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viernes, 8 de noviembre de 2013

Mamá, ¿Estás agotada?

Por Ana María Constaín







- Mamá jugamos.
- No Eloísa, ahora no.
- ¿por qué? ¿estás agotada?
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La palabra agotada viene junto con la palabra mamá.

Al menos en mi caso.

Desde que quedé embarazada por primera vez conocí un cansancio que no había sentido jamás.
Especialmente porque en la maternidad no hay pausas. Uno no deja de ser mamá los domingos, para recargar energía y continuar el lunes lleno de fuerza.
Ni puede tener sus horas de sueño para iniciar el día con gran vitalidad.

La maternidad es de todos los días, todas las horas, todos los instantes.
Y no importa mucho si uno está con los hijos o no. Ya no se es uno solo.
Una madre deja de ser individuo. Para siempre.

Sí, uno lo sabe desde antes de tener hijos. Todos te dicen: Duerme ahora, porque nunca más volverás a dormir igual!
Uno sabe que la vida da un vuelco. Que todo se transforma.
Uno lo ha oído.
Lo ha visto a su alrededor.
Uno imagina que está aunque sea un poco preparado.

Pero es imposible comprenderlo completamente hasta que un ser empieza a crecer en nuestro interior.

Embarazada empecé a sentir que estaba al servicio de alguien más. Mi cuerpo, mi mente, mis emociones, mi alma. Toda yo, estaba al servicio de crear un nuevo ser.
De permitirle a un alma convertirse en un pequeño ser humano.
Una increíble experiencia.

Y agotadora también.

Porque pronto me di cuenta que las mujeres queremos desde ese momento seguir con nuestra vida como si nada de esto estuviera pasando.
Si, dejamos de fumar, tomar, hacer deportes muy extremos. Comemos un poco mejor. Tal vez hagamos ejercicios prenatales.
Pero esto nada tiene que ver con asumir completamente lo que está sucediendo.
No queremos que nos traten diferente.
-Solo estoy embarazada! Decimos las mujeres modernas.

¿sólo?

Así empezamos. Con esta carrera de súper mamás. Callando un montón de cosas para no sentirnos débiles. Para no empezar a desapegarnos de una imagen de lo que somos que está a punto de morir.

El agotamiento de las madres, mi agotamiento, no es solo por esas noches de insomnio de pañales y leche. Cambiando sábanas. Cantando canciones de cuna. Bajando fiebres. Abrazando pesadillas.

Ni es solo por las interminables labores que requieren dos seres totalmente dependientes.  O por mantener el ritmo de dos niñas llenas de vitalidad con ganas de comerse el mundo.

Porque sí, el cansancio físico es bastante evidente. Y ese de alguna manera se puede atenuar con algunas manos solidarias.

Pero el verdadero agotamiento viene de mundos internos.

De todos esos pensamientos que revolotean sin parar. Esos juicios. Esas culpas. Esos temores. Esas exigencias.

Y viene de ese sostén emocional que necesitan los pequeños.
Ese sobre todo es el más invisible.
Porque no basta con abrazarlos. Jugar con ellos. Ir a encuentros de estimulación. Decirles te amo.
El sostén es esa permanente presencia y entrega. Esa conexión tan intensa que nos une a ellos.
Ese encuentro profundo que tenemos con nosotras mismas, una vez que con el niño en brazos se abren puertas inimaginadas.

Porque entonces nos damos cuenta de nuestro grandes vacíos. De nuestras heridas. Y nos sabemos incapaces de entregar algo que no tenemos del todo.
Nos faltan palabras para describir el dolor de sentirnos invisibles. De perder nuestros referentes. De dejar de tener nuestros espacios. De sentirnos profundamente solas, aunque tengamos, a veces, compañía.

Hay una batalla por no dejar eso que éramos. Una batalla por ser algo diferente a lo que estamos siendo. Una batalla por no desaparecer en ese mundo desconocido, caótico e incomprensible.

Esas batallas agotan. Más que cualquier cosa.

Este en cambio, es un agotamiento que no se resuelve tan fácil. No basta con que alguien cuide a los niños o nos ayude con la casa. Este cansancio no desaparece una noche completa de sueño. O con un viaje de escape.

A veces así lo creemos. Y normalmente ese es el apoyo que buscamos.

Por supuesto, esta ayuda sirve.

Pero para acceder a lo más profundo no basta.

Las mujeres callamos, mentimos, competimos, juzgamos. A otras y sobretodo a nosotras mismas.
Tememos romper esa imagen de maternidad que tenemos tan grabada.
No queremos que piensen que somos malas madres. Intentamos demostrar cuánto amamos a nuestros hijos.
Y en este juego nosotras mismas perdemos. Porque nos aislamos.
Y pierden nuestros hijos, porque nos desconectamos. 

No es fácil romper este silencio. Poner afuera un mundo tan íntimo. Exponerse a las miradas de otros.

Abrir el corazón.

Y aún así yo no veo otro camino.
Para mí conectarme con otras madres desde estas profundidades ha sido mi luz. Mi manera de despojarme de tantas capas. De atravesar tantos miedos. De reconocer todo lo que hay dentro de mi.
Encontrar sostén para poder sostener. Alimentarme de eso que tejemos juntas para poder liberar a mis hijas, y tantas otras personas, de tener que alimentarme.

Pudiendo nombrar todas estas cosas he podido vaciarme, contenida, para así entender que es dentro de mi donde encuentro la fuerza, el sostén y el amor de madre.
En ningún otro lugar.

