí hacer de esta experiencia algo diferente. Solo en mí. Lo de afuera es solo una proyección de mi interior.

La cesárea, es cesárea. Una imagen muy alejada de el nacimiento ideal que tenía en mente.
La cesárea es el nacimiento de Matilde. El que es. Amoroso. Porque nuestro amor la acobija. Porque los médicos y el personal, dentro de su propia visión, dan lo mejor de sí. Y sobretodo porque dejo de decirme a mí misma que esa no es una buena manera de nacer.

Nace Matilde. Nuestro día en la clínica es luminoso. Las enfermeras amorosas. Sin luchas. Sin resistencias. La cesárea sana rápidamente.

Luego la lactancia, una vez más una historia repetida. Intentos por todos lados. Preguntas, bombardeándome la cabeza.

Puedo ver mi ego. Mi rabia conmigo misma por no haberlo logrado. Si todo lo he hecho bien, si hice la tarea. Si llevo tres años, desde que nació Eloísa, mirándome, trabajando esa cesárea, esa no lactancia. Aprendiendo a fluir, a confiar según yo.

Es lo mismo, pero no es igual.

Lo veo claramente. Esta en mí cambiar la situación. Aceptarme. Amar mi cuerpo con sus limitaciones. Aceptar el universo con sus misterios. Soltar el control. Soltarlo de verdad. Rendirme al aquí y ahora, sin resistirme a lo que es.
Aceptar mi tristeza sin cargarla de culpa. Sentir mi rabia sin convertirla en indignación. Sentir el amor que me une a Matilde.

 Entonces llega la bronquiolitis. Al mes y medio. Como Eloísa. Pero, ¿si la cuide tanto? ¿Si la protegí de tantas maneras? ¿Si hice todo lo que había que hacer?
¿De qué sirve tanto esfuerzo? ¿qué es lo que no he trabajado en mi?

Es lo mismo, pero no es igual.

A ritmo lento. Sin afán. Con presencia. Esta bronquiolitis llega cuando empiezo a subir el ritmo. A sentir que ahora sí lo he conseguido. Que este postparto si pude estar bien. Siempre intentando encajar en el mismo modelo de éxito.
Matilde me recuerda que los bebés no responden a esa lógica. No entienden de planes. De futuro. Son pura presencia. Una meditación constante.
Su bronquiolitis me devuelve a ella. A estar en casa. A vivir el postparto, atravesarlo. Con sus ires y venires. Aprendo a permanecer. Sin muchas expectativas. Aceptando mi desesperación. Mi encierro. Mi sensación de ahogo. Mi angustia. Mi miedo. Mis creencias. Dejándolos estar. Dejándolos ir. Sabiéndome más que eso. Sabiendo que todo pasa. Y que en este momento presente todo es perfecto, tal y como es.
Siendo instinto, a medida que mi mente se silencia por pequeños momentos. Estando en calma y en paz, cuando por instantes vivo en Aceptación.
Sintiéndome en abundancia, cuando me permito vivir en agradecimiento.
Sintiendo mi corazón expandirse, cuando se que soy Amor, y que lo demás no es tan importante.

Sabiendo que transformándome, 

Puede ser lo mismo, pero no es igual.

sábado, 16 de marzo de 2013

¿Más información, mejor crianza?

Por Ana María Constaín


Estoy por creer que el internet y los libros deberían estar prohibidos en el embarazo y postparto.  Al menos para mí.

Nada más desalentador que leer un artículo que demuestra científicamente que los niños alimentados con leche materna tienen CI mas altos, justo el día que elegí desde el lugar más sano que pude, dejar de amamantar. O que la falta de teta produce fijación oral, y por lo tanto adicciones y otros tantos males.

Mi historial de internet esta repleto de páginas de crianza, lactancia, sueño, alimentación, bebésde las ciencias y las humanidades que nos permiten e despierta cada hora.  r, que a veces me gusta llamar Dios.
sos y nos morim y mi biblioteca parece una librería de Crianza y Psicología Infantil.
Si, por mi trabajo, digo yo. Pero la verdad es que estoy obsesionada con el tema. Porque soy de esas personas a las que les gusta entender las cosas. Tenerlas bajo control. Saber que si hago A entonces sucederá B. De lo contrario quedo inmersa en vacío insoportable, sin sentido, caótico, incomprensible:

El mundo de la crianza.

