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jueves, 4 de septiembre de 2014

Adicta a la explicación

Por Ana María Constaín




Soy adicta a la explicación

Me cuesta vivir en ese horrible territorio del no entender
Porque si no entiendo no puedo hacer nada para cambiar las cosas
Y hay cosas que simplemente no pueden ser así.

No puede ser que el mundo este lleno de sufrimiento, dolor, enfermedad, maldad
De días oscuros en que cuesta respirar

Entonces, soy adicta a la explicación, porque vivo en una ilusión de que entender me da el poder de transformar.

Mi mente es la gran protagonista, pretenciosa, dominante, invasiva

Sobretodo limitada

Pienso,
en mi adicción busco explicaciones
Teorías y autores, estudios, ensayos
Acudo a mi inteligencia

Caigo constantemente en esta trampa. Una trampa que me lleva a falsas conclusiones,
y en este esquema de causa – efecto mi alma, siempre sale perdiendo.

¡Porque si al menos mi mente fuera compasiva conmigo!

Hay días, como hoy, en que pienso que no sirvo para ser mamá. Días en que tengo el corazón partido pensando en la manera en que constantemente daño a mis hijas.

Porque soy impaciente, y me gusta trabajar. Porque tantas veces mis intentos por estar juntas y felices terminan en tormentas de gritos y regaños. Porque no puedo contestar sus interminables preguntas y después de un día de tenerlas encima mi cuerpo pide espacio. Porque a veces me gusta el silencio, y disfruto enormemente ese rato al final del día cuando están dormidas y puedo descansar.

Mi mente escanéa todo ese conocimiento. Es bombardeada por todas esas frases que convenientemente escoge para martirizarme

Al final el mundo esta como esta porque las madres abandonan a sus hijos. Porque no son suficientemente amorosas. Presentes. Compasivas. Complacientes. Generosas. Entregadas.

El mundo está como está porque falta mamá. Falta su amor. Su cuerpo. Sus tetas. Su leche. Su amparo.

Los niños enferman porque son separados de mamá. Los niños se traumatizan porque mamá no los mira. Los niños tienen miedo porque mamá no está.

La infelicidad se gesta en el vientre. En el parto. En la cuna. En las guarderías. En las jornadas extendidas. En la ciudad capitalista. En el mundo feminista que despojo a las mujeres de su feminidad. En el patriarcado que oprimió a las madres.

Entonces, mi mente lo entiende.

Los miedos de Eloísa, el virus de Matilde, sus pesadillas e impaciencia… los causo yo con todas mis carencias y dificultades. Con mis falencias y defectos.

Mi mente sigue… Lee. Estudia. Discute. Racionaliza. Opina. Teoriza.

Explica.

Hay días, como hoy, cuando mi cabeza ya va a estallar que recuerdo que esta mi adicción es solo eso. Mi escape,
Mi necesidad de control.

Que la felicidad de las niñas y un mundo mejor dependan de mi al menos me muestra un camino.
Aunque sea uno angustioso. E imposible.

Paro.

Respiro.

Siento.

Contacto.

Me doy cuenta de mi angustia. De lo insoportable que es estar en el vacío.
Ese vacío de no entender.
Ese vacío de lo incomprensible e inexplicable.

En donde solo existe el momento presente.

El dolor es solo dolor.
La enfermedad es solo enfermedad.
Y la tristeza y el miedo.
La alegría.
Los pensamientos

Suelto.

Puedo entonces estar. Aceptar. Dejar de etiquetar. Dejar de pretender estar en otro lugar y de ser alguien diferente.

Dejo de insistir en cambiar. A mi. Al mundo. A todos.

En ese breve instante conecto con mis hijas y podemos encontrarnos. Compartir todo lo que hay.

Historias, preguntas, nuevas palabras, heridas de parque, gritos, reglas de casa, cuentos, corazones partidos, monstruos, carcajadas, pañales mojados, dulces prohibidos, cuerpos cansados, sueños renovados, princesas, mocos, ganas de estar, dolor de separarnos….

Todo.

Cabe todo.

Y lo que cada una necesita surge de la profundidad. Se hace evidente. Claro.

Poco o nada tiene que ver con mis fabricadas explicaciones.

Mucho tiene que ver con nuestra creciente capacidad de contacto y aceptación.


