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domingo, 16 de noviembre de 2014

Guerras virtuales

Por Ana María Constaín



Hay una fina línea entre la libertad de expresión y la violencia. Entre la autenticidad y la agresión; la honestidad y el ataque.

No deja de sorprenderme el nivel de violencia que hay en las discusiones virtuales. Qué fácil es lanzar palabras cargadas de ira. Sentirnos valientes por expresarnos sin tapujos. Por decir lo que nadie se atreve. Ser políticamente incorrectos.  Desatar discusiones polémicas. Hablar de temas tabú.
Destrozando a otros, escondidos detrás de un teclado. 
Sumándonos al colectivo que más nos de la razón.

Volcando todo eso de lo que no nos hacemos cargo en otros. Negándonos a vernos a nosotros mismos. Demonizando a todo aquel que no piense igual.

Boicoteamos, repudiamos, usamos toda clase de artimañas para demostrar cuanta razón tenemos. Para de alguna manera sentirnos mejor que los demás.

Guerras virtuales.

Guerras humanas, que solamente han cambiado el campo de batalla. 

Tal vez, nuestra oscuridad busca su ruta de escape, una ruta más sofisticada porque otros campos de batalla se han clausurado.

Y la consciencia que profesamos es más de palabra que cualquier cosa.

Si, acepto que esa violencia que corre por las redes, es también mía. Que muchas de las palabras que tanto me enfurecen no son más que un reflejo de mi propia mente.

¿Soy acaso una gran hipócrita? Muchas veces me pregunto…

Pero quiero creer que hay maneras de crecer y expresarse de maneras menos dañinas.

Me parece que el límite está en hacerse cargo de lo que se dice. Poner las palabras afuera en primera persona. Dejar que las opiniones sean opiniones sin envolverlas en aureolas de verdad. Hablar sobre las ideas y no sobre las personas.


Por el momento pretendo seguir mirando mi sombra de frente,  sin hacer públicos ataques personales a cualquiera que ponga el dedo en la llaga.

martes, 4 de febrero de 2014

Puedes estar triste y feliz al mismo tiempo

Por Ana María Constaín

Este fin de semana estuvimos de mudanza. EL día que nos íbamos Eloísa se despertó llorando.
-¿Que te pasa?
-Estoy llorando de la felicidad!  -Me dice con una voz bastante triste me parecía.
- ¿Sabías que puedes estar feliz y triste al mismo tiempo?
-¿Si?  - Me contestó aliviada.

¡Ah! Entonces estoy triste y feliz.
Feliz porque vamos a una nueva casa y triste porque no me quiero ir de esta. La quiero mucho.
Una vez dijo esto dejó de llorar.

Todos llevábamos tanto tiempo diciéndole lo bueno que iba a ser el cambio. Todo lo bonito de su nueva casa. Ella suponía que debía estar feliz. Nada más cabía.

Tantas veces tal vez así ha sido. En nuestro afán por hacer felices a nuestros hijos nos angustia mucho todo lo que no sea felicidad. Lo tomamos personal.
¡Pero si he hecho lo mejor que he podido!
¡Si le damos todo lo que necesita!
¿En que he fallado?
¿En que me estoy equivocando?
¿Qué tengo que cambiar?

Ellos van a aprendiendo a decir lo que queremos oír. 

Así como en la maternidad.
Se supone que debemos estar felices. Sentirnos bendecidas. Agradecidas. Sentir el amor rebozando nuestros corazones. 
Todos quieren oir eso. Lo demás entra al terreno de lo angustiante. De lo enfermo. De eso que hay que cambiar porque si no suceden desgracias.

¿Y todo lo demás? Lo escondemos, a veces a los demás, a veces a nosotras mismas.

Mis hijas me estorban a veces, dije una vez en grupo de crianza.

Toda la sesión tuve ganas de completar esta frase. De corregirla. De maquillarla.
(Claro, las amo con todo el corazón! O, bueno pero es lo mejor que me han pasado… )

Como si al sentir una cosa no cupiera nada más. 