Esto quiero compartir.
Estas palabras. Estos espacios.
Para que cada madre en su propio agotamiento, soledad y silencio, pueda, si quiere, encontrarse con otras.

Encontrarse consigo misma.


INFORMACIÓN SOBRE EL GRUPO DE CRIANZA
Facebook : Crianza y Gestalt
Acompañamiento individual: amconstain@cgs.com.co






sábado, 15 de junio de 2013

El papá moderno

Por Ana María Constaín

El papá moderno cambia pañales, se turna las despertadas por la noche, cuida al bebé para que mamá pueda descansar.
El papá moderno va a las reuniones del colegio, lleva a los hijos a las piñatas, está en todos los momentos importantes.
Va a las ecografías, lee libros de crianza, asiste al parto, corta el cordón umbilical.
Lee cuentos, canta canciones.
El papá moderno es empático, sensible, cariñoso.
Siempre dispuesto, siempre presente, sabe perfectamente como ayudar y apoyar a la mujer. Lo que quiere. Lo que necesita. Lo que siente.

Si no,

Es un machista, ausente, mal padre, desconsiderado, egoísta, insensible…

Queremos a ese padre moderno. Porque somos mujeres modernas. Porque no queremos vernos solas en la crianza de nuestros hijos. Porque creemos en la igualdad. Tenemos los mismos derechos. Queremos lo mejor para nuestros hijos. Padres presentes. Figuras paternas sanas.

Pero nos olvidamos de ver al hombre. A la persona detrás del Padre.
Que igual que nosotras, está reinventando roles. Desenterrando mundos emocionales. Contactándose con lugares completamente desconocidos.
Nos olvidamos del padre y su energía masculina. De su ausencia de útero y tetas. De su testosterona. De lo que la historia le ha heredado como legado.

Pretendemos que en el instante que recibe a su bebé se vincule cual foto de revista. Omitiendo los nueve meses de gestación en los que ha estado afuera. Por más que ha intentado ser parte de una triada que es más diada `por naturaleza.

La crianza es de los dos, decimos. Pero cuántas veces esto significa “yo te voy a decir como es que debes hacerlo, y aún así es probable que te critique. Porque no lo has hecho bien”.

Cuantas lágrimas, peleas, rabias y discusiones tuvieron que pasar para que pudiera darme cuenta de esto. Para que entendiera que el papá está también en su propio camino. Y que exigir una paternidad ideal me estaban encegueciendo hacia lo obvio.

El padre es papá como sabe. Como puede. Puede gustarnos o no. Podemos aceptarlo o no. Podemos estar de acuerdo o no. Pero el padre es el que es. El que siempre ha sido y que ahora se manifiesta en un nuevo rol.

Como en todo lo demás, quiero soltar expectativas, mandatos, ideales. Quiero ver a Nicolás en su humanidad y aceptarlo como es. Respetar su relación con Eloísa y Matilde y darle el lugar que le corresponde sin mezclarla con asuntos de nuestra relación de pareja. O con temas míos: mis temores, soledades y otros tantos que distorsionan la realidad.

Hacerme cargo de mi y de mi maternidad y dejarlo a él hacerse cargo de él y su paternidad. Y unirnos, si es posible,  para criar a nuestras hijas, construyendo entre los dos. Comunicando, pidiendo, haciendo acuerdos, respetándonos, ayudándonos, acompañándonos, mirándonos y aceptándonos en este camino que hoy elegimos caminar juntos.

Gracias Nico, por ser el padre que eres.


viernes, 23 de marzo de 2012

Los bebés no hablan.


Por Ana María Constaín

Los bebés no hablan. Al menos no con palabras. Y tardan más de dos años en poder empezar a expresar con algo de claridad lo que necesitan y lo que les pasa. De hecho esta capacidad muchas veces no la tenemos los adultos. Porque una cosa es hablar y otra muy distinta poder poner en palabras lo que hay en nuestro mundo interno. En mi trabajo lo tengo bastante claro. Lo que dicen los niños, lo que cuentan los adultos, es lo menos importante. Las palabras no alcanzan.

Los bebés no hablan. Muchas veces los adultos enloquecemos. ¿qué es lo que le pasa? Si tan solo pudiera decírmelo. Pero los padres de adolescentes bien saben que la capacidad de habla poco sirve si se trata de entender.
Me parece que las palabras (o la ausencia de ellas) no son el fondo de este asunto.

El mundo de lo no verbal es inmenso. Nos expresamos todo el tiempo. De muchas maneras. Incluso al callar.  Entonces es verdad: Los bebés no hablan, pero esto no significa que no comuniquen nada. Lo que pasa es que para poder entenderlos necesitamos otra escucha. Una escucha que además nos incluye a nosotros mismos.
Y no estoy hablando de enseñar a nuestros bebés a hablar con señales o algún otro tipo de lenguaje pictográfico. Métodos qué se están propagando con amplitud. Por esta, nuestra necesidad  de entender o hasta me atrevería a decir, por nuestra angustia de no saber como apagar este llanto capaz de penetrar hasta los más recónditos lugares de nuestro ser.

Lo que pasa es que este llanto inconsolable es solo el principio. Vienen las pataletas irracionales, los golpes contra la pared, los mordiscos, las mordidas de uñas, las mojadas de la cama, las malas notas, la resistencia a comer, la hiperactividad, la pasividad… la lista es larga… Si tan solo dijera que es lo que tiene…