Y con una mente que se aquieta para darle a paso a quién Soy.

lunes, 4 de agosto de 2014

El lado oscuro de la psicoterapia

Por Ana María Constaín



- No encuentro mayor regalo para mis hijas, que continuar en este camino - 


Una sesión de Gestalt vista desde afuera puede ser muy poco atractiva. Tal vez porque no hay nada de atractivo en el dolor de la humanidad.

Así que parece casi masoquista, someterse a horas y horas en donde este dolor es tan protagonista.
Participar voluntariamente en sesiones en que las lágrimas y los gritos, la rabia, y la tristeza profunda van aumentando en volumen.
Querer, por iniciativa propia, pagar por estar horas sentado rebuscando en las profundidades escenas terroríficas y enterradas. Revivir momentos olvidados por conveniencia.
Demencial parece incomodarse por principio.
Exponer ante una manada de desconocidos (o así sea a uno solo) intimidades que no nos hemos confesado ni a nosotros mismos.
Quedarnos sin piel.
Sin aire.
Sin fuerza.
Sentir la muerte de cerca.
Internarnos en lugares oscuros y densos
Propios y compartidos

Es un sinsentido

Lo es, hasta que se presencia el milagro.

El milagro que es ser testigo del surgimiento de lo que somos en esencia.
Sentir el amor más puro
Encontrarnos con los otros y sabernos conectados,
Más allá de las formas
Sabernos acompañados.
Especialmente por nosotros mismos.

El milagro de sentirnos más vivos que nunca.
Y reconocer nuestra fuerza esencial.
Esa que nace de adentro y que nos engrandece.
Siendo humanos en su totalidad.
Aceptándonos, sin tantas pretensiones y autoexigencias.

Podemos entonces ver al mundo con esta nueva mirada y
vivir la vida sin tantas cargas.
Liberándonos y liberando a otros.

Entonces, esa poco atractiva sesión, que de lejos parece una pesadilla,
Es más bien un espacio sagrado. humanamente sagrado, en el que podemos encontrarnos con lo más grande de nosotros mismos y de los demás.


Participar en algo así… no tiene precio.

miércoles, 16 de julio de 2014

¿Qué necesitan los niños?

Por Ana María Constaín

El post anterior Los niños no siempre dicen la verdad, fue uno de esos post amados y odiados. Porque hablar de niños y de crianza es un tema que despierta muchas pasiones. Nos toca lugares muy profundos.

Como fue un post que recibió críticas (y yo también), me vi leyéndolo y releyéndolo, en parte para asegurarme que el mensaje fue bien transmitido. Tal vez no lo fue. O tal vez si. Al final cada quién interpreta desde su propio lente.

Este blog no pretende pronunciar verdades sobre crianza. Es un espacio mío, en el que pongo en palabras mi caminar. Y lo comparto porque me siento acompañada y porque las opiniones de otros me ayudan a verme y a crecer. Porque me encanta escribir. Porque la crianza y el trabajo con niños me apasionan.
El blog es una de mis maneras de crear redes y de atender una necesidad mía de compartir lo que pienso y siento. Lo que soy.

Pero cuando me encuentro con críticas y juicios hacia mí, (especialmente hacia mi no hacia mis ideas) siento miedo. Me siento pequeña. La angustia crece y me dan ganas de desaparecer. Me siento tentada a abandonar este mi espacio amado para volver a la comodidad del silencio. En donde la mirada no está puesta en mi y no estoy expuesta a señalamientos.

Veo de frente a la niña asustada. Aquella que lucha entre la necesidad de mirada y el terror a la exposición. Esa que tantas veces ha elegido guardarse con tal de no arriesgarse al juicio y la burla. La que ha preferido callar para no ser incorrecta y evitar un doloroso desprecio o una castigadora soledad.

A veces. Solo a veces.

Porque por difícil que sea, es ser quién genuinamente soy, lo que me hace más feliz.

Así que este post, nace de esa mi angustia de haber dicho lo incorrecto, de ese mi terror de no ser aceptada, de ser juzgada y señalada. De haber sido mal interpretada.

Espero llegue el día en que pueda atravesar las críticas y juicios sin tanta angustia y sin tanta necesidad de ratificación.

Por ahora aquí estoy.