La culpa me invade porque no “debería” sentirme así. ¡Qué horrible!
Y me doy cuenta de que es la angustia del juicio de los demás la que se disfraza de culpa.
Porque con Eloísa y Matilde no siento culpa. Ellas saben lo que las amo. Ellas lo sienten. Eso jamás está en duda.
Porque es así-

Aunque a veces estar con ellas es difícil. Y me cueste dejar de hacer algunas cosas.
Aunque tantas veces imagino como sería no ser madre, y tenerlas haya implicado un duelo a una forma de vida. 

Todas estas cosas, las difíciles, las oscuras, las terribles y prohibidas.
Las digo y las repito, tantas veces. No a manera de queja, como puede parecer.
Las digo y las repito tantas veces, porque solo al nombrarlas desvanecen. Porque al lanzarlas al aire me libero.
Al pronunciarlas pierden peso.

Reconozco que en mi humanidad cabe todo. Mi alegría y mi tristeza. Mi miedo, mi rabia. Mis dificultades. Mi impaciencia. Mi amor, mi escucha.

Las digo y me las apropio.
No las lanzo como armas para herir a otros. Ni para hacerlos responsables de lo que me pasa.
Las digo (cuando puedo) hablando desde mi. Para darles un lugar.

Porque sé que no soy estas emociones, ni estas palabras. Son parte de mi pero no soy eso. Y cuando puedo reconocerlas y validarlas entonces el cielo se despeja y queda el amor.
Y porque no creo que por dejar de decirlo, todo esto desaparezca. Por el contrario, sospecho que lo que no se dice, se expresa o se reconoce, (de la manera que sea) termina por salir de cualquier otra manera.  

Yo también he aprendido a decir lo que los demás quieren oír. Para protegerme y proteger a otros. Para evitar el conflicto que causa lo incorrecto.
Al final… para ser amada y aceptada.


Ahora sé que el amor más auténtico nada tiene que ver con todo esto. Que es una ilusión porque en lo auténtico y verdadero es donde el amor es más fértil.


... Entonces también puedo permitirles a los demás, especialmente a mis hijas, expresar todo eso que sienten. Todo eso que piensan. Ser todo eso que son. Poniendo atención en no sentirme amenazada, atacada, angustiada, culpable y tantas otras cosas...

Abriendole espacio a eso que hay debajo de todas esas cosas.

Nuestro ser escencial.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Mamá ¿Por qué los malos son malos?

Por Ana María Constaín



Eloísa es paticularmente sensible a monstros, brujas, fantasmas, dragones y cualquier otra entidad que represente el Mal.  Sus sueños se tiñen de pesadillas. Los cuentos y películas son tormentosos. Los juegos fantasiosos de otros niños  paralizantes.
Hay algo en su interior que parece romperse ante cualquier forma de “maldad”.

- Mamá. ¿Por qué los malos son malos? Me preguntó realmente confundida.

- Porque han olvidado que tienen amor en su corazón… atiné a contestar.

Así es Amadas Hijas,

Ustedes han llegado a mi vida llenándola de luz. Su presencia me está permitiendo recordar. Sentir un amor tan inmenso e indescriptible en el que nada más cabe. Y entonces a la luz de ese gran amor, a veces, solo a veces comprendo.
Que nosotros los humanos olvidamos, tantas veces, olvidamos, que amor somos.
Y creamos un mundo sombrío.

Yo lo olvido,

Y desconectada de ese amor,
a veces me vuelvo Monstro. Bruja. Fantasma. Dragón.
Siento envidia como esos niños malos del parque, que a golpes les quitan sus preciados juguetes.
Y me siento triste cuando pierdo, y alguien más tiene lo que yo quería.
Tantas veces Amadas Hijas, digo “yo no fui”, y le echo la culpa a otro. Porque no quiero que dejen de quererme por mis errores.
No quiero que otros sean mejores que yo. Porque dejan de mirarme a mi.
Y tantas otras me burlo de otros (a veces en silencio) porque son diferentes.
Cuento chismes.
Peleo.
Si, Amadas Hijas.
Muchas veces
Las grito. Y enfurezco. Tanto como si fuera capaz de romper todo y a todos.
Otras lloro muy fuerte para que alguien venga a abrazarme.

Ustedes también. Muchas veces olvidaran el amor de su corazón.

Porque los humanos lo olvidamos. Todo el tiempo.

