miércoles, 13 de septiembre de 2017

Juegos agresivos



Me atrevería a decir que todos los niños y niñas que vienen a consulta, tarde o temprano llegan a las pistolas, dardos, bates de espuma, espadas, animales salvajes, dinosaurios, libros monstruosos y cachos de diablo.

No importa mucho el modelo de familia; si sus papas están juntos o separados; el colegio del que vienen; si ven o no televisión en casa,; o si su mamá y papá se esfuerzan por seguir pautas de disciplina positiva.

No parece que las restricciones de juguetes bélicos, de disfraces terroríficos o contenidos violentos eviten que los pequeños terminen protagonizando escenas en las que de alguna manera se evidencia una lucha.


¿Reflejo de nuestra sociedad?
¿Instinto?
¿Modelos aprendidos?
¿Emociones reprimidas?

Tantas explicaciones posibles que tantas veces se me agotan y contradicen hipótesis tan convincentes.

Mejor opto por ser testigo y dejar que las escenas hablen por si mismas. 
Sintonizo con los niños en un juego que invita a explorar terrenos olvidados.
Escucho sus mensajes que dan voz a tantas emociones que día a día elegimos guardar en el sótano bajo llave.
Siento la fuerza que se asoma, los gritos que se liberan, el poder que se reconoce.
Ante mi un conflicto se resuelve, una injusticia se equilibra, un reclamo guardado se nombra al fin.

Soy parte de una escena que da voz a la sombra,

de niños y niñas que tantas veces son solo aceptados en sus conductas "adecuadas",

Pero también la sombra de familias, grupos, colegios, sociedades,
que estos niños valientes traen a este espacio sagrado y nos dan la oportunidad de reconocer eso que también es parte de nosotros y tanto nos cuesta ver.

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