El problema es que por estar metida entre toda esa teoría, dejo de ver lo que está frente a mis ojos. Dejo de escucharme, de sentirme. Me desconecto de mi instinto. Me olvido de mi cuerpo. Ignoro mis emociones.
Me convenzo de que el conocimiento está allí afuera. Que un estudio científico tiene más valor que mi vivencia real, con mi bebé en brazos.

Sé que no estoy sola en esta locura.

Ahí estamos muchos, buscando la manera correcta para hacer niños felices, sanos, inteligentes, seguros de sí mismos. Implorando que alguien nos enseñe que hacer para ser buenas madres y buenos padres. Y delegamos toda nuestra sabiduría al conocimiento intelectual. A los expertos de títulos importantes. A lo que está científicamente comprobado. A lo que validan instituciones reconocidas.

Quedamos perdidos, confundidos,  porque el niño real, la mamá real, el papá real, la vida real, no responden a una teoría cambiante y contradictoria. Nuestros esfuerzos son en vano. Seguimos las instrucciones al pie de la letra, y obtenemos resultados inesperados.

Es pan de todos los días. Queremos cargar a nuestros hijos día y noche para favorecer el apego, y nos duele insoportablemente la espalda. Queremos que nuestro hijo sea vegetariano, y resulta alérgico a la soya. Queremos que sea independiente y no quiere despegarse de nuestras faldas. Soñamos con ser una madre en casa, y nos damos cuenta que morimos por trabajar. O queremos ser trabajadores exitosos y dejamos nuestro corazón cada mañana en casa. Anhelamos pasar una noche de sueño y nuestro hijo se despierta cada hora. Llevamos a nuestros bebés a estimulación y caminan más tarde que todos los niños que conocemos. Dejamos el azúcar en el embarazo, nos da diabetes gestacional. Ponemos música clásica y nuestro hijo es el que muerde a todos en clase.

Nos frustramos, Constantemente.

Nuestros hijos no dejan de demostrarnos que el ser humano es un misterio, el universo inmenso y no existe la manera en que nuestra mente pueda comprenderlo todo. La realidad escapa de nuestras verdades. Invalida nuestras hipótesis. Burla nuestras planes. Frustra nuestras expectativas.

La crianza no responde al método científico. Nuestros hijos nos replantean todos los días el significado de éxito. Cambian nuestros meticulosas estrategias. Nos desarman nuestras más sólidas verdades. Desmienten las más prestigiosas teorías.

No es que no valore toda la información que está hoy en día en nuestras manos. Ni todos los avances de las ciencias y las humanidades. Solo creo que la sobrevaloramos. Creemos que arrojando datos enseñaremos a la humanidad a ser mejores padres y haremos una mejor sociedad.  Pero hoy más que nunca dudo que por explicar que está mal agredir a los hijos y mostrar todos los estudios que lo demuestran, disminuya la violencia familiar.  O insistiendo en los beneficios del juego, más padres dediquen sus tardes a entrar en el mundo fantasioso de sus pequeños. Quizá algo ayude.

Pero me parece que todos sabemos cómo ser padres, y qué es lo que necesitan nuestros hijos. Solo que hemos olvidado como acceder a esa sabiduría. Nos hemos desconectado de nosotros mismos. Nos hemos puesto tantas capas encima para protegernos y ahora somos incapaces de reconocer nuestras emociones. Tenemos tanto ruido mental que no podemos escuchar nuestras propias respuestas.

Así que sí. Para mi debería estar prohibida cualquier fuente de información intelectual. Para así permitirme estar. Aquí y ahora. Aceptar lo que el presente me trae cada día. Y finalmente confiar en la sabiduría que tengo y que se despliega cuando puedo aquietarme y permitirme conectarme con mis hijas, conmigo misma y con esa fuente superior, que a veces me gusta llamar Dios.