Y lo volvemos a recordar.
Cuando nos abrazamos fuerte,
Nos miramos a los ojos,
Jugamos,
Bailamos,
Miramos la lluvia por la ventana,
O el sol brillando en el parque.
Cuando nos reímos
cantamos
Y comemos Helado de chocolate.

Cuando nos aquietamos en silencio
Permitiendo que la mente se calle.
Sintiendo los latidos fuertes del corazón
Despertando el amor que colorea todas las calles.

Somos esa luz que desvanece el miedo.
Somos ese amor.

Y no necesitamos más ser malos.

Amadas Hijas,
A veces me parece que eso es la vida.
Ayudarnos todos los días a recordar el amor que está en nuestros corazones.

 Amadas Hijas,  
... Y Amado Nicolás.


Gracias, infinitas gracias, por recordármelo a mi. Cada instante. 

jueves, 5 de julio de 2012

Mamá, ¿Estás brava o impaciente? – Educación emocional en la crianza

Por Ana María Constaín


Parte de mi trabajo consiste en ayudar a las personas a poder contactar, reconocer y validar sus propias emociones. A los adultos y a los niños, quienes a su corta edad muchos ya no se permiten muchas cosas. Porque les empezamos a pasar desde que nacen muchas de nuestras “enseñanzas”: -Ay, que feo te ves cuando estas bravo, -si sigues gritando la policía te va a llevar, -¡Esa no es razón para llorar!, Pero si no hay por qué tener miedo, -¡No pasó nada! (el niño con un morado en la frente). La lista es muy larga.
Así que desde que nació Eloísa hemos puesto mucha consciencia en su educación emocional. Porque bien sabemos que no se trata solo de tener el conocimiento. Para poder acompañarla en sus emociones necesitamos estar muy atentos, a nuestras emociones y a lo que las de ella despiertan en nosotros. Ser cuidadosos en nuestros mensajes que salen de la boca automáticamente, vivir en coherencia con lo que pretendemos enseñarle.

Una mañana después de varios -Mamá quiero banano, mamá quiero banano, le grité a Eloísa ¡Ya te dije que ya voy!. Entonces ella me contesta, -Mamá, ¿estas brava o impaciente? Después de un ataque de risa, le dije – Impaciente mi amor. - ¿porqué? – Por qué me has pedido lo mismo muchas veces. – Y ¿ya estas feliz?. Sí, ya estoy feliz.

Esto fue un gran momento, porque me di cuenta que estos dos años de este ejercicio de conciencia si están dando sus frutos.
Me siento muy contenta porque sé que es un gran regalo que le estamos dando. Que nos estamos dando como familia.
En realidad los niños están muy conectados con sus emociones. De una manera muy natural hablan de ellas y as reconocen en ellos y en los demás. Es verdad que según las teorías del desarrollo los niños son egocéntricos. Pero también es verdad que tienen una gran capacidad de empatía.
Así que aunque hablamos de educación emocional yo más bien hablaría de acompañamiento. De respeto. De proporcionarles un ambiente propicio en donde puedan desarrollar todo su ser emocional y no tengan que enterrarlo hasta el punto de olvidarlo completamente. Como nos pasa tanto a los adultos.

Entonces el verdadero reto no está en lo que les enseñamos sino en cómo vivimos las emociones. Como las integramos a nuestra vida como cualquier otro aspecto de la crianza. Empezar por reconocerlas y validarlas. Darles espacio a todas, incluso a las no tan deseables. Muchas veces surge el conflicto entre la emoción y la conducta. Y esto es muy importante de diferenciar. Darle un espacio al enojo no significa permitirnos golpear a otros o romper las cosas de la casa. De hecho es probable que si damos un espacio a la emoción pronto sepamos que no necesitamos llegar a la agresión por ejemplo.

martes, 8 de mayo de 2012

¿Y qué es el Grupo de Crianza?

Por Ana Maria Constain


Martes 10 am. El salón de Niños y Crianza se abre y poco a poco vamos llegando. Mujeres embarazadas, Mamás con sus bebés, Mamás de niños mayores que vienen solas. Si es un día sin colegio tal vez venga un niño más grande o un papá atrevido que quiere entrar por un rato en este mundo femenino.

A veces somos pocas, a veces más… somos las que somos. Las que tenemos que estar.