Es mi manera, de darle lugar al niño, real, genuino…
Es un llamado a los adultos a que veamos de frente nuestros mandatos y creencias para trascenderlas y relacionarnos con los niños desde nuestro ser.
Sintiéndolos. Viéndolos y escuchándolos realmente.
Es mi forma de decir que día a día camino para aceptar a mis hijas y a los niños en general, tal y como son. 

Sin proyectar en ellos mis deseos, expectativas e ideales
Mis propias necesidades.

Porque creo que a veces los adultos atendemos necesidades nuestras a través de los niños. Y luego nos inventamos teorías elaboradas y racionalizaciones espectaculares para justificarnos.

Hay tantos modelos de crianza como egos.

Ese post es mi forma, tal vez un poco torpe, de decir en voz alta todo lo que siento cuando veo niños, incluso mis propias hijas, metidas en este enredo.

Puede parecer un escrito que defiende a los adultos y desprotege a los niños.

No lo es.

Es un intento de llamar nuestra atención a las sofisticadas maneras que tenemos las personas para satisfacer nuestras propias necesidades.

Ser un buen padre o una buena madre puede ser una necesidad nuestra que nubla las necesidades genuinas de los niños. Ser un buen terapeuta. Ser un buen abuelo, tío, profesor. O tener la razón. O llenar vacíos infantiles. Dar a ellos todo eso que realmente quisiéramos que nos dieran.

Hablo en plural porque lo veo constantemente.

Hablando de mi, ha sido tal vez mi más grande aprendizaje en la maternidad.

Duele. Tengo millones de puntos ciegos. Soy incoherente. También juzgo y tantas veces me creo portadora de verdades.
Sigo aprendiendo

¿Qué necesitan los niños?

Que nos hagamos cargo de nosotros mismos. Que seamos adultos y los acompañemos en su camino.

Que los cuidemos y protejamos mientras dependen de nosotros y que en el proceso les permitamos ir encontrando apoyo en sí mismos. Ayudándolos a madurar.

Sin abandonarlos por nuestra incapacidad de estar con ellos,
Sin apoderarnos y alimentarnos de ellos por nuestra incapacidad de estar con nosotros mismos.

Permitiéndoles vivir su vida. La de ellos. Reconociendo que no son una posesión. Que no nos deben nada.

Necesitan sentirse amados. Incondicionalmente. Aceptados. Con lo que nos gusta y lo que no.

Necesitan aprender del mundo y sus formas, guiados por nosotros.
Crecer contenidos por adultos y reconociendo los límites que esta vida humana trae consigo.

Necesitan regulación emocional. De adultos que estemos en contacto con nuestras propias emociones. Que las reconozcamos y validemos. Las nombremos.

Necesitan permanecer en contacto con su ser esencial. Su guía interno.

Necesitan probablemente más de lo que los padres y madres podemos darles. Porque somos imperfectos, y tenemos un mar de necesidades insatisfechas.

Tantas veces cuando nos damos cuenta de esto, nos envolvemos de exigencia y culpabilidad. Nos alejamos entonces de la aceptación. No nos permitimos estar presentes viendo lo que hay. Partiendo de lo que somos.

Nos ocultamos a nosotros mismos todo esto que no aceptamos y vamos por la vida poniéndoselo a los demás.

Nuestros hijos muchas veces quedan atrapados en este juego.

Es mi manera de expresar la frustración e impotencia que siento cuando el idealismo nubla la realidad. Cuando por poner la mirada en lo que “debería ser” o lo que quisiéramos que fuera, dejamos de ver lo que es. Lo que hay.  Lo que somos.

Nuestros hijos y nosotros.



domingo, 2 de marzo de 2014

¡Mira mamá! - La eterna búsqueda de mirada

Por Ana María Constaín.

Amadas Eloísa y Matilde,

Están en esa edad en la que mi mirada significa mucho para ustedes

Mira, mamá. Mira, mamá.

Es el pan de cada día.

Supongo en parte porque de mi aprenden, y necesitan que las guíe.
También porque de mi dependen, y necesitan que las apruebe.
Es cuestión de supervivencia. Necesitan asegurarse de que las amaré y protegeré y para eso tiene que gustarme estar con ustedes. Aunque sea un poco.

Esto no lo sé con certeza. Lo sospecho.

Lo sospecho porque esto no cambiará mucho cuando crezcan, porque me pasa a mi y por eso se los cuento. 

Amadas hijas,

Pareciera que estamos eternamente en busca de esa mirada que asegure nuestra supervivencia. Que garantice que vamos a tener a otros que nos cuiden y amen. Aunque ya no dependamos de otros para vivir.

Cuando crecemos ya no decimos, ¡Mira, mamá! Ni lloramos hasta que mamá nos tome en brazos.

Ya estamos muy grandes para eso.

Nos inventamos toda clase de artimañas.

Si lloramos y pataleamos pero inventamos que es por otros motivos. Llamamos la atención constantemente, de las más variadas y extrañas maneras. Incluso lastimando a otros para que entonces podamos sobresalir.

Amadas hijas,
Nosotros los adultos también queremos que nos miren. Que nuestro jefe nos felicite, que nuestros amigos nos llamen, que venga gente a nuestra fiesta de cumpleaños. Que nos escriban cartas y nos digan “eres mi mejor amiga”.
Queremos que nos digan que estamos haciendo las cosas bien, que nos pongan caritas felices en las manos y nos digan que somos “El niño de la semana”. Solo que lo disfrazamos con Likes en Facebook, premios más sofisticados, publicaciones, ascensos, clubs de fans y eso que llamamos éxito.
Queremos que mamá y papá se sientan orgullosos de nosotros.  Y si ellos no lo están buscamos a alguien que si lo haga.
Necesitamos que nos abracen, nos digan te amo y te necesito. Y sin ti no puedo vivir. No hay nadie igual a ti.
Los grandes también tenemos miedo a equivocarnos y pensar que por esto nos van a rechazar, ponernos malas notas, burlarse de nosotros, hacernos a un lado.  Abandonarnos.


Porque no nos gusta estar solos.  Sentirnos invisibles. Eso nos duele mucho. Sentimos morir.

Necesitamos tanto relacionarnos con otros que estamos dispuestos a lo que sea. Incluso si nos hace daño o nos hace infelices.

Amadas Hijas,
Me parece que es algo muy humano. Hasta el momento no conozco a nadie que no le pase esto.  Tal vez es inevitable. No creo que yo pueda hacer mucho para que sea diferente para ustedes.

Lo que si puedo Amadas Hijas, es decirles que las amo. Las veo. Hoy y siempre.

Compartirles que en mi camino he aprendido una que otra cosa.,
y aunque creo que siempre estará esta

Eterna búsqueda de mirada.

Parece que cada vez esta mirada se vuelve interna.

Porque amadas hijas,

Esto que he aprendido es que el verdadero Amor, no depende de esta mirada, ni de ese reconociemiento.  Que nunca estamos realmente solos.

Yo, mamá, estoy para amarlas. Especialmente. Para acompañarlas a descubrir esa luz interior.
Esa mirada, esa voz, esa sabiduría que está dentro de ustedes y que nada depende de mi opinión. Ni de la de nadie más.
Acompañarlas a redescubrir eso que ustedes saben, mejor que yo. Que todos venimos de una luz mayor.
Que si logramos mantener conectada esa luz interior con esa luz de la que venimos, jamás, jamás estaremos solos. Y además ayudaremos a que otros encuentren la propia,
Entonces podremos dejar de buscar aprobación eternamente porque sabremos quienes somos. Y nos uniremos unos con otros de una manera muy diferente.

Desde el Amor.

Un amor que no es lo que a veces decimos que es. Ese que confundimos con aprobación.

Amadas hijas,

Todo esto es difícil poner en palabras, pero yo sé que ustedes lo comprenden, porque al final ustedes me han acompañado a recordarlo. Me han guiado. Me han dado la fuerza que necesito para ir soltando esa necesidad constante de mirada.

Permitirme encontrar mis propias respuestas, mi propio sostén. Conectada con eso superior que trasciende nuestra humanidad. Eso que no cabe en las palabras.

Estando sola, (aún estando acompañada)

Amadas Hijas,

Buscarán mi mirada,
Es inevitable
Y yo se las daré
Con todas mis contradicciones, juicios, y condiciones.
A veces, hasta las usaré para que me miren a mi. 

Pero sepan que,


el Amor es mucho más grande.