Hay días de conversaciones profundas sobre la vida y sus misterios. Otros en cambio más bien hablamos sobre marcas de pañales o recetas de compotas.

Tal vez alguna empiece a contar su semana y poco a poco se van asomando las complejidades de la maternidad. Lo de una mueve a la otra, conmueve o abre una antigua herida. Y entonces todas somos ojos y oídos y corazones para todas. Para ayudarnos a ver lo que no podemos, para escuchar lo que aún no habíamos descubierto o para ir a lugares temidos.

A veces hay muchas lágrimas, otras carcajadas, rabias, abrazos, escucha… la mayoría todo se entremezcla.

Nos sentimos acompañadas, contenidas. Tejemos… prendas y también amistades. Hermandad.

De vez en vez nos sabemos sabias, confiadas, conectadas con nuestra alma y amor. En cambio otras veces estamos perdidas, furiosas, confusas, abandonadas, incapaces…
Estamos de tantas maneras! Y nos sabemos aceptadas, escuchadas, vistas y acompañadas. Más allá de opiniones encontradas, de maneras diferentes.

Encontramos brazos que sostengan a nuestros bebés por ratos, espacio para poder estar con ellos con sus lloridos y pañales sucios. Para poder dar teta si queremos y si no también. Allí no importa si la ropa combina, si nos alcanzamos a bañar, si no sabemos por qué llora.

También compartimos consejos, que la mayoría no nos sirven para nada, pero nos alegra saber que todas podemos estar tan perdidas. O ser tan ignorantes. Sin importar cuánto sepamos o nos preparemos. Y una que otra vez ese tip nos salva la tarde. Nos hace la vida más fácil.

Muchas veces nos quejamos y quejamos y quejamos… de todo y de todos, para poder vaciarnos y al final poder agradecer. O no.  Allí (casi)nunca nos sentimos culpables por decir, sentir, pensar tantas barbaridades, tantas cosas inaceptables.

sábado, 11 de febrero de 2012

En defensa de la rabia


Por Ana María Constaín

Eloísa dice no. Un no claro, firme y rotundo. A veces se parece al no que tantas veces le repetimos en el día. Otras veces es un no aún más profundo. Puede también acompañarse de un golpe o un empujón. O un poderoso grito. Especialmente si se le insiste en lo que ya se ha negado..
- ¡Eloísa, no se pega!
- ¡Eloísa, no grites! (muchas veces en una voz, que yo diría… es un grito)
Conforme estas palabras salen de mi boca me doy cuenta de que me siento en conflicto. Porque debo confesar que la mayoría de las veces que ella llora me es fácil acompañarla. No lo es cuando grita o se muestra agresiva.
Entre otras cosas porque no quiero que sea una niña agresiva. Quiero cultivar en ella cuidado, compasión y empatía.
Pero sobretodo porque yo no estoy en paz con mi propia agresión. En parte por la herencia cultural. Por los muchos años de violencia y crueldad que nos han llevado a llevar la bandera de la paz como consigna. Y también por mi propia historia. Una historia que he aprendido a ver de frente: Otro de los grandes regalos  de Eloísa.

Entonces me di cuenta de que me confundía entre rabia – agresión – violencia. Todo está en el mismo paquete.
Esto me ha dado algunas pistas. Me parece que he reprimido la rabia en pro de la paz. He cedido y dejado al lado mis necesidades por evitar el conflicto.
Aunque reconozco esto como algo personal también veo en mi día a día que como sociedad desalentamos la agresión con todo este paquete completo. Muchas veces me encuentro con padres que preocupados por esto prohíben cualquier juguete bélico. O limitan juegos de guerra o batalla.
 Y aún así los juegos favoritos de mi consulta siguen siendo espadas, pistolas, dardos y bates. Luchas, batallas, monstros y asesinos.
La muerte se asoma con demasiada frecuencia en las horas de juego (y de la realidad). Juego en el que me veo, un poco a regañadientes, demasiado implicada. Y siento y veo en los ojos de mis pequeños contrincantes una fuerza inigualable, liberación, descarga, alivio, diversión, poder. Yo misma me convierto en una guerrera, capaz de cualquier cosa.

Es un tema